Porque yo, como historiador, te puedo decir cómo hemos llegado hasta aquí, pero como dice Nassim Nicholas Taleb, intentar predecir el futuro mirando al pasado es un poco como conducir mirando el retrovisor.
Francisco Veiga (Madrid, 1958) es uno de los principales especialistas de nuestro país en Europa del Este —no en vano domina varios de los idiomas de la región, a la que lleva décadas viajando con regularidad—, de la que se ocupa en varios libros, como el ya clásico La trampa balcánica (1995) o La fábrica de las fronteras (2011), sobre las guerras que desmembraron Yugoslavia. Este historiador y profesor se ha ocupado de temas tan variopintos como la Guerra Fría (La paz simulada, una obra de 1997 de la que es coautor) y su posguerra (El desequilibrio como orden, 2008), el fascismo rumano (La Guardia de Hierro. Rumanía 1919-1941, 1987) o la nueva ultraderecha occidental (Patriotas indignados, 2019), y ha dirigido diversas obras colectivas sobre la Primera Guerra Mundial, la geopolítica de Eurasia e incluso la historia de Yemen.
Las opiniones de este catedrático en Historia Contemporánea de la Universidad Autónoma de Barcelona, siempre propias y fundamentadas en sus experiencias e investigaciones, son a menudo heterodoxas. Y, en un país donde los intelectuales son rápidamente enclaustrados en las izquierdas y derechas, sus libros se resisten a las etiquetas. Ahora acaba de publicar Ucrania 22 en Alianza Editorial, un análisis de emergencia sobre el contexto, las causas, el periodo histórico y las razones que han conducido hasta la invasión rusa de Ucrania, no solo desde el punto de vista del historiador, sino también, a diferencia de sus obras anteriores, del testigo que asiste en tiempo real —a veces desde el despacho, a veces sobre el terreno— a un choque largamente anunciado. |