1 Un miércoles y una nevada inminente, o no
miércoles, 10 de enero de 2024

Raquel sale al mundo laboral mucho antes que el sol se deslice por sobre las cumbres desgastadas de los montes que cuidan el oriente de mi ciudad. Y además hace un frío de mil demonios, y llueve lluvia fina y persistente.
Raquel se ajusta a sus propias previsiones de los ayeres y camina sobre el frío hasta Uribarri, donde aún sobrevuelan recuerdos de noches etanólicas y amores sin pies; ni cabeza.
Alberto, yo, me concede más de un turno de horas matinales y me libera de la obligación y el acumule; y así es agradable hacer buenos planes, los míos por example.
Así todo, las horas dan para poco relleno y dan para mucho acolchado. Así, he puesto más empeño en sosegarme que en activarme, o, seré sincero, mejor hablar de las partes iguales, las dos mitades, o, seré concreto, las dos caras de una false moneda de oricalco.
No hoy, no todas las horas del día, pero sí en estos breves y pasajeros minutos, sí ahora, me siento iluminado por las palabras, ésas que tantas y tantas veces y deslizado con esmero sobre blancos papeles; algunos no tan prístinos.
[...]
El orden no es tan útil como pudiera parecer, y aquello que carece de utilidad se transforma inmediatamente en algo superfluo; como yo.
He comenzado a leer un libro de Ramón J. Sénder llamado «Bizancio»; el título bien pudiera haberlo pergeñado yo mismo, siempre que me hubiera pillado en un momento de elevación poética. El libro narra los avatares de los almogávares de la Gran Compañía Catalana cuando acuden al socorro del emperador de Constantinopla, Andrónico II Paleólogo, que estaba siendo hostigado por las tribus otomanas que estaban extendiéndose por el Asia Menor (eso que ahora llaman Anatolia, un concepto geográfico con menos carácter y menos carga mítica).
Sénder se expresa tal que alguien de otra época, de una que ya no cuenta con coetáneos, de una época que quizás sea imaginada e imaginaria; una manera de contar que me agrada sobremanera, y que, con suerte, con mucha suerte, me puede ayud...

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#raquel - #presencia - #lavanderia - #ruben - #brecha

2 Ramón de Muntaner
miércoles, 10 de enero de 2024

Ramón Muntaner​ (en catalán: Ramon Muntaner) (Perelada, Gerona, Cataluña, 1265-Ibiza, Islas Baleares, 1336),​ fue un caballero y escritor catalán. Escribió la Crónica de Muntaner, que comprende desde la concepción de Jaime I (1207) hasta la coronación de Alfonso IV de Aragón (1328). Perteneció a una familia noble, que había hospedado a Jaime I el Conquistador y a Alfonso X el Sabio, y que luego se vio arruinada por las guerras contra Francia. En 1285, su villa natal fue incendiada por los invasores, por lo que Muntaner se fue a vivir a un pueblo de Valencia, Chirivella con su padre. Poco después de cumplir los veinte años, tomó parte en la conquista de Menorca (1286). No tenemos noticias de su vida hasta diez años más tarde, en que lo encontramos en Sicilia luchando contra los franceses.

Perteneció a la Gran Compañía Catalana, ejército de infantería ligera formado por mercenarios aragoneses y catalanes, llamados almogávares, que fueron fieles hasta su fin en Grecia a la Corona de Aragón. Fue enviado a Constantinopla para ayudar a los griegos a luchar contra los turcos, bajo el liderazgo de Roger de Flor. En 1300 participó en el asedio de Mesina, al lado de este. Fue administrador de la Compañía de Roger de Flor. Redactó el tratado entre el emperador bizantino y los catalanes y defendió como capitán, con valor y prudencia, la ciudad de Galípoli del ataque de los genoveses. Siguió a Roger de Flor y sus almogávares en sus gestas por tierras de Anatolia y fue el personaje experto de la compañía, junto con nobles caballeros como Berenguer de Entenza y Bernat de Rocafort.

Muntaner escribió su Crónica en poco más de tres años en Chirivella, una alquería en las Casas de Bárcena. Hasta 2021 se creía que Chirivella se refería a la localidad de la Huerta Sur de Valencia. Sin embargo, según los historiadores Vicent Baydal y Ferran Esquilache Martín, la Chirivella de Muntaner era una pedanía con el mismo nombre que formaba parte de las Casas de Bárcena.&...

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3 Bizancio - Notas
miércoles, 10 de enero de 2024

Ramón J. Sender.

Casi doscientos años antes de la caída de Constantinopla, el emperador Andrónico II, ante el peligro de una invasión turca, llamó en su ayuda a los almogávares, comandados por Roger de Flor.
Fue éste un caballero singular de padre alemán y madre italiana, ingresó en la orde de los templarios, participndo heroicamente en la defensa de Acre.
Acusado de haberse enriquecido ilícitamente, tuvo que abandonar la orden, tras lo cual se dedicó a la piratería, entrando finalmente al servicio de Federico II de Sicilia.
Para conseguir su ayuda, Andrónico II tuvo que nombrarle megaduque y prometerle en matrimonio a su sobrina María, hija del zar de Bulgaria.
Una vez en Bizancio, las tropas catalanas participaron en innumerables batallas -narradas por Ramón Muntaner en su célebre Crònica- derrotaron a los turcos, se enfrentaron a los alanos, fueron víctimas de conspiraciones y, tras el asesinato de Roger, devastaron Tracia y Macedonia en lo que se conoció como Venganza Catalana.




Notas al arbitrio.

C.II

En Blanquerna había capilla bizantina con sus cúpulas frágiles en forma de glande. Muntaner fue el que observó que los minaretes árabes y las torres bizantinas eran (como el arco árabe en sí mismo y desde sus orígenes) una alusión sexual. Muchas cosas de la arquitectura y de los símbolos de las monarquías lo son. El cetro, por ejemplo. Y la flor de lis.

Los dos hombres viejos estuvieron explicando a los españoles el origen de la insignia de la media luna que, contra lo que algunos creían, no era turca sino bizantina. Trescientos años antes de nuestra era, cuando Alejandro atacaba Bizancio, apareció en el cielo una luz inesperada —era a media noche— que descubrió los ejércitos asaltantes y permitió a los bizantinos prepararse a la defensa y ganar la batalla. Desde entonces en su bandera aparece una luna creciente y una estrella, símbolos y blasones que los turcos más tarde hicieron suyos.

Tod...

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4 Algo sobre los almogáraves
1 comentario miércoles, 10 de enero de 2024

Sung Tzu siempre destacaba en sus textos que había de permitirse una huida digna al adversario y no embolsarlo hasta la aniquilación. Rommel y Belisario eran más de compartir vino y galletas y contemporizar con los prisioneros. Clausewitz era un teórico de corte estratégico y vinculaba la economía con el arte de la guerra como si ambas formaran parte de una cadena de transmisión; pero el problema es que los hombres que lideraban Roger de Flor y Bernat de Rocafort no sabían en su inmensa mayoría ni leer ni escribir. Eran más de la vaina de arrear mamporros a diestro y siniestro. Con estos mimbres no es de extrañar que tuvieran la reputación que tenían.

Los guerreros almogávares eran esencialmente mercenarios muy versátiles, de una resistencia inexplicable, de una asombrosa adaptabilidad a cualquier terreno, pendencieros e indisciplinados y, sobre todo, aunque han sido magnificados hasta la saciedad; con escasos escrúpulos. Eran tropas de choque de una alta eficacia muy alejados de la mentalidad caballeresca que imperaba en occidente. Pero lo que importa aquí e importa a la historia de La Corona de Aragón, es que hicieron retroceder a los turcos durante todo el tiempo de su presencia al servicio del emperador de Bizancio, Andrónico II Paleólogo, cuyo eximio imperio estaba quedando reducido al tamaño de una caja de cerillas. Los aragoneses habían conseguido en un par de años escasos lo que los decadentes bizantinos no pudieron hacer en más de dos siglos. No solo configuraban la tropa aragonesa pastores de las faldas pirenaicas, no. Los había provenientes del reino vasallo de Valencia, tributario de la Corona de Aragón, del pequeño Condado de Barcelona, baronías subordinadas e incluso, navarros. Los almogávares tenían como columna vertebral a los aragoneses, aunque también había adscritos valencianos veteranos de la Guerra de Sicilia contra los angevinos que eran colegas de la Casa de Anjou. Los porcentajes de estos dos reinos eran predominantes.

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© Zalberto | enero - 2026