 Antonio Raphael Mengs nació para ser recordado y con la sombra de la grandeza pisándole los talones desde niño. Su paso por el mundo durante el Siglo de las Luces dejó una huella decisiva, pues sentó las bases de una corriente artística entera, aunque los siglos venideros no le hicieron suficiente justicia a su nombre.
Vivió su juventud entre Dresde y Roma bajo la estricta educación de su padre -un pintor de la corte sajona-, y fue un artista muy solicitado en varias cortes europeas, convirtiéndose en el pintor oficial de Carlos III. Entre lujos, alabanzas, estetas, filosofías y una mirada permanente hacia el maestro renacentista Rafael -a quien admiró y trató de igualar durante toda su vida- Mengs se aseguró un lugar distintivo entre los grandes, sin importar los costes ni las consecuencias.
Sin embargo, su personalidad atormentada, huraña y altiva y su lengua afilada le granjearon unos cuantos enemigos en vida y también después de la muerte, lo que contribuiría a su caída parcial en el olvido durante los dos siglos siguientes, siendo relegado a las menciones superficiales en los manuales de historia del arte.
Consciente de su talento y blindado por la admiración y el reconocimiento, Mengs se tomó muchas licencias para con otros artistas. Su relación con el pintor italiano Tiepolo -con el que coincidió en la corte de Madrid- estuvo marcada por la competitividad y el desprecio, y tampoco tuvo reparos a la hora de criticar las obras de Velázquez y Murillo.
Pero su polémica más jugosa se dio dentro de su amistad con el erudito Winckelmann. Juntos sentaron las bases del Neoclasicismo y abogaron por el regreso a la estética de la Antigüedad, la admiración de la estatuaria clásica y su posicionamiento como centro del canon, de la belleza ideal y la creación artística moderna. Winckelmann es considerado como el padre fundador de la historia del arte y la arqueología moderna, pero lo que primero fue una relación de amistad e intelectualismo se co... leer más |