De cañas con la Tata y Terín
martes, 08 de agosto de 2023

El día prometía tranquilidad y buenos hábitos, mas las promesas siempre contienen en sí el germen del incumplimiento; como ha sido el caso.
A primera hora clase con Maite, piernas, a tope de caña -la palabra tag del día, creo yo, o lo afirmo-. Más repeticiones, una secuencia de ejercicios nueva rompiendo el esquema habitual desde hace meses, y más intensidad en toda la puesta en escena. En cualquier caso es mejor así, aunque resulte más agotador.
Al terminar la clase me cambio de ropa y, carrito de la compra rodando tras de mí, bajo a la calle con el objetivo de comprar un pez para cocinar en el horno. En el BM me entra por el ojo una lubina hermosa, de más de un kilo; el precio muy elevado, pero la oportunidad merece la pena. Lubina al carrito, y una botella de blanco Enate, y lechuga y fresas y yogures y leche y pipas Facundo y dos docenas de huevos L y un manojo de cebolletas dulces y probablemente alguna cosilla más que no recuerdo y que no hago el esfuerzo por recordar. Gasto 60€ aprox.
A casa. La nena sale a eso de las once a visitar a su tía Terín, que últimamente está obcecándose en acudir a las Urgencias de Basurto cuando la ansiedad le bloquea y le roba el resuello. «Bien, un par de horitas de paz en casa, hasta eso de la una que comenzaré con la preparación de la lubina», me digo, y me lo digo literalmente; una gran vocación oratoria cuando me encuentro en la soledad de mí mismo, o en esa compañía que tanto y tan bien me comprende.
Incluso despliego una de las sillas plegables y me instalo en la terraza armado con mis cascos, escuchando a Steve Winwood y saboreando una ORO. Qué felicidad más sosegada!!!.
Pero he aquí que recibo llamada de Raquel. El mensaje es diáfano: «Estoy con la Tata y la tía en el Piérolas. ¿Te apetece bajar?». «Hombre, pues claro, me visto y bajo». Éste es el momento exacto en el que el guión previsto para el día da un giro radical y toma una dirección inequívoca, hacia los mares turbulentos de la cerveza y los pitillos; lo sé, pero paso.
En el bar de junto al Piérolas están ellas, las tres, cotorreando y en modo risas; y a ellas me uno. Tres tercios caen en un santiamén. Cambio de ubicación. Dejamos a la tía, que marcha a su casa, y nos acomodamos alrededor de una mesa en el bar de al lado del Aida, el noséqué bar. Más cervezas, ¿tres?, ¿cuatro?, quién sabe.
Allí estamos cuando pasa junto a nosotros el Paquis, Angel, el colegui de mi primo Jon, y un poco también colega mío. Nos ponemos un poco al día. Me cuenta que la última semana de Junio han estado de casa rural en Loja, y que mi primo no se ha movido de la casa, que sigue con sus cosas de pirado de categoría premium; en fin. Paquis dice que Miren continúa con su labor de custodia y tutoría, que sin eso la vida de Jon se sumergiría en el caos y el descontrol; mejor así entonces. Y nada, Paquis ya no está currando en Energía, que han desmontado ese departamento y que ahora está en período de formación para incorporarse a otra área, que no recuerdo y que me la sopla no recordar.
Y todo eso. Luego al Extremeño hasta que la noche oculta entre sus sombras las siluetas de los tres borrachines, que no paran de charlotear y de beber cerveza; hay que ver qué bien se nos da todo eso, eh.
Ya ha anochecido cuando regresamos a casa, cuando comienza el tiempo nebuloso en el que los recuerdos están desdibujados o directamente borrados. A media noche me levanto a mear y descubro o recuerdo que me comí un par de huevos con piparras fritas... Sin comentario, jajaja.
Ya está, nada más que contar.

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© Zalberto | enero - 2026