 Hacia el final de su Manual de resistencia, Pedro Sánchez dedica un capítulo a la celebración de las primarias.
«Fueron meses muy intensos —cuenta—, en los que comenzaba ya la transformación del partido». El PSOE estaba «muy vivo» y prueba de ello fue el acto que se organizó en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Sánchez bajaba conduciendo su propio coche por la Gran Vía y, al llegar a la confluencia con Alcalá, vio «una cola enorme», que llegaba «casi a la Puerta del Sol. […] Y me dije: ‘¿Qué pasará aquí? ¿Qué habrá, será un concierto?’». Se quedó «perplejo». Llamó a su equipo para comentárselo «y me lo dijeron: ‘Es gente que viene por ti, Pedro. Vienen a verte’».
¿Quién sino un cumplido narcisista incluiría una observación semejante en sus memorias?
Máximo Huerta, el efímero ministro de Cultura, no se quedaría menos perplejo un año después, cuando acudió a la Moncloa a presentar su dimisión. «Lo paradójico —recordaría en El hormiguero— fue que [Pedro Sánchez] empezó a hablar de él, de cómo lo vería la historia en el futuro. […] Empezó a hablar de [que] todos acaban mal en política, mira cómo acabó Zapatero, mira cómo acabó Aznar, mira cómo acabó González».
Y a continuación le preguntó sinceramente preocupado: «De mí, ¿qué dirán?».
«¿Qué tal me queda?»
En el cine los personajes narcisistas son habituales por su potencial cómico. Me viene a la mente el egocéntrico director de orquesta Max Beissart, que encarna Alexander Godunov en Esta casa es una ruina. En un momento de la película, Beissart acude a un concesionario de coches, se monta en un lujoso modelo y, tras colocarse la melena de un golpe de cabeza, pregunta poniéndose de perfil: «¿Qué tal me queda?».
También inspiran más ternura que animadversión las exhibiciones de vanidad de Isaac Asimov. En su autobiografía, el genio de la ciencia ficción cuenta machaconamente que tiene un cociente intelectual de 160; que el hermano de su novia se entretenía humilla... leer más |