 Después de unas jornadas convulsas, estresantes, cargadas de emociones innecesarias, hoy hemos gozado de un día pleno de paz, armonía y, en resumen, felicidad y amor. Aunque parezca excesivo, ésta es la realidad, y no es mi estilo camuflar los hechos, o envolverlos en palabras y excusas. Nos ponemos en marcha a eso de las nueve y media. Previamente hemos hecho una colada y un orden y limpieza. Raquel ha enchufado en sus nuevas ubicaciones a nuestra Virginia iRobot; pobrecita, lo que le queda jajaja. Y tras transformarnos en montañeros avezados nos hemos puesto en marcha. El plan es caminar por la Vía Verde hasta Quintanabaldo y regresar al pueblo por el sendero que bordea el Nela y sube hasta el camino de Puentedey. El plan es casi perfecto, casi hasta que hacemos un previo en el bar de Radú para echar un pincho de tortilla; y comprar unos mini bocatas para llevar en la mochila. Y nos ponemos en marcha. El caminar es placentero. La temperatura es la mejor: 18º. El cielo está salpicado de nubes de algodón, que filtran los rayos del sol de agosto. La Vía Verde está como uno desearía que estuviera: lisa, limpia, esponjosa. Tras unos cuatro kilómetros llegamos a Quintanabaldo. Cruzamos el puente sobre el Nela y giramos a la izquierda, para enlazar con el sendero que corre junto al río antes de ascender por la ladera buscando el camino ancho que lleva de Santelices a Puentedey. Junto al puente charlamos un ratín con una pareja madurita que encontramos cuidando amorosamente de su huerta; nos cuentan sus avatares con las crecidas, la sequía y el cambio climático. El sendero que buscamos se nos resiste un poco, o un mucho, ya que durante unos doscientos metros o así nos vemos obligados a abrirnos paso entre los arbustos espinosos y las ramas de los quercus. Por suerte, al cabo de un rato damos con un buen sendero que nos lleva sin problemas hasta el camino ancho. Este sendero nos ha puesto la miel en los labios y ya hemos hecho planes para retomarlo otro día en sentido inverso; queda pendiente. De regreso al pueblo por el camino de Puentedey, optamos por hacer paradita en casa para ducharnos y cambiar de ropa. ¿Siguiente destino? El bar de Los Llanos, o el bar de Ascen, que diría Raúl. Un par de tercios Estrella Galicia, cuatro empanadillas exquisitas y una ración de rabas de las de chuparse los dedos. Una gozada. Solete, sombrita, temperatura perfecta y un ambiente relajante: inmejorable. Y a casa a preparar comida y disfrutar del descanso. Raquel prepara uno de sus arroces, echando mano de un caldo de caparazón de pollo que tenemos congelado. Un para de botellitas de vino navarro y una buena siesta. Indalecio también lo goza. ¿El resto del día? Paz y amor. |