 Una versión inusitada de la tragedia clásica pasada por el tamiz de una sensibilidad moderna y salpicada de referencias culturales contemporáneas, sensualidad y un fino sentido del humor. Murakami en estado puro.
{he comenzado en el capítulo 5 en el electrolibro, después de comprobar que es la misma traducción que en el ejemplar de Tachón...} 5 «¡Tranquilo!», me digo a mí mismo tras respirar hondo. El único camino posible es hacia delante.
En la obra de los antiguos poetas de tanka y haiku. Tanka, poema japonés de treinta y un sílabas. Haiku, poema japonés de diecisiete sílabas, 5-7-5.
de improviso, me doy cuenta de que es el lugar que he estado buscando durante largo tiempo.
En la ventana de enfrente del descansillo hay una vidriera. Representa a un ciervo que, estirando el cuello, está comiendo uvas.
«Soy libre», me digo. Cierro los ojos y, durante unos instantes, pienso que soy libre. Pero aún no acabo de entender qué significa. En estos momentos, lo único que tengo claro es que estoy solo.
6 El gato negro y Nakata. Uno de los chicos que cayeron fulminados misteriosamente en el claro del bosque
Conforme mis músculos se van destensando recobro la calma. Me encuentro dentro de un recipiente llamado yo.
7 Compro pepinos y apio, los lavo en el lavabo del hotel, los unto con mayonesa y me los como.
Este estilo de vida ordenado, centrípeto y frugal se acabó (claro que tenía que acabar antes o después) la noche del octavo día.
(lo dejo en el 12)
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Que podía hablar con los gatos, eso era algo que Nakata mantenía en un secreto absoluto. Aparte de los gatos, él era el único que lo sabía. Si se lo contara a alguien, ese alguien creería que Nakata había perdido el juicio. Que Nakata era tonto era de dominio público, por supuesto. Pero una cosa es ser tonto y, algo muy distinto, estar loco.
—Es que los gatos son así, desaparecen sin más.
allí donde no existe la imaginación, no puede surgir la responsabilidad. La responsabilidad empieza en los sueños.
«Donde no hay memoria, no hay responsabilidad»
Con un rotulador de punta fina anoto en un cuaderno con letra diminuta, una a una, todas las cosas que me han sucedido. Mientras mantenga claro el recuerdo, debo tomar nota detallada de todo. Porque, no sé hasta cuándo tendré una conciencia real de las cosas.
Tal y como me dijo una vez el joven llamado Cuervo, el mundo está lleno de cosas que todavía no he visto.
Al quitarme los auriculares se oye el silencio. Porque el silencio es algo que el oído puede percibir. Lo he descubierto.
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—Por la experiencia que tengo, cuando una persona busca algo desesperadamente, no lo encuentra. Y cuando alguien lo rehúye, ese algo le llega de manera espontánea.
—¿Y cuál fue la maldición? —¿La maldición que le lanzó a Casandra? Asiento. —Que sus profecías siempre serían ciertas, pero que nadie las creería. Ésa fue la maldición de Apolo. Además, no sé por qué, sus profecías siempre eran desfavorables: traiciones, errores, muertes, la ruina del país.
Y, como suele suceder con los muchachos precoces, no aceptaban bien el paso del tiempo. Se quedaron siempre en los catorce o quince años.
Tal como dijo Tolstoi, la felicidad es una alegoría; la desdicha, una historia.
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