 Me he levantado con el cuerpo molido. Hay que ver cómo pesan los años. Joder. Pero lo hecho ayer ha merecido mucho la pena. Ahora el despachito de Raquel se ha reconvertido en un cuarto multiusos, donde poder relajar la mente y el cuerpo. Hemos recolocado todos los módulos colgantes y hemos intercambiado las posiciones de la butaca y la mesa del ordenador; ahora todo s mejor, más cómodo y más ordenado. Un acierto. Además aproveché la movida para conectar a la caja de registro del recibidor el cable con el que di alimentación al enchufe mural de la esquina junto al mueble blanco, y ha quedado perfecto; otra ñapa realizada con éxito. Todo esto ayer; hoy he cambiado mis zapatos de sitio y ahora reposan de puta madre en sus huecos del zapatero, en el pasillo, y aún falta por llegar otro zapatero idéntico donde podré dar sitio a todo mi calzado. Esta madrugada Indi me ha levantado a eso de las 5:55, o sea, más bien tarde, je. Y cuando la luz del día mostraba con claridad los contornos de la ciudad he decidido que me iba a dar una vuelta, una sin pretensiones, bajar al Casco por Solokoetxe, echar unos vistazos en los puestos de libros del Arenal, acaso comprar alguno, y regresar caminando. Eso es lo que he hecho. Antes de recorrer la ruta prevista he pasado por la frutería de los paquistanís a comprar vainas para la cena. Al pasar ante el bar de los sudamericanos, en el se lían habitualmente grescas y borracheras indecentes, me he percatado de que había jaleo; al desandar el camino para dejar las vainas en casa (en el buzón), el cacho de calle donde Telenécora estaba atestado de policías municipales, cinco o seis coches, y estaba la cosa en su apogeo; pero me he quedado sin saber qué ha pasado, y la verdad es que me la sopla; en fin. A lo que iba. He bajado por las escaleras de Solokoetxe, donde he tirado unas cuantas fotos (y donde creo que he perdido mis gafas azules, qué pena), y he puesto el destino en el Arenal. Un repaso ligero a los lomos de los libros y como estaba mosqueado por haber extraviado las gafas al poco rato se me han quitado las ganas de dar más vueltas y he regresado a casa siguiendo el mismo itinerario por el que había bajado con la vana esperanza de recuperar mis gafas; vana esperanza por supuesto. El resto del día en modo casero. De la comida se ha encargado Raquel. Ha montado un amaiketako a base de rabas del Mercadona, en la Air Fryer; y una comida de domingo: arroz con salchichas y setas, riquísimo. Mientras la nena se entretenía en la cocina, yo me he relajado dibujando en la tableta, más a gusto imposible. Al terminar la comida me he acostado en la cama, sin tele ni movidas. Indi me ha hecho compañía. Después relax y más tableta dibujo. De la cena me he encargado yo: vainas con patatas y yogur con nueces. |