 23 de diciembre de 2019
La burguesía es un término de múltiples significados. Si seguimos la pista etimológica, ser burgués es ser de una ciudad amurallada (del francés antiguo, burgeis) que antes fue pueblo-mercado (burgh, del fráncico) y que ahora, gracias a esta riqueza de sedimentos semánticos, podría fácilmente sugerir al urbanita bancarizado que vive en una burbuja del centro. Para los marxistas, la burguesía es la enemiga, propietaria del capital y de la tierra, de la clase obrera. Y para los escritores, la burguesía es una conjura de personajes reaccionarios, puritanos y de ideas fijas, gente que aburre la fiesta y la novela.
Puritanismo, capitalismo, clasismo y urbanismo: toda definición de burguesía tiene estos ingredientes, como toda arepa lleva harina de maíz, agua, aceite y sal, aunque las dosis varíen según la receta. En todo caso, el epíteto de burgués no espera diatribas académicas. No es un certificado de fábrica (“felicidades, cumples con los requisitos, eres burgués”) sino un dardo político de fácil uso. Un insulto que sugiere enemistad contra los pobres.
Una sentencia. Los burgueses como yo (universitarios, diestros del patinete eléctrico, conocedores de su ciudad y de todas, igual de capaces de pedir un poké en Madrid, Odense o Tokyo) lo somos de nacimiento. Con la distinción significativa de que, al ser latinoamericano, no puedo pretender ser obrero cuando no lo soy, ni haber cruzado tan gruesa ribera en la región más desigual del mundo, falto del inmenso garbo que tal travestía implica – y me veo forzado finalmente a admitirlo y admitírmelo.
Soy burgués. El pan me lo gano con los dedos, no con las manos. Soy más afín a un moscovita que a un campesino de mi país. Sé cuántos bolívares hay en un dólar, cuántos dólares hay en un yen. Me sienta mejor la siracha que el alioli. No me enorgullece, pero al menos lo reconozco.
El drama de la nueva izquierda es que no admite su propia burguesía. Jeremy Corbyn, d... leer más |