¿Por qué desapareció el Neandertal?
lunes, 16 de febrero de 2026

Por Ludovic Slimak
14/02/2026 - 19:19

No es posible que la extinción del neandertal sea consecuencia de un solo acontecimiento. Su extinción tiene que ser el resultado de una sucesión de acontecimientos, unos acontecimientos históricos que, potencialmente, se expresarían en un tiempo relativamente corto. Y resulta espeluznante comprobar que no somos capaces de definir con certeza siquiera uno de esos acontecimientos. Por lo general, pensamos en el arqueólogo como en una entidad que busca una historia, que busca el origen de las cosas humanas. Con el neandertal, nos encontramos ante una inversión de ese proceder. Lo que buscamos es el final, sin que ese final anuncie en absoluto el principio de otra cosa. Nuestra humanidad desarrolla su existencia de forma absolutamente autónoma, no nace de la extinción del otro. De la criatura. Como una paradoja. Son historias paralelas.

En 2014, participé junto con otros cuarenta y seis autores en una amplia síntesis publicada por la revista Nature que cubría los principales yacimientos de toda la Europa continental, y concluía que, después del 40 milenio, desde Rusia hasta España ya no hallábamos ningún otro rastro de las viejas tradiciones neandertales. Fue un estudio importante, en tanto que redefinió la temporalidad de esa extinción. Pero tan formidable herramienta no pudo dar cuenta de los procesos que intervinieron en esa doble extinción: la extinción de las tradiciones humanas y la extinción de una humanidad. En esas páginas, analizamos el proceso partiendo del descubrimiento de los restos de un cuerpo neandertal. El descubrimiento nos permite confrontarnos con los límites de todos nuestros métodos analíticos. Permite seguir la construcción de nuestras preguntas en torno a descubrimientos importantes. Descubrimiento de un cuerpo. Descubrimiento de notables diferencias genéticas.

Con los últimos neandertales, la confrontación con una pluralidad inesperada de humanidad llama mucho la atención. ¿Cómo es posible que las poblaciones neandertales que ocupan territorios muy cercanos pudieran ser ajenas a semejante cercanía durante más de 60.000 años? Hay algo aquí que interroga no al sapiens sino a las estructuras de las poblaciones neandertales. Sus maneras de estar en el mundo. Su aislamiento. Y al final de la carrera, como única conclusión de esos largos procesos de diferenciación social y genética, su sustitución por el sapiens. Un reemplazo que, en la cueva Mandrin, se estima no en largas generaciones humanas, sino como un instante temporal.

Es increíble, pero la sustitución de una humanidad por otra podría perfectamente haber durado unas pocas temporadas. La rapidez del proceso excluye cualquier hipótesis que aborde ese reemplazo de humanidad desde un punto de vista climático o ambiental. No se aprecia una lenta decadencia que en última instancia desemboque en la extinción.

Leyendo esa obra también descubrimos que, en Europa, los últimos neandertales representaban una humanidad plural. Cuando se iniciaron esos procesos de extinción, el continente estaba ocupado por varias ramas neandertales muy distintas. Poblaciones plurales no solo en sus culturas, sino también en su carne. El descubrimiento de esos 60.000 años de diferenciación entre poblaciones que viven en regiones vecinas da vértigo. Implicaría la existencia de sociedades neandertales mediterráneas que remontarían el Ródano hacia la Europa continental sin cruzarse con otras poblaciones. Sin el menor intercambio. Como si las sociedades neandertales, arraigadas en territorios no conectados, ya no se comunicaran entre sí. Esa increíble diferenciación de poblaciones tiene implicaciones profundas en las estructuras sociales neandertales y en su relación con los territorios en los que los neandertales parecen aislarse y arraigarse. ¿No será esa una causa fundamental que permitiría reflexionar sobre la extinción neandertal?

Pero si seguimos mis reflexiones en torno a esa asombrosa criatura que es el neandertal, habrá que concluir que los indicios arqueológicos a partir de los cuales incluimos a la criatura en nuestra manera de estar en el mundo podrían no ser más que el resultado de nuestras proyecciones. De nuestras construcciones. Esas proyecciones condicionarían de forma directa nuestra representación de los últimos neandertales, así como su vinculación a la cultura del Châtelperroniense, que es una de las primeras culturas consideradas modernas. En efecto, el análisis demuestra que el Châtelperroniense presenta afinidades muy nítidas con tradiciones del Levante mediterráneo que tenemos claro que están relacionadas con el sapiens. Según esos postulados, hay que considerar que el Châtelperroniense se corresponde con una fase migratoria del sapiens en Europa occidental, y descartar que esté vinculado con las poblaciones neandertales. Y eso contra las dataciones actuales, procedentes de las ciencias duras —estudio del genoma, proteínas—, en las que se fundamenta la vinculación de esas tradiciones con el neandertal. Por lo tanto, planteo mi análisis como una predicción, en la medida en que la predicción es una propiedad fundamental de las ciencias; puede incluso que esa capacidad de predicción sea la mejor definición de en qué consiste el enfoque científico. ¿Significa eso que las ciencias duras —como ya sucedió en lo relativo a la comprensión de Thorin— contradicen a las ciencias humanas? Los análisis comparativos de ese tipo ya me habían permitido predecir la conexión del Neroniano con las poblaciones de sapiens varios años antes de que se llevase a cabo el análisis de los restos humanos de la cueva Mandrin. La historia decidirá.

'El último neandertal' (Debate): combina la emoción de una aventura arqueológica con la profundidad de una reflexión sobre lo que significa ser humano. Entre hallazgos imprevistos y dilemas científicos, Slimak nos guía por un viaje fascinante a los confines del tiempo, en el que se cruzan la ciencia y la intuición, la evidencia y el misterio. Un relato apasionante que desafía nuestras certezas y nos enfrenta a una pregunta tan antigua como vigente: ¿es así como desaparecen los hombres? Ludovic Slimak es arqueólogo y paleoantrólogo (CNRS, Universidad de Toulouse-Le Mirail) y miembro del equipo SMP3C (Sociétés et milieux des populations de chasseurs-cueilleurs-collecteurs). Su trabajo se centra en las últimas sociedades neandertales.

Pero el Châtelperroniense no es más que una anécdota entretenida. Puede que haya que considerar que, a lo largo de Europa, la totalidad de las industrias así llamadas de transición nos puedan estar informando de la implantación de las primeras poblaciones de sapiens. Según esa hipótesis, las sociedades neandertales se habrían extinguido sin mostrar ningún tipo de mutación de sus tradiciones culturales ancestrales. En tal caso, deberíamos abandonar por completo el esquema histórico que está vigente desde hace décadas, el esquema que establece una considerable mutación de las sociedades neandertales antes de su extinción. Por lo tanto, siguiendo el argumentario de este libro, habría que volver a plantearse de arriba abajo la estructura y el significado de esa extinción de humanidad.

Pero la fragilidad del neandertal solo representa uno de los elementos de la ecuación. Descartar las teorías naturalistas —clima, volcanes o epidemias que podrían haber determinado la extinción— también induce a reposicionar al sapiens en el corazón de todos estos cuestionamientos. Sin embargo, las sociedades humanas que se cruzaron las unas con las otras a lo largo de la inmensa Eurasia son muy distintas entre sí, tanto biológica como culturalmente. Esa diversidad social y cultural afecta tanto a los sapiens —que se despliegan en numerosas tradiciones— como a las sociedades fósiles en el momento de su extinción. Esas humanidades que pronto se extinguirán son herederas de muchas tradiciones. Unas tradiciones claramente distintas. Sin embargo, no solo se extinguirá el neandertal, sino todas las culturas y humanidades antiguas de Eurasia: el neandertal, el denisovano, el Homo floresiensis y todos los demás. Todas las humanidades que existieron en paralelo a la nuestra. Y no deberíamos despachar tan fácilmente semejante diversidad humana, semejante diversidad de culturas y civilizaciones.

"No solo se extinguirá el neandertal, sino todas las culturas y humanidades antiguas de Eurasia: el neandertal, el denisovano, el Homo floresiensis"

Y sin embargo mueren. Se extinguen. Todas. No sobrevivirá ninguna de las humanidades fósiles. De nuevo, hay que tener en cuenta la convergencia de este suceso con la expansión de los sapiens. Hay que poner el encuentro entre esas humanidades en el centro de la ecuación. La importancia que tiene ese encuentro en la desaparición de cualquier tipo de alteridad no debería ser pudorosamente evitada ni relegada de forma ingenua como uno más de los muchos factores de una ecuación muy compleja. Centrarse en el clima, en las epidemias, en las explosiones volcánicas y en todas las anécdotas que afectan a la historia de las sociedades humanas equivale a correr un púdico velo sobre nuestra propia historia.

En el corazón de esas extinciones de humanidad —de esas extinciones sistemáticas, totales, rápidas—, probablemente el factor sapiens sea fundamental. ¿Será que se nos escapa algo fundamental en el sapiens, algo que aún debemos sacar a la luz, algo que supera de lejos su capacidad y sus conocimientos técnicos? No basta con señalar que el sapiens es la pieza clave de todas las extinciones. Hay que entender de qué manera el sapiens, de forma universal, prevalece sobre todas las demás humanidades, independientemente del entorno, independientemente de las humanidades biológicas implicadas y de las culturas de esas poblaciones. Hay que explorar de qué nos habla esa revolución del 50 milenio. De hecho, la diversidad tanto de entornos como de humanidades biológicas y de culturas afectadas por ese proceso sugiere que la respuesta a esa sorprendente ecuación no depende ni de la geografía ni del clima ni de las tradiciones técnicas y sociales de las humanidades que acabarán sucumbiendo. La extinción de todas las demás humanidades en Eurasia está documentada durante las fases de expansión de las poblaciones sapiens. Como si, en ese proceso de expansión, hubiese algo que hubiera jugado de forma sistemática a favor de las poblaciones sapiens.

¿Quiere eso decir que todas las otras humanidades se habrían revelado más frágiles que nuestra humanidad?

En este libro he afirmado que los sapiens del Neroniano producían los arcos más antiguos de toda Eurasia, y que se asentaban con sus armas y sus pertrechos en territorio neandertal, cuyos pobladores solo utilizan unas pesadas lanzas que arrojan directamente con sus propias manos. Puede que creas que ya me estás viendo venir con la cancioncita de que las tecnologías marciales permiten distinguir a los hombres modernos de las humanidades fósiles. Pero también en ese punto hay que darle la vuelta a la tortilla y reconsiderar nuestras concepciones. Explorar sus profundidades.

La extinción de todas las demás humanidades en Eurasia está documentada durante las fases de expansión de las poblaciones sapiens

Precisamente, no estoy sugiriendo que el sapiens fuese técnicamente superior a las sociedades aborígenes —ahora fósiles— que se fue encontrando por toda Eurasia. Mi pensamiento va por un camino distinto, puede que incluso a contracorriente de un punto de vista tan simplificado, tan lineal. Nunca erijo mi pensamiento en torno a ecuaciones demasiado simples. El arco y las flechas no son para nada la tecnología que proporciona al hombre su superioridad sobre la criatura. Ahí es donde hay que rascar un poco más, en esas divergencias que parecen tan profundamente arraigadas en los procesos de estandarización que solo encontramos en las poblaciones modernas. ¿Será que la aparición de tecnologías notables dominadas por el viejo sapiens se desprende de ese modo de concebir el mundo, de esos procesos de estandarización que tienen un considerable reflejo en las producciones técnicas de nuestras propias sociedades?

Porque es posible que esas tecnologías no sean más que la parte visible del iceberg. La parte fácil de ver, fácil de entender, aunque para demostrar las diferencias de esas tecnologías hayan hecho falta más de veinte años de análisis y tres doctorados sobre las tecnologías de esas sociedades, sobre su posición en el tiempo y sobre la estructura de su armamento.

La propuesta —que ya presenté en El neandertal desnudo— no parte en absoluto de una posible inferioridad técnica de las poblaciones neandertales en relación con las poblaciones sapiens. El neandertal tiene un perfecto dominio de sus artesanías. Las divergencias que yo señalo entre esas dos humanidades no solo nos están hablando de la historia técnica de esas sociedades. Las diferencias reales tienen un carácter estructural, y están arraigadas en la naturaleza de esas humanidades. Se trata de diferencias que nos hablan de la forma de concebir la realidad del mundo. La estandarización, que las tecnologías sapiens expresan de un modo tan notable, no solo nos habla de sus conocimientos técnicos, sino de la estructura mental, de la etología de nuestras propias poblaciones. Mi perspectiva no se centra ni en la punta de flecha ni en lo que esta podría haberle permitido hacer a nuestros lejanos antepasados. Mi perspectiva se pregunta por el propio proceso. El proceso profundo que, en el conjunto de los territorios de la inmensa Eurasia, llevará a la extinción de todas las criaturas excepto del sapiens.

Puesto que yo excluyo de ese proceso cualquier tipo de factor natural, en la ecuación ya solo nos queda el sapiens. Pero decir que el sapiens suplantó a todas las otras humanidades, a todas las otras criaturas, no es decir gran cosa.

Hay que seguir profundizando. Hay que llegar al fondo del asunto y ver qué es lo que pasa, con toda la crudeza del mundo, mirando directamente a los ojos. Remover las entrañas hasta sus más nauseabundos aromas. Entender qué significa realmente la afirmación según la cual la expansión del sapiens provocó la extinción de todas las otras humanidades, de forma directa y a lo largo y ancho de todo el planeta.

En la historia del sapiens, el hecho de convivir con sociedades técnicamente asimétricas casi siempre ha llevado a la suplantación de las sociedades más frágiles. Ahí tenemos la historia de las colonizaciones, desde las Américas hasta Australia. No hay muchas excepciones. No es que los malos se deshagan de los buenos gracias a una tecnología más poderosa, ni que el pez grande se coma al pequeño. Pero, instintivamente, los humanos se agrupan en torno a su propia concepción del mundo y de la eficiencia, de esa eficacia que permite asegurar la supervivencia de las sociedades humanas. Su reproducción. Así pues, cuando las sociedades humanas se enfrentan a una versión más eficaz de sí mismas, bajarían instintivamente la guardia, y eso, muy a su pesar, las llevaría al colapso de su contexto cultural, de sus valores, de sus mitos, de sus construcciones. Un enemigo que llevarían dentro las empujaría de forma inconsciente a dejar de ser lo que son para hacerle sitio a una versión más eficaz. Los procesos de reproducción y estandarización que parecen estructurar nuestra humanidad podrían haber marcado el devenir de nuestras civilizaciones en el momento en que se encuentran. Estaríamos hablando de estructuras de comportamiento, de etologías tan propias de nuestra humanidad que llegan a guiar nuestros pasos incluso a nuestro pesar. Maneras propias del sapiens, según las cuales una sociedad, al detectar otras construcciones sociales consideradas más eficaces, se extinguiría por sí misma, muy a su pesar. Instintivamente nos ponemos del lado de los vencedores. Pero la percepción de esa superioridad es una construcción, un mito; más aún, es un edificio inconsciente. Semejante constructo es fruto de nuestra percepción, acontece a nuestro pesar. Sin embargo, en el momento en que deviene un constructo compartido tanto por el dominante como por el dominado, la esfera considerada más débil implosiona. Por sí sola. ¿Habremos llegado ahí al sentido invisible de la historia? Un sentido de la historia contra el que nadie podría hacer nada y que conduciría a un completo desamparo. El sentido de la historia, esa máquina que todo lo tritura y nada puede detener. Esa máquina que parece manejar a nuestro pesar, en un segundo plano, la trama de nuestro destino. Esa máquina que nos lleva a formular, desde las sombras, otras invenciones, otras construcciones mentales, otras esferas.

Cuando las sociedades humanas se enfrentan a una versión más eficaz de sí mismas bajan la la guardia, y eso las lleva al colapso de su contexto cultural

Hay algo que diferencia al sapiens no solo del neandertal, sino de todas las humanidades fósiles a las que acabará reemplazando en el conjunto del planeta. Una especificidad en la conducta del sapiens que la distingue de todas las otras humanidades. Esa manera de estar en el mundo, esa forma de concebir la realidad del mundo, esa manera de arrasar con cualquier tipo de divergencia representa una simplificación, una unificación de las realidades planetarias. Esa manera de estandarizarnos, de arrasar con cualquier tipo de diferencia, no parece estar presente en ninguna otra humanidad. Probablemente, ahí tengamos una especificidad de la conducta propia de nuestras poblaciones sapiens en relación con las otras humanidades. Una particularidad. Una anomalía. Una anomalía que estaría en el origen de nuestra necesidad de reproducir el comportamiento dominante que se expresa en el interior del grupo. En una serie de textos igualmente espeluznantes, Boris Cyrulnik explora esos componentes casi indecibles de la naturaleza humana.

Ni su perspectiva ni su propuesta son precisamente alentadoras. Nos hablan con gran crudeza no de nuestras sociedades, sino de nuestra naturaleza humana, de nuestro destino.

Cuando se establecen relaciones asimétricas, el destino de los pueblos más frágiles parece irremediablemente sellado, no hay más que fijarse en la historia de todos nuestros procesos de colonización. ¿Será que los procesos de colonización son como una pálida imagen de esas viejas historias paleolíticas de las expansiones humanas en Eurasia?

En nuestra historia reciente, en nuestros procesos de colonización, tales asimetrías descansan en diferencias más bien superficiales. Diferencias culturales. Diferencias técnicas. En cambio, en nuestra vieja historia, en nuestra "historia prehistórica", la diferencia no se da únicamente en relación con estructuras técnicas y sociales: también se da en términos biológicos. Por lo tanto, en la vieja historia paleolítica, esas relaciones asimétricas también deben ser pensadas en términos de maneras de estar en el mundo, que serían distintas a las de todas las demás humanidades.

Así pues, las artesanías, las técnicas, la tendencia a la estandarización solo serían la parte visible de una realidad mucho más profunda. Nos estarían revelando la existencia de unas estructuras fuertemente arraigadas en nuestra humanidad. Nuestro equilibrio social, nuestras interacciones, nuestra música, nuestros bailes, nuestras formas de pensar están profundamente determinadas por esas maneras de estar en el mundo. La explotación, la sistematización, la tendencia general a sacar rendimiento de todos los recursos a nuestro alcance, la optimización, no serían privativos de las sociedades actuales, sino que podrían depender de una conducta que, a un nivel estructural, sería propia de nuestra humanidad. De nuestra carne. Sé que se trata de una propuesta contraintuitiva, pues puede parecer que la organización de las sociedades humanas varía en función de cada tradición cultural. Pero que existan diferencias culturales no implica que no exista una etología humana. Solo revelan la posibilidad de suavizar, a través de nuestras construcciones sociales, unos comportamientos que estarían profundamente arraigados en nosotros. De suavizarlas o acaso de exacerbarlas. La cultura contra la naturaleza. Y esa sola posibilidad ya expresa un destello, una esperanza en lo humano.

Mi pensamiento es portador de noticias siniestras sobre la propia naturaleza de nuestra humanidad. Puede que sea combatido, acaso vilipendiado

Mi pensamiento es portador de noticias siniestras sobre la propia naturaleza de nuestra humanidad. Puede que sea combatido, acaso vilipendiado. Me reprocharán haber escrito estas palabras. Ay de aquel que traiga consigo la desgracia. Probablemente este retrato de nuestra humanidad sea inesperado y no cuadre con las definiciones clásicas de la naturaleza humana. Pero estas líneas no pretenden señalar la culpa original de nuestra humanidad. Solo son una advertencia. Ni las pandemias ni la alteración del medioambiente ni las explosiones volcánicas ni la esterilidad ni los cambios climáticos podrán nunca poner fin al reinado del sapiens. Ojo, porque nuestros descendientes heredarán nuestros errores, del mismo modo que heredarán las geografías alteradas que hayamos creado. Pero lo más probable es que lo humano —lo mismo que la lejana criatura neandertal— no se extinga debido a un hecho coyuntural, por más aterrador que este sea.

La simplificación del mundo que conlleva asumir la extinción de todas las otras criaturas humanas nos deja solos con nosotros mismos. Ayer como hoy, esa acumulación de milenios sugiere que solo lo humano puede hacer desaparecer a lo humano. Sapiens contra sapiens.

Puede que nuestra necesidad de reproducir los actos dominantes, nuestra necesidad de estandarización —de hacer lo mismo que hace el resto del grupo, todos a una— le haya conferido a nuestra humanidad tan notable eficacia. El mayor de sus poderes. Aunque probablemente también le haya conferido nuestra parte más oscura. Nuestra grieta más oscura. El totalitarismo potencial que nos habita.

No soy capaz de evocar la extinción de humanidades sin sentir una punzada en el corazón. Pero ese dolor no tiene nada que ver con las criaturas extintas. Esa punzada en el corazón no es porque me compadezca de los muertos... sino por lo que siento por los vivos. Por los únicos supervivientes de aquellas lejanas extinciones. Es una punzada en el corazón por la naturaleza del sapiens. Una naturaleza que nos aboca a nuestros horizontes más oscuros. A todos los horrores de nuestro destino. Si temblamos no es por los muertos, sino por el miedo a no saber proteger a los vivos.

Te había avisado. Este es un libro triste.

Pero yo soy padre de dos hijos preciosos, y estas palabras se niegan a mirar tan solo hacia nuestros horizontes más oscuros.

Si miramos de frente a nuestra naturaleza más profunda, ¿solo cabe la desesperación?

Frente a nuestra etología, nuestra necesidad de reproducir las acciones de los otros, frente al rebaño y al movimiento de la masa que nos lleva a comportarnos como un solo hombre, puede que quede una esperanza. La esperanza de la oveja negra. Muchas son las realidades que ha experimentado el hombre. Muchas las sociedades que ha inventado. Muchas las maneras de estar en el mundo que ha alumbrado. Ante nosotros se presentan miles de realidades distintas; se despliegan en nuestra historia, en todos los continentes. Todo cuanto fueron esos miles de sociedades es prueba de que nuestra naturaleza puede responder a nuestras construcciones culturales. A nuestras esferas mentales. No lo digo a la ligera, como una forma de recordar que el mayor enemigo del hombre es el hombre, sino con un atisbo de esperanza.

¿Acaso esa voluntad del sapiens de repetir lo que hacen los otros, de hacer lo mismo que hacen todos, no puede traducirse en un vuelco profundo de nuestras sociedades, de nuestras maneras, como un solo hombre? Una posible implosión de nuestra propia esfera, una escapatoria.

Cierto es que nuestra necesidad vital de formar un grupo, de actuar como uno solo —todos a una—, nos condena a lo peor de lo que el hombre es capaz. Pero si la cultura le gana la mano a la naturaleza, ¿no sería posible que, por una vez, por una sola vez, esa necesidad vital nos llevase hacia algo mejor, nos llevase como un solo hombre?

¿Podría ser que la oveja negra arrastrase tras de sí a todo el rebaño?

Esperanza, tal vez.

Porque así mueren los humanos.

Pero así es también como miran al mañana.

#prehistoria - #neandertal - #libro - #paraleer

© Zalberto | febrero - 2026