martes, 25 de agosto de 2015
El dogma independentista está impulsado desde las instituciones de Gobierno. Impera un monopolio de propaganda, pero la Generalitat está obligada a salvaguardar la igualdad de derechos de los ciudadanos. Hace 10 años, Artur Mas participó en una tertulia de Cuatro. Llamaba la atención que en momento alguno expresase sus opiniones personales o como líder de partido. Era Cataluña la que hablaba por su boca: “Cataluña quiere esto”, “Cataluña nunca tolerará aquello”, etcétera. Al serle hecha la observación que resultaba impropio asumir esa condición de portavoz, siendo además el suyo un partido de oposición minoritario, quedó por un momento desconcertado. Le salvó otro contertulio, hombre de orden, protestando por el desacato de que era objeto el ilustre invitado. Pero tampoco hacía falta la crispación del Estatut. En un congreso celebrado en la Universidad de Ohio en 2000, el filósofo Rubert de Ventós, pasado al independentismo desde que en su estancia en la Corte como senador se sintiera forastero (sic),desarrolló todo un discurso de ruptura con España cuyo supuesto emisor era una y otra y otra vez Cataluña. Me permití preguntarle si es que Cataluña, al modo de la Virgen, se le aparecía todas las noches para darle a conocer sus pensamientos. Hoy Mas afirma que quien vote contra él, vota contra Cataluña. El fenómeno es habitual en los nacionalismos radicales, pero hasta la década anterior fue minoritario en Cataluña, caracterizada precisamente por el pluralismo de su mapa político, la interacción entre corrientes progresistas y catalanistas, y el predominio claro del autonomismo sobre las corrientes soberanistas. Cierto que como advirtiera Pierre Vilar, la mitificación del pasado anterior a 1714 y el menosprecio de Castilla entre los intelectuales, se hallaban muy arraigados, sobre el telón de fondo bien real del desfase existente entre la modernización catalana y el atraso relativo de España. La frustración política adicional de la reforma del Estatut y la... |




