Iniciamos viaje a Santelices a las 13:00, sentados formales los tres en nuestro maravilloso coche Dacia. Parada en el Crucero a echar un café y un pincho. Tomamos dirección a Medina de Pomar con la sana intención de comer en la cervecera; pero hete aquí que nos la encontramos cerrada. Así que haciendo cambio de plan sobre la marcha, nos vamos al pueblo con la idea de dejar al viejo en la casa e irnos Raquel y yo a comer donde Radú. Dicho y hecho. Crema de coliflor, filete Raquel, bacalao con tomate yo, y queso con membrillo. Y a casa a ver qué hacía el poeta. Y la cosa cambia radicalmente de cariz, pasando de la esperanza en unos días agradables a la amarga aceptación de la nula capacidad del rapsoda en convivir como una persona educada y tal y cual. ¿Qué? Pues toda la casa revuelta como si hubieran entrado a robar. La maleta de Raquel vaciada por encima de las camas. La maleta del viejo tirada en mitad del salón. Las naranjas y manzanas que se había empeñado en traerse de Bilbao desparramadas por la encimera de la cocina. Y todo así. Raquel monta en cólera y se lía parda. Para desconectar del momento decidimos irnos a Reinosa a hacer compras en el Mercadona y de paso hacer copias de la llave del portal de Santelices (cosa que hice y que fue un fracaso, equivoqué la llave!!!) Total que hicimos las compras y regresamos al pueblo. ¿Qué hacía el Jesús? Mezclar agua con harina y freírlo en aceite: una delicia según él, el summum de la magia gastronómica, el majar que la humanidad se está perdiendo, toda la humanidad excepto... él. Moroquil. Bueno, me da pereza continuar con los minidetalles del resto de este miércoles infructuoso. Los siguientes días también nos traerán lo suyo, pues con este hombre no hay esperanza de cambio posible. |