Tachón escribiendo...
sábado, 28 de enero de 2023

―A ver, te cuento.
―Espera, ¿tienes un euro y medio suelto?
―¿Eh? Sí, tranqui, ya meto yo para el billar y las birras las pagas tú.
―Correcto.
―Pues lo que te iba a decir, a ver, la cita de ayer fue un puto desastre.
―Con la espiritual.
―Nono, esa fue el viernes, que es la otra con la que he quedado.
―Ah vale. Joder, estás a tope, colega.
―Ya, eh, dos de dos, tío, doble fracaso. Pero con la del viernes es que no me entendí y apareció en mi barrio cuando le había cancelado el plan el día anterior.
―Eso me dijiste. Pero ¿cómo no entiende si le has dicho que mejor quedar otro día?
―¡No lo sé, tío! Pero así fue. ¿Vas a lisas o a rayadas?
―Lisas.
―Ok. Pues eso, lo que te decía, que con la primera fue menos desastroso que con la que te voy a contar ahora, porque, sin más, fuimos a dar una vuelta y, como ella había quedado en Bilbao para comer con unas amigas o no sé qué, pues al final estuvimos una hora por ahí y ya está.
―¿Y desastre por qué?
―A ver, igual he exagerado con lo de desastre en este caso, porque fue… Sin pena ni gloria.
―Era el primer día que os veías y no estuvisteis ni dos horas, ¿no?
―Sí.
―Igual le puedes dar una segunda oportunidad a la chica.
―Le dije que si quería podíamos vernos otro día y me dijo que se lo iba a pensar.
―Ah, coño.
―Creo que la cosa se torció cuando se me notó que algo que había dicho me había parecido una chorrada.
―Jajaja, pero ¿te reíste de ella o qué?
―No, a ver, no me reí de ella, ¿pero igual se lo tomó así? No sé.
―¿Qué dijo pues?
―Que le gustaba creer que hay cosas en la vida que pasan porque el universo lo quiere.
―Uff… Espiritual.
―Creo que no le gustó que no me lo tomara en serio.
―El universo.
―Sí, tío, el puto universo.
―Igual el universo le ha dicho que mejor no sigáis quedando.
―EL PUTO UNIVERSO. En fin, que al día siguiente de quedar con esta chica, Itxaso se llamaba, quedé con la otra que te voy a contar ahora.
―¿De nombre…
―Saray se llamaba.
―Nombre bonito.
―Sí, por qué no, nombre bonito. Dejo mi birra al lado de mi móvil, ¿ok?
―Estás bebiendo de la mía, capullo.
―Hostia, ¡que la mía era aquella!
―Ya quédate esa. Tengo dos tiros, que has tocado mi bola.
―No, tío, no tienes dos. He tocado primero la mía.
―Qué dices.
―Bueno, dale dos, vas a perder de todas formas.
―Flipado. La última vez te gané yo.
―No me acuerdo, pero no me suena. Total, que ayer quedé con la tía esta.
―Saray.
―Saray, sí. Te pongo en contexto. Antes de quedar por fin este fin de semana pasado, esta chica y yo habíamos pasado una semana larga intercambiando mensajes, en plan, diariamente y frecuentemente.
―¿De nuestra edad?
―Sí, bueno, no. O sea, he dicho chica así en general, pero 39 años tenía.
―Ah, vale, bueno, pocos más.
―Eso es. Bueno, que rápido empezó a mandarme mensajes de audio, fotos, canciones y la vi con iniciativa y con ganas de contarme cosas. No sé. Propuso varios juegos de preguntas para conocernos mejor, también. ¿Está la tiza por ahí?
―La he dejado allí.
―Hostia, te la has jugado ahí, ¿eh? Casi metes tu última bola en el agujero del medio.
―Casi.
―¿Dónde metes la negra?
―Esquina opuesta a la tuya.
―Vale. Bueno, eso, total, que le dije para quedar y me dijo que ok. Propuso que fuéramos a ver un campeonato de surf a Somo, a una media hora de su casa, que vivía en Castro-Urdiales.
―¿Surf? Estamos en octubre.
―Sí, tío, no sé. Surf en octubre.
―Curioso.
―Bueno, que le dije de quedar en Castro e ir en un solo coche, y error, craso error.
―¿Por?
―¿Cómo que por? Pues porque si la cita va mal y quiero escapar, depende de ella para que me lleve de vuelta a Castro y ya ahí poder coger mi coche y escapar.
―Me huelo lo peor.
―Exacto. Sí. No lo peor porque no pasó nada.
―¿Entonces?
―Oye, ¿meto para una última partida y vamos al irlandés a tomar otra?
―Venga.
―A ver, te doy más contexto. Lo primero, las fotos de su perfil de la aplicación. Solo salía en un ángulo y, ¿sorpresa, sorpresa?, el ángulo le favorecía.
―Como todo el mundo.
―Sí, bueno, claro que todos ponemos fotos en las que salgamos bien, pero se puede hacer más o menos justicia a la realidad de cómo eres, ¿no crees?
―Mmm.
―A ver, por ejemplo, puedes poner fotos de cuerpo entero, y desde diferentes ángulos, para empezar.
―¿No se le veía de cuerpo entero en ninguna?
―No, o sea, tenía una de espejo, se le veía de frente, evitando curvas, ángulo estudiadísimo.
―No me parece terrible.
―Bueno, que me has entendido. Total, que llego al parking de Castro y me aparece, casi casi, una desconocida, o sea, salvando la cara, no hubieras dicho que era ella.
―Pero ¿por qué? ¿Era más… alta? ¿Baja? ¿Ancha? ¿Vieja?
―Pues sí, mira, sobre todo por la piel, tío. No sé. ¿Envejecida? Igual porque fumaba.
―Fumaba.
―Fumaba, tío. ¿No es como que lo de fumar suena a de otra época ya?
―¿Fumo mucho durante la cita?
―Bastante. Que, si me dices que fuma maría y que tiene rollo, pues bueno, pero ¿tabaco?
―Odio el aliento de fumador.
―Bueno, si antes de verla me había parecido que se conservaba bien para su edad, al verla en persona vi piel que achacaba años de tabaco.
―¿A qué vamos?
―Yo a rayadas, tú a lisas.
―¿A qué hora quedasteis?
―¿Hora? Quedamos a las 9:30, que, si por ella hubiera sido, hubiésemos quedado una hora antes, porque, me dice, A media mañana ya es imposible aparcar en Somo.
―No he estado en Somo en mi vida.
―Se parece a Laredo.
―Ah, bien.
―Sí, está bien. Total, que ya en el trayecto de Castro a Somo empezó el recital. Que era de Madrid, pero que llevaba casi diez años viviendo en el norte. Que vivía con su madre, de que vivían con ella en Castro. Que se había mudado allí hacía poco, que antes había estado viviendo con su novio en Txurdinaga. Que le había dejado ella a él y no al revés, eso lo dijo como tres veces, que ya empecé a sospechar que algo había allí, porque además me contó eso como respuesta a mi pregunta de que cómo así vivía en Castro trabajando como trabajaba en Getxo.
―Joder, qué de cosas.
―¡Cómo! Habló sin parar todo el viaje.
―Qué pereza.
―Y llegamos a Somo a las diez y algo y aparcamos sin problema. Doscientos sitios para aparcar había.
―Podríais haber quedado más tarde.
―Podríamos haber quedado mucho más tarde.
―Y nada, antes de meternos en la playa, nos tomamos un café, y, durante el café, me habló de su trabajo, que era diseñadora de apps…
―Hostia, qué guapo.
―…que trabajaba para una multinacional que tenía las oficinas en el pijo barrio de Las Arenas, como lo llamó, que no le faltaba razón en eso.
―Pijolandia.
―Eso sí, me dejó bien claro que era la diseñadora jefe y que sus jefes eran unos ineptos, pero que si no dejaba el trabajo era porque le pagaban bien y le venía bien el horario mientras durase el máster que estaba estudiando y que le permitiría en un par de años mandarles a tomar por culo, a esos inútiles.
―Uff, perecita.
―Sí. Puede que dijera un total de tres o cuatro palabras en todo el café.
―Campeonato de surf.
―Sí, a ver, vamos a la playa y ponemos la toalla cerca del equipo de la organización del campeonato de forma que pudiésemos escuchar los comentarios durante las rondas de competición. Es decir, que pusimos la toalla bien lejos del agua.
―¿Y?
―Ella no tenía intención de meterse, pero yo sí. Luego agradecí estar lejos porque así me daba un paseo hasta el agua.
―¿Y qué tal el campeonato?
―Pues, a ver, yo nunca había visto un campeonato de surf de principio a fin, y no hubiera sabido decir si transcurría en uno o más días, pero el caso es que este era un campeonato que transcurría en una única jornada y ella quería quedarse a verlo entero.
―Bua, qué perezón, ¿no?
―Pereza máxima. Y, claro, yo le pregunté cuánto solían durar estas cosas, a lo que me respondió preguntándome que si tenía prisa.
―Saray uno, Alec cero.
―Jajaja, ya, un poco loser. Que, ahora que lo dices, ¿lo dejamos en empate y vamos ya al irlandés de Madariaga?
―Venga.

* * * *

―¿Sigues a caña?
―Sí.
―Tostada, ¿no?
―Tostada.
―Bueno, que te acabo de contar la historia, que menuda rollo te estoy dando.
―Ahora sé lo que sentiste con Saray.
―Hijoputa. ¿Dónde nos hemos quedado antes?
―Playa, campeonato, surf.
―Ah, sí, eso. Que la mañana se pasó viendo surferos entrando al agua, surferas saliendo del agua, ola para arriba, ola para abajo, y una y otra vez. Y, tío, a ver si al final me opero de la vista, porque, aunque a ella no se lo confesé, no vi una mierda de lo que ocurrió dentro el agua en todo el rato que estuvimos allí… Aunque, bueno, creo que tampoco me hubiera enterado de mucho aun teniendo vista de águila, porque mi conocimiento del surf es cero.
―¿Y entonces…
―Eso, que ella estuvo sentada a mi lado, creo que no se tumbó en toda la mañana. Hablaba y hablaba. Si hacía falta, comentaba los comentarios de los comentaristas.
―Horror vacui.
―Horror puto vacui, tío. Yo al de un rato dejé de escucharla, a ella y a la megafonía. Llegó un momento que solo oía voces. La playa estaba petada, claro. Niños gritando, conversaciones ajenas, el run-run continuo de Saray explicándome sus planes de futuro, la voz robótica de la telefonía, Y EN LA SIGUIENTE RONDA VEREMOS LA PROMETEDORA BATALLA DE LOS ALEBINES.
―¿Hacía bueno por lo menos?
―Hacía viento, macho. Mucho.
―Viento en la playa. Toda la pereza.
―¿Pereza? Las rachas de viento te traían ráfagas de granos de arena que te acribillaban la cara.
―Mucha pereza.
―Bueno, que, de repente, noto que la tía pega un salto y grita, ¡Me cago en la puta, no hemos puesto dinero en el parquímetro!
―Hostia.
―Sí, y salió corriendo y desapareció entre las dunas. La media hora que tardó en volver fue la más placentera de toda la mañana.
―Mindfulness.
―Meditación.
―Yoga mental.
―Jajaja. Media hora. Nada más volver, se puso a despotricar sobre el sistema de parquímetros y fardó de que no le han puesto multa. Luego se cagó en la DGT un rato y ya al final volvió al surf.
―¿El surf duró toda la mañana?
―¿Toda la mañana? Y la tarde también.
―No jodas. ¿Dónde comisteis?
―Esa es otra. Me dice que conocía una pizzería cercana y que podíamos traernos unas pizzas de allí, salvo que yo prefiriera comer en el restaurante.
―¿Traeros pizzas a la playa? Dirías que no.
―¡Qué! Evidentemente, tío, ¿está loca? Arena, viento y pizza.
―Combinación ganadora.
―No me jodas. Y por su reacción te diría que se cagó en sí misma por haber sugerido ella misma la posibilidad de comer en el restaurante.
―Entonces era restaurante, no tipo comida rápida.
―Sí, mira, las pizzas la verdad es que estaban de puta madre, tío. Si vamos a Somo algún día, te llevo. Por cierto, ¿otra?
―Sí. Tostada.
―¿Por dónde iba?
―Pizzería.
―Eso. Durante la comida habló.
―Cómo no.
―Eso es. Ahora me habló de su exnovio, de que la agobiaba, que era un paranoico, ¡un puto celoso! Que porque se había vuelto muy casero desde que se mudaron juntos y con lo del confinamiento, todavía más, ella sentía que necesitaba respirar
―Necesitaba respirar.
―Sí, y que su piso común le quitaba el aire y, tío, me dice que, al final, una noche que salió de fiesta con su mejor amiga, que había venido de visita desde Vallecas, tío, me dice, literalmente, que esa noche pues pasó lo que tenía que pasar, porque había sido demasiado tiempo viviendo sin aire y una no es de hielo y la carne es débil.
―Venga ya.
―Con esas palabras. Una no es de hielo y la carne es débil.
―Vamos, que le puso los cuernos.
―Tal cual, tío, con dos cojones. Y espérate, que luego me dice como si nada que el siguiente medio año lo pasó poniéndole los cuernos con el tío de esa noche, pero que también con otros.
―Está bien que te ponga las cartas sobre la mesa desde el principio, ¿eh? Si te gusto, bien, y si no, hasta luego.
―Joder, no sé qué impresión quería causarme.
―No creo que se lo plantease.
―No creo que se lo plantease. Total, que yo en este punto ya estaba bastante cansado de escuchar sus historias. No, en realidad no es eso. Es que no se había interesado por saber nada de mí. Y creo que notó que yo ya estaba con la mente en otro lado, porque fue en ese punto que le dio por preguntarme algo.
―Aleluya. ¿Qué te preguntó?
―Adivina.
―¿Si querías tener hijos?
―No, imbécil.
―¿Qué te preguntó?
―Me pregunta, Y tú y tu ex, ¿qué?
―Ups.
―Sí.
―No te hizo gracia.
―No.
―¿Qué le contaste?
―Nada.
―¿No respondiste?
―Pues responder no sé si llegué a responder algo, pero fijo que en la cara leyó que había tocado hueso.
―Mirada asesina.
―No, no creo. Me debí de quedar con cara de circunstancias, no sé. Me pilló totalmente fuera de juego.
―Normal. Ella sabía de tu ruptura con Elene, entonces.
―Algo le dije cuando hablamos por chat, pero tampoco entré mucho en detalle ni di nombres ni nada.
―Ya, bueno, pero, quiero decir, ella justo te había estado hablando de su exnovio y te preguntó por el mismo tema.
―Sí, a ver, si tienes razón, pero en ese momento lo único que pensé es que esa chavala era idiota. O, bueno, no idiota, sino una puta inoportuna, más bien, porque idiota no lo era por aquella pregunta, sino por todo el día.
―Tal cual.
―Aquella pregunta fue el punto de inflexión. De un No está siendo el plan de mi vida pero ok pasé a No me interesa nada más de lo que me tenga que contar esta persona, ¿sabes?
―Lógico y normal. Bueno, ¿y quién rompió el silencio incómodo?
―No, no me acuerdo… Ah, ¡sí! ¡Ella! Dijo algo así como que si no me sentía cómodo hablando del tema, que ella CHI-TÓN.
―¿Chitón? Palabra de abuela.
―Es que usó esa palabra, de eso me acuerdo.
―¿Y qué más?
―Nada más, porque a partir de ahí ya entré en bucle pensando en lo mal que me estaba cayendo, en lo ridículas que eran sus uñas.
―¿Sus uñas?
―Sí, se llevó la copa a los labios y me fijé en sus uñas.
―¿Y qué les pasaba a sus uñas?
―Que estaban pintadas de colores, cada una de un color, y tenía los dedos pequeños, pero no pequeños en plan soy bajita y por tanto tengo manos pequeñas y por tanto tengo los dedos pequeños. No, tenía manos de tamaño normal para su estatura y dedos desproporcionadamente cortos para sus manos y para el resto de su cuerpo, y las uñas pintadas de colores servían para que te fijases en los dedos asquerosos.
―Estás siendo cruel.
―Me sentí así en ese momento.
―Te sentiste cruel.
―No, cruel me estoy sintiendo ahora.
―Dedos de niña.
―Uñas de niña en dedos de niña.
―En manos de adulta.
―Tío, la miré mientras se llevaba la copa de vino a la boca después de decir CHITÓN y de hacer el gesto de echar la cremallera y…
―Asesinato.
―Muerte.
―¿Y cómo acabó vuestro velada romántica?
―Pues tras el impasse que supuso que preguntara por Elene se puso a hablar de su madre y de cómo el desgraciado de su padre se había marchado de casa un día y bla, bla, bla. Ya no escuché con mucha atención, la verdad. Desconecté de la conversación, aunque te puedo decir que siguió hablando el resto de la comida y el resto del campeonato y yo seguí en piloto automático dándole coba con preguntas esporádicas para que no dejase de hablar.
―Horror…
―Vacui, sí. Y ya en el coche, de vuelta a Castro, puso música y eso estuvo bien. Puso temazos, la verdad. Pero a mí ya se me había ido la cabeza a Elene, tío.
―Hay que hacer algo con eso, colega.
―Ya.
―No puedes seguir así.
―Ya.
―¿Vas a seguir en la aplicación?
―Igual no. Estoy hablando con otra.
―¿Habéis hablado de quedar?
―Hemos quedado.
―¿Cuándo?
―El viernes que viene.
―¿Plan?
―Casco Viejo. Tomar algo.
―Bien.
―Sí.
―¿Quieres ir tirando para casa?
―Va.
―¿Cómo se llama?
―Carlota.

#tachon - #literatura

© Zalberto | enero - 2026