 Ya desde el amanecer sabemos, o sentimos, que va a ser un día especial; que porqué, pues porque vamos a vivirlo sumidos en el universo IKEA, pero a tope, con elementos de mucho volumen, precio e influencia en el entorno íntimo. De todo un poco. A eso de las diez y pico dan señales de vida los individuos que contrata IKEA para hacer los envíos a domicilio; españoles del Virreinato del Perú, obviamente. Nos traen el sofá nuevo y se han de llevar el viejo (ohhh, qué penita por Maite, que no hizo un esfuerzo por quedárselo -quizás se confió en exceso, esperando que yo me enterneciera e hiciera el supremo esfuerzo de llevárselo a Castro, cosa que no llegó a ocurrir-). Me han llamado por teléfono para comprobar si estábamos en casa y al cabo de un cuarto de hora se han presentado en casa con dos enormes cajas de cartón; durante ese cuarto de hora he aprovechado para desmontar el viejo sofá, prefiero hacerlo yo, que sé tratar los elementos con precaución, que dejarlo en manos de los currelas, que son descuidados y torpes -normalmente-. Pues eso, que se llevan el sofá viejo y me dejan el nuevo. Desembalamos las pocas piezas que componen el puzzle del sofá y, mientras Raquel se vuelve a sus tareas de empleada de Telefónica, yo me las apaño para montar el mueble. Me queda perfecto -no sin dejar huella en mi anatomía: pinchazo doloroso de grapa inesperada en meñique derecho, ay ay ay-. Y ya que el plan es ir a IKEA pasando de parar a hacer comida de mediodía, preparo una tortilla de patatas bien hermosa para llevar el expediente bien cubierto. Y en ese plan, repito. En IKEA. Tirando de carrito recorremos los pasillos y hacemos de las cosas que llevábamos en la cabeza. Elementos en color negro para colocar visillos: barra extensible, topes decorativos y escuadras regulables. Dos mesitas redondas metálicas, una negra y otra verde pálido -la negra, una vez en casa, nos defraudó y ahora espera en el pasillo para regresar por donde vino-. Dos platos blancos grandes. Una seta mini lámpara USB que le encandila a Raquel. Dos fundas de cojín de color marrón tranquilo, y sus correspondientes rellenos de pluma -que, también, una vez en casa se decidió devolver, ya que esa función la cumplen a la perfección los rellenos de los dos cojines que retiramos de uso y que tampoco les pasa nada-. Una planta decorativa y su correspondiente maceta -Dypsis Lutescens-. Con el coche bastante hasta los topes regresamos al barrio. Pasamos la tarde en modo "interiorista", disfrutando de las nuevas sensaciones que transmite el ambiente renovado y estilo, «de catálogo IKEA» como dice Raquel, y elucubrando otras posibilidades y/o añadidos. Entre otra cosas me pongo manos a la obra y coloco -un poco en plan provisional, ya que hay que rematar el tema de la masilla y el lijado, y la pintura general- las barras de cortina y los visillos que encargó la nena en Amazon, y que, una vez en su sitio, quedan genial; me encanta el estilo que los visillos crean en el salón. Justo estamos terminando lo de los visillos y llegan Txetxu y Rebeca a llevarse la mesa de la sala, la de 70x50 y su cristal, ésa a la que reemplazan las mesitas metálicas redondas. Era un tema pendiente, desde cuando me la Rebe me mensajeó para que se la bajara al coche y tal y cual; y pudieron comprobar que no era broma que la mesa pesaba lo suyo y que para manejarla una sola persona resultaba un auténtico incordio; en fin. Así que cenamos no recuerdo qué y dimos por terminado el día repantigados en la cama viendo alguna serie de las de disfrute nocturno.
Nota circulatoria.-
Atasco monumental en la A-8: un camión averiado en mitad de la calzada a escasos metros del desvío para acceder al MegaPark. |