Guggenheim revisitado y comida de Datos para Raquel
miércoles, 18 de diciembre de 2024

Un día con el matiz diferenciador que propone la ausencia de la nena a la hora de comer y a las posteriores. Implica ello que no tengo que ocupar mi pensamiento en la organización del momento «comida»; auto alimentarme nunca ha sido un quebradero de cabeza para mí -le he dado un par de vueltas, buscando esas preparaciones que me agradan y que me sientan bien, y no he tardado mucho en dar con la tecla: unas setas y unos champiñones acompañando a una pasta integral es una combinación que no empacha y que es muy gustosa a mi paladar-, sencillamente busco aunar lo saludable, lo digestivo y lo sabroso; fácil.
Dado que el día se anuncia en las apepés «soleado y agradable » -mi confianza al respecto de esas predicciones es prácticamente nula-, me arriesgo y hago planes de paseo ribereño e incluyo visita al Guggenheim; en mi memoria flota una información bastante difusa e inconexa al respecto de las exposiciones actuales, pero tengo la esperanza de poder disfrutar, tanto de lo ya visto como de lo por ver.
Antes de salir a la intemperie del mundo he bajado al LIDL a comprar algunas cosas que comienzan a escasear en nuestra despensa; bolsas de 50L para la gestión del arenero del chaval; productos del mundo de la limpieza del hogar -pastillas 3 en 1 para el lavavajillas, limpiador en spray reforzado con lejía-; huevos de gallinas en libertad -qué mierda de ironía-; muchas latas de sardinillas en aceite de oliva y bajas en sal -me encantan, qué se le va a hacer-; dos botellas de vino de burdeos -curiosamente a unos precios muy asequibles- y una especie de litrona especial Navidad de la marca Dawn -pensando en vestirla de regalo para la Tata Esther-; ¿algo más que no recuerdo?, por supuesto que es posible... ¡¡¡setas y champiñones!!! para la comida de hoy -jeje-.
Aparco el carrito junto a la mesa de la cocina y lo primero lo primero es atender la curiosidad de Indi: una latita -uno de los olvidos- de paté de buey que le mola muchísimo. Se relame y se la trisca en un par de viajes; le adoro. Vacío el carrito y no me demoro en sutilezas innecesarias: en el mundo se me espera con ansia.
No se me pregunte porqué he cambiado de ruta de bajada al Casco Viejo en estos últimos días, obviando la opción de los ascensores de Solokoetxe y optando por la recién pavimentada calle Iturribide, con sus grafitis legales y sus aceras anchísimas, y su personal variopinto. Creo que recorrer las siete calles, tan concurridas en estas fechas, absorbe mi atención de una manera muy «absorbente» y me saca de mi mundo interior, algo que por lo que sea no deseo que ocurra en estos días tan de final de ciclo anual y tal y cual.
En el Arenal hay mucha actividad. Grupos dispersos de muchachos multiculturales instalan estructuras metálicas que se convertirán en puestos de venta de chismes navideños bajo el patrocinio del capital vasco -la BBK por supuesto lo financia todo; en realidad lo financiamos mi vecino y yo-. Llevo manga corta bajo la sudadera polar azul clarito -la última que compré en Decathlon- y en el macutillo chino con toques de color naranja llevo guantes y gorra, ambos «por si acaso». La banda sonora es la habitual en estos días, un poco de Danny & the Champions of the World, un poco de Relax Máximo, un poco de libre albedrío telemático; pero da igual: lo gozo porque es mío, mío mío.
He cruzado la ría por el puente de Deusto, que tiene la calzada en obras para implementar un carril bici que en Bilbao se usa más bien poco -ciudad con desniveles, caos callejeril y poca tradición pedalera-. La primera parada, antes incluso que deambular por el universo artístico, la hago en el Media Markt de Zubiarte, donde tengo intención de buscar varias cosas -cable HDMI de corta medida para la conexión entre mi portátil y mi monitor nuevos, cable extralargo para cargar el móvil de la nena, para cubrir la vacante dejada por el anterior que falló poco antes del último viaje a Tartessos, y un duplicador o triplicador de conexiones USB que me va a venir muy bien para conectar cualquier dispositivo al portátil, por estar los dos que tiene ocupados por teclado y ratón y tal y cual-. Y el vistazo a los precios y a las propuestas me indica sin mucho meditar que es muy preferible hacer esas compras a través de Amazon, tanto por precio -que es directamente la mitad o menos- como por opciones a elegir -en el Media hay poca cosa de todo eso-. Me largo a la calle cagando leches. Me largo al Museo...
No hay exposición nueva que me interese. En la planta 0 han dedicado las salas a un artista multimedia; el espíritu del día hace que esa muestra me resulte un aburrimiento; así que paso y subo a la segunda a volver a ver la expo de Hilma at Klint, que ya visité hace poco y que me dejó muy buen recuerdo. He tirado unas cuantas fotos y he observado a la humanidad silenciosa que a su vez observa las paredes blancas y los lienzos multicolores. Me he cansado muy rápido; me voy. En esta ocasión me he demorado un buen rato fisgando ante las vitrinas de la tienda del museo, y he decidido que le voy a regalar a mi amor alguna joyita de las que se muestran; hay cosas verdaderamente bonitas y Raquel es lo menos que merece - volveré un día de éstos, un día antes de partir hacia el Este-. Y salgo a la intemperie.
En manga corta, como un jovenzuelo, regreso hacia Santutxu caminando tranquilamente por Alameda Mazarredo. Hago visita de médico al Decathlon; quiero reponer mi kit de calcetines gruesos para llevar algo decente a Puigdalbert; pero no veo nada que me agrade y me largo. Antes de subir al barrio me tomo un respiro en la Plaza Nueva, en la terraza del bar del jamón, el que me gusta a mí. Una cañita y unos retoques de fotos; y un pitillo, por supuesto y por ¿desgracia?. Ascensores nuevos y ya estoy en casa. Raquel da los últimos retoques a su apariencia; la comida de Datos se hace en Deusto, en el Deustoarrak -madre mía, cuántos y cuán lejanos recuerdos-. Al rato se va y yo me dispongo a cocinar y comer. Unas horas de relax me susurran desde el futuro cercano...
En realidad me he limitado a estar tirado en la butaca viendo un documental en el 17, El Sistema Solar: Mundos Helados; una auténtica gozada. Al cabo de un par o tres de horas anochece; Indalecio despierta de su letargo y pide picar algo, lo lógico. Y hasta el regreso de Raquel me instalo en la butaca, manta en ristre y gato en el regazo, y libro de Nabokov dulcificando mis pensamientos con su prosa deliciosa y evocadora -qué bueno es el libro que me ha regalado Tachón, buenísimo-. Raquel regresa en perfectas condiciones; parece que se ha cansado antes de lo previsto y viene sin ganas de cenar -normal-; un yogur y nos acostamos a ver un par de capítulos de una serie danesa que comenzamos a ver ayer, una historia de inseminación artificial y banco de semen, bastante entretenida, en una onda totalmente diferente a «SILO» que no hemos podido rematar a falta de pocos capítulos que van a ir presentando viernes a viernes en las próximas semanas -qué lástima, así es fácil perder el hilo-. Raquel ingiere media Dormidina para asegurar un descanso profundo y seguro. Indalecio elige la butaca para sus primeras horas de descanso nocturno. Así se cierra la jornada, una de las buenas, una sin complicaciones ni sobresaltos.

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© Zalberto | enero - 2026