Arbancón en la Edad del Hierro (s. V a. C.) 4ª parte
viernes, 06 de septiembre de 2024

El rey Kaikoko fabricó espadas en su ciudad natal de Kaiseda (en la orilla del río Henares) hasta los 24 años de edad. Justo el día que los cumplió decidió viajar a Tartessos. Pidió a su padre un permiso de seis meses y partió con su tío Kaio Ancón para conocer la capital en la desembocadura del río Guadalquivir. Había oído todo tipo de historias sobre Argantonio, el mítico rey de Tartessos que cada tres años enviaba oro, plata, cobre, etc, al rey Salomon de Israel y había conseguido formar un emporio de gran riqueza. Los habitantes de Tartessos eran ampulosos y de genio alegre, habían construido una gran ciudad en la isla central de una laguna rodeada de canales navegables y concéntricos, sus recursos marinos eran comparables a los metalíferos, exportaban también aceite, vino y chacinas para delicia de fenicios y griegos, creando una sociedad mercantil y cultural muy avanzada.
Bajaron por el río Tajo, cruzando las tierras de sus aliados los carpetanos, hasta el final de la sierra de Gredos, luego subieron por el puerto de Miravete hasta Aliseda, Cáceres, en las tierras de los lusitanos y llegaron hasta el río Guadiana, siguiendo río abajo hasta su desembocadura. Un poco antes visitaron las minas de Tharsis en Huelva y pudo ver con sus propios ojos la goethita, la forma del mineral de hierro de aquellas tierras. Veintiséis días tardaron en viajar, en total, hasta el océano, pero cuando llegaron se extasió con el espectáculo de su inmensidad y su luz. Allí su tío atendió algunos asuntos y rápidamente consiguió embarque para el día siguiente. La situación política en el sur de la península había cambiado radicalmente cuando los cartagineses (hijos naturales de los fenicios) y los etruscos, se dieron cuenta de que Tartessos comerciaba con los griegos y decidieron intervenir (batalla de Alalia o Alatia, año 535 a. C.). Por eso mismo Kaio le propuso que ocultara su ascendencia griega en todo momento a partir del embarque.
Tras un día de navegación calmada llegaron a las puertas de los canales que conducían a la ciudad. Altos y majestuosos edificios resplandecían bajo la luz del Atlántico, allá al fondo, sobre una isla de unos 25 km. cuadrados, con una torre vigía a su derecha de mas de 60 m. de altura. Apenas entramos en el primer canal el olor cambió, su agua era dulce con multitud de plantas exóticas exhalando perfumes desconocidos. Enseguida dos barcas nos pidieron la identificación y sobretodo el peaje, que Kaio pagó con plata traída desde las minas de Arbancón, en cuanto lo hizo nos escoltaron hasta el gran puerto de acceso a la ciudad. Cientos de barcos de todas las clases, grandes y pequeños se apiñaban en los muelles y un gran gentío alborotaba por las tiendas de todo tipo que abarrotaban el paseo marítimo.
Desembarcaron en el muelle número 5, pues cerca de allí estaba la oficina de su empresa y recorrieron un tramo de tiendas antes de coger un callejón que les adentró en una muralla revestida de cobre. Al otro lado las tiendas eran mas selectas, joyerías, librerías, tiendas de ropa, muebles, restaurantes, hoteles, ... Cruzaron uno de los muchos puentes y pasaron otra muralla revestida de estaño, allí se hallaban las oficinas comerciales, los ministerios, los teatros, los templos, ... Un cartel anunciaba su compañía naviera AREVANCÓN, en todos los idiomas conocidos de occidente. Les recibió un secretario que rápidamente les puso al día de las nuevas disposiciones en la ciudad y luego les alojó en sus aposentos.
La zona central de la isla era una elevación que poseía una muralla revestida de oricalco de unos 450 m. de longitud rodeada de estructuras que rematan en un edificio majestuoso: el palacio del rey, mandado reformar por Argantonio casi un siglo antes. Allí se encontraba también el teatro, opera real, o auditorio del rey, una gigantesca estructura de 360 m. por 180 m. de la que Kaio le hablaba maravillas. Le contó que una vez allí hizo de interprete ante una reunión de distintos mandatarios del Mediterráneo. También le habló de la necesidad de protocolos en los acuerdos, tanto comerciales, como políticos y la importancia de poner estos acuerdos por escrito. El Trato o Acuerdo arévaco sobre piedra, bronce, cobre o plomo, aquí se ejecutaba sobre simple papel. Una federación de reyes, a veces avenidos, gobernaba la península reconociendo siempre la superioridad de Tartessos (cuna de la civilización).
Antes de acostarse salieron a ver el atardecer majestuoso de aquella sorprendente e inigualable ciudad marítima. Estaba mirando el Sol rojizo del horizonte, cuando sintió como esa urbe le iba a cambiar la vida. Su tío leyendo el pensamiento le dijo: -Cuando seas rey necesitaras el saber que aquí se acumula, así que: !Busca, por que conseguirás!-. Giró la cabeza buscando y sus ojos se posaron en un letrero que decía: librería Atlántis. Era la librería mas antigua de la ciudad y se jactaba de poseer incluso parte de la biblioteca atlante. Una joven y atractiva librera de ojos verdes, salida como de un cuento de hadas o de sirenas, le puso un libro en las manos a la vez que de su iluminada cara brotó una sonrisa. Mientras Kaikoko leía su título "El iris y el Sol", la joven se puso a cantar:
Tu que vas a ser rey necesitas saber
como hacer para merecer el poder
y mantenerlo sin temor a perecer
a pesar de hacer y deshacer.
Sin miedo a perder
en el sol leer
aprender a ver
y a ser, reconocer.
¿Porque se empeñan en que sea rey si soy un simple herrero? se preguntaba entonces, sin conocer el secreto que iba a descubrir durante su estancia en esa ciudad.
Continuará
El alberto

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© Zalberto | enero - 2026