 Se hizo en vísperas un plan de senderos por Archanda, sí se hizo, pero las inclemencias del tiempo pusieron palos en las ruedas del deseo; en mi caso el deseo era más bien flojo, debilucho, poco tangible. Así que el plan mutó. A media mañana Raquel se aprestó al cocineo de un arroz con pechuga de pollo y verduras. Para ello se necesitaban materiales de los que carecíamos, por lo que se hizo de obligado cumplimiento el preparar las indumentarias para salir con la excusa de la adquisición de champiñones, nada menos. A la hora del Angelus bajamos por las Escaleras de Solokoetxe al deambule por los vericuetos del Casco Viejo, buscando una barra adornada con suculentos manjares de a un par de bocados. Primero probamos unas croquetas potrosas en el Bar Charly, al que no volveremos si los recuerdos no nos abandonan, que todo puede ser. Con la decepción aún rondando los paladares probamos de nuevo en otro de los garitos de la Plaza Nueva (el Charly es uno de ellos), en uno especializado (¡!) en tortillas, en La Tortilla del Galatea. Es importante no perder de vista que en el mundo de las tortillas de patata todo lo que sea añadir algo más que la cebolla es un riesgo que no se debe asumir, por mor de las malas experiencias del pasado, y porque el sistema digestivo es sabio y tiene buena memoria. Pues eso: pincho de tortilla con cebolla; jugosa la tortilla como ha de ser y remojado el gaznate con una copa de esos tintos crianza rioja que no valen ni pa tomar por culo... en esto los bilbaínos no parece que deseemos aprender, y no alcanzo a entender el porqué, ya que el sentido del gusto es inapelable. En fin. Y nada. Subimos al barrio en metro, embarcando en la estación de Abando; un poco de caminar es positivo para la salud diaria y la descongestión mental. Al salir a la superficie hacemos un primer intento champiñoneril en la frutaría indostaní de junto al Vaquero, sin éxito: hay de todo, menos hongos y setas. Nou problem, probamos en la que también abre los domingos por la mañana junto a Hogar y Sonido, y ahí sí; bien. A casa. Raquel se arranca con la manufactura culinaria, pero anuncia a los cuatro vientos que NO HAY VINO. Me enternece su dulzura infantil y no lo dudo: me visto con cualquier cosa y bajo a visitar TeleNécora. Dos botellas de a 10€ u. de un tinto Ribera del Duero que ya habíamos catado y al que le otorgamos en su momento una nota de aprobado alto. Y, claro está, caracolillos para la nena guapa. Aprended muchachos: ésta es la manera correcta de tener contentas a las muchachas borrachinas. Eh, dato importante: nos triscamos sólo UNA botella, eh, eso. ¿El arroz? Pues justito justito, pero no dejé ni un grano en el plato. A Indalecio tampoco le desagradaron los pedacitos de pollo que le presenté con delicadeza; se papeó lo menos siete, jeje. Y tele. Y PC. Y avanzar en los planes de viaje preprimaveral. Comer en Pastrana, en donde Las Monjas. Visitar el Sepulcro de Pozo Moro, próximo a la capital albaceteña. Qué ricos saben los planes; a Raquel le generan salivación mental; me encanta. Unas tortillas francesas con espárragos de guarnición y los capítulos finales de la X temporada de Sky Rojo para ir cerrando poco a poco una jornada dominical de enero. Y los tres arrebujados en las sábanas blancas, acunados por el sonido del viento y por el de la lluvia que azota los cristales y que sacude el polvo de la ciudad, anunciando que llegan los fríos y las nieves. Seguiremos informando. |