 Este artículo fue escrito por Antonio Escohotado el 29 de abril de 2021
Algunos términos pasaron del prestigio indiscutido al abandono como el flogiston, un supuesto elemento en el que creyó la comunidad científica desde mediados del siglo XVII hasta finales del XVIII, cuando identificar el oxígeno reveló como oxidaciones los procesos antes explicados por “deflogistización”. Algo muy parecido ocurrió con el éter propuesto por Aristóteles como quinto elemento, en el que siguió basando Newton su sistema del mundo, descartado más tarde por no confirmarlo el experimento de Michelson y Morley, e irrumpir en escena la física relativista.
Flogiston y éter son ejemplos perfectos para quienes pretenden hoy zanjar dudas recurriendo a entelequias como “el 90% de los científicos”, cuando la abundancia de desmotivados entre docentes y discentes ha ido contagiando su actividad de amarillismo periodístico, hasta equiparar el valor del voto en elecciones y en asuntos como cambio climático o virología. En cualquier caso, el proyecto científico nunca será una verdad revelada, que pueda consultarse como el Corán o la Biblia, y cuanto más herede funciones clericales más se acercará a una burocracia con espíritu de gremio, dispuesta a prometer lo que Stephen Hawking llamaba ecuación cosmológica total, donde el sentido de los sentidos cabrá en media línea de guarismos.
Investigar fenómenos complejos por definición protege en teoría a las ciencias humanas del infalibilismo dogmático y sus simplezas; pero mirar con algo más detenimiento muestra que la tentación de formular ecuaciones cosmológicas totales tiene entre quienes estudian al ser humano su análogo en las religiones políticas, cultos ateos cuyo denominador común es precisamente el totalitarismo: controlar todo hasta su último rincón. La semilla de dichos cultos se hizo esperar hasta que la Revolución francesa suspendió la declaración de derechos aprobada por ella misma, y decretó “el terror como ataj... leer más |