:format(jpg)/f.elconfidencial.com%2Foriginal%2F72c%2F584%2F3af%2F72c5843af9535615a64deea4479be502.jpg) Zaytún, la increíble metrópoli en los confines del mundo donde comenzó la globalización
Adelantamos un capítulo de '1493. Cómo el descubrimiento de América transformó el mundo', centrado en la historia de la ciudad china que fue el centro del comercio de la plata ¿Por qué Fujian y no cualquier otro lugar de China llegó a ser el centro del comercio de la plata? Una respuesta es que era la región de China con más experiencia en el intercambio a través del océano. La muy cantada ciudad de Zaytún, una bahía al norte de Yuegang, era el punto final oriental de la ruta de la seda marítima. Zaytún, una metrópoli brillante y congestionada, ocupa un sitio clave en lo que podríamos llamar un primer intento de globalización, un sistema de intercambio a través de Eurasia que llegó a su apogeo en el siglo xiv. Había una ruta de comercio que iba por tierra, cruzando la China occidental hacia el Oriente Medio y el mar Negro antes de llegar, pasando, a través de muchos intermediarios, al Mediterráneo.
La otra iba por mar, tocando Indochina y la India antes de subir por el mar Rojo; también terminaba en el Mediterráneo. La ruta terrestre predominó hasta que el Imperio mogol empezó a desintegrarse violentamente y la ruta marítima pasó a ser más segura. De los muelles de Zaytún zarpaban juncos chinos cargados de seda y porcelana hasta quedar muy bajos en el agua; a ellos llegaban juncos chinos cargados, según el muy impresionado Marco Polo, de "ricas cantidades de joyas y perlas, de cuya venta obtienen beneficios muy considerables". Las descripciones del comercio fujianés de Marco Polo se concentran obsesivamente en los bienes suntuarios asiáticos —piedras preciosas, seda, porcelana, especias— que fascinaban a los europeos. Sin embargo, de hecho, la mayor parte de las ganancias de los comerciantes fujianeses provenía de artículos que Polo habría considerado mundanos, como cobre y hierro en bruto, que templos de toda el Asia sudoriental necesitaban para hacer objetos rituales. Zaytún era un emporio para todo servicio, no una boutique.
Zaytún, una metrópoli brillante y congestionada, ocupa un sitio clave en lo que podríamos llamar un primer intento de globalización
La ciudad estaba rodeada por un muro de casi ocho metros de altura, recubierto de ladrillo y baldosas de cerámica vidriada. Fuera de ese muro, la prosperidad comercial pagó enormes proyectos de drenaje de pantanos, una red de canales de irrigación e hidrovías para impedir que el sedimento arrastrado por el río Jin taponara el puerto. Dentro del muro, a la sombra de los árboles de garra de tigre que se alineaban a lo largo de las calles, andaban personas de muchas etnias diferentes: malayos, persas, indios, vietnamitas y hasta algunos europeos, cada grupo con su propio barrio. Hacia el cielo de Zaytún, cubierto de humo de carbón, se alzaban siete grandes mezquitas, tres iglesias (ortodoxa, oriental y nestoriana), una catedral (católica romana) e innumerables instituciones budistas: un visitante afirma que un solo monasterio tenía tres mil monjes. El viajero marroquí Ibn Battuta, que la visitó en la década de 1340, se admiró al ver las decenas de juncos enormes fondeados en el puerto; alrededor de ellos, dice, se apiñaban "incontables" embarcaciones pequeñas, comprando y vendiendo.
Sobre ese puerto, Ibn Battuta dice: "Es uno de los más grandes del mundo, pero me equivoco, es el más grande". No estaba exagerando, creando una buena historia; Zaytún, con varios centenares de miles de habitantes amontonados en el litoral detrás de las colinas, era una de las ciudades más ricas y populosas del planeta. No es nada sorprendente que las descripciones de Marco Polo hayan inspirado a personas como Colón el sueño de ir allí. Después de que la dinastía Song cayera ante la invasión mongola en la década de 1270, los últimos rescoldos de resistencia ardían en Fujian, donde un movimiento de oposición coronó emperador a un príncipe Song. Los mongoles atacaron pronto con gran fuerza, y el príncipe Song, con cortesanos y tropas, se refugió en Zaytún.
No es nada sorprendente que las descripciones de Marco Polo hayan inspirado a personas como Colón el sueño de ir allí
Un mercader árabe musulmán con muy buenas conexiones, llamado Pu Shougeng, era desde mucho antes superintendente de las embarcaciones comerciales en ese puerto, por lo que tanto la flota como la milicia locales estaban a su cargo. El príncipe Song le pidió el control de los cientos de barcos de Zaytún: una flota instantánea cuyo control por parte del príncipe habría representado una amenaza para los mongoles, que no tenían naves. Un general mongol envió emisarios a Pu, pidiéndole que no apoyara al emperador Song. Pu consultó a estudiosos y terratenientes locales y a otras familias mercantes extranjeras, y en 1276 entregó Zaytún con todas sus naves a los mongoles. Para sellar el trato ordenó asesinar a varios miembros de la familia del príncipe, que vivían en la ciudad. Irritadas, las fuerzas Song, que estaban acampando fuera de la ciudad, asediaron Zaytún durante tres meses antes de huir ante el avance de los mongoles.
Los mongoles —que ahora habían formado la dinastía Yuan— recompensaron generosamente a los conspiradores, dando el control efectivo del puerto a la familia Pu y sus aliados en las familias mercantes musulmanas. La minoría musulmana de Zaytún llegó a ser tan poderosa que algunos fujianeses se convirtieron al islam, lo que les permitía registrarse como extranjeros y disfrutar de los privilegios concedidos a los extranjeros. Finalmente, la mayoría de los cargos del Gobierno en todo Fujian quedaron ocupados por chinos conversos. Como cabe suponer, el islam que practicaban esos advenedizos era algo bastante alejado de la fe pura de Arabia. En lugar de hacer la peregrinación a la lejana La Meca, los creyentes fujianeses viajaban a los cerros cercanos a la ciudad para dar siete vueltas alrededor de las tumbas de dos antiguos misioneros sufís. Otros adoptaron la costumbre china de venerar las tumbas de los antepasados. Muy pocos aprendieron los preceptos del Corán: no hubo una traducción completa del texto al chino hasta 1927.
Los imanes fujianeses, que en su mayoría no hablaban árabe, memorizaban el texto original y lo declamaban fonéticamente en las mezquitas, ante públicos que no entendían una palabra. Sin embargo, en un sentido esa remota avanzada del islam preservó fielmente la tradición: las familias musulmanas de Zaytún, tanto las viejas como las nuevas, estaban divididas en sectas beligerantes: chiitas, sunitas y sufís. Cada facción dominaba una parte del Gobierno y una parte del puerto y tenía su propia milicia. El linaje de Pu y sus asociados, que aparentemente eran sunitas, gozaban del favor de los mongoles y, por lo tanto, de la mayoría del poder político. Sin embargo, la masa de la población extranjera de Zaytún era persa y, por lo tanto, chiita. Los chiitas tenían la milicia más grande, suficiente para impedir que los sunitas los pisotearan. (No se sabe mucho sobre los sufís de Fujian).
Ese equilibrio del poder se mantuvo hasta la década de 1350, cuando campesinos de todo el país se sublevaron contra los amos mongoles. Finalmente, una de esas rebeliones derrocaría a los Yuan y establecería la dinastía Ming. Para proteger Fujian de las rebeliones, el emperador Yuan autorizó a los mercaderes de Zaytún que aumentaran sus propias milicias privadas mediante el reclutamiento y entrenamiento de millares de soldados musulmanes extranjeros (quizás extranjeros debería ir entre comillas, pues muchos no provenían del Oriente Medio, sino que eran chinos conversos). En 1357 el emperador pidió a dos líderes de milicias sunitas que reprimieran una insurrección de chinos alrededor de Zaytún. Al año siguiente derrotaron rebeliones en Xinghua y Fuzhou, dos puertos nuevos al norte. Sin embargo, los Yuan no quedaron del todo satisfechos: dominados por su entusiasmo, una milicia sunita siguió saqueando Xinghua durante varios días; la otra ocupó Fuzhou y lo convirtió en una satrapía privada. El líder de la primera fue asesinado por un sunita rival, un aliado de la familia Pu que era superintendente de asuntos marítimos de Zaytún. El segundo fue ejecutado por los Yuan, que no apreciaban el comportamiento demasiado independiente en sus servidores.
Proclamando su lealtad a los mongoles, el aliado de los Pu se puso a la cabeza de la milicia del muerto y la usó para reprimir rebeliones campesinas. Pero también aprovechó el caos para convertir Zaytún en un feudo independiente y "exterminar" a los chiitas que quedaban (el verbo proviene del relato de una gaceta oficial de la ciudad). Tras tres años de conflictos esporádicos, los comandantes Yuan del lugar se aliaron con las milicias chiitas que antes habían combatido, persuadieron a uno de los pocos chiitas sobrevivientes en Zaytún de que abriera las puertas en secreto y acabaron con los sunitas.
A continuación los comandantes triunfadores se pasaron al lado de los Ming, que estaban llegando. Era demasiado tarde para salvar Zaytún. Años de conflicto habían reducido a escombros seis de las siete grandes mezquitas de la ciudad. (Supuestamente, árabes ricos están por restaurar el edificio superviviente, que ahora es un parque, para darle su antiguo esplendor). La mayor parte de la población extranjera había muerto. Los supervivientes huyeron a las montañas, se hicieron agricultores y dejaron de identificarse como musulmanes. Los Ming no quisieron restaurar una ciudad que, a su manera, había sido un centro de sentimiento pro-Yuan: permitieron que sus hidrovías se arruinaran y que el puerto se llenara de cieno. El comercio exterior no se reanudó abiertamente hasta dos siglos más tarde, y el centro de su resurrección no fue Zaytún, sino Yuegang, el puerto al sur.
Sin embargo, eso no impidió que muchas de las antiguas familias comerciantes de Zaytún abandonaran las montañas para participar en el nacimiento de la globalización. Por lo tanto, muchos de los comerciantes chinos que llenaban los juncos en Yuegang eran descendientes de familias que habían prosperado con aquel primer intento de globalización. Estaban haciendo el trabajo de los siglos. Eran agentes de la interminable búsqueda de la humanidad por unir a sus miembros más remotos en un solo ovillo, un viaje cuyo término los viajeros rara vez han sido capaces de anticipar.
Sobre el autor y el libro La llegada de Cristóbal Colón a América marcó el fin de un aislamiento biológico de millones de años. Aunque su objetivo era establecer comercio con China, terminó desencadenando una convulsión ecológica sin precedentes. Los barcos europeos transportaron miles de especies a nuevos continentes, alterando para siempre la vida y los paisajes en todo el planeta. Pero más allá de los cultivos, también viajaron lombrices, mosquitos, cucarachas, abejas, bacterias, hongos, virus y ratas, transformando ecosistemas y sociedades de forma irreversible. Ocho décadas después, el español Miguel López de Legazpi logró lo que Colón no pudo: establecer un comercio continuo con China, el país más rico y poderoso de la época. En 1571 fundó Manila, donde la plata americana, extraída por esclavos africanos e indígenas, se intercambiaba por seda asiática para los europeos, naciendo así la globalización económica. Si Colón transformó el mundo biológicamente, Legazpi y el imperio español lo hicieron económicamente. De eso trata 1493: Una nueva historia del mundo después de Colón (Capitán Swing) el nuevo ensayo de Charles C. Mann, escritor y periodista estadounidense especializado en temas históricos y científicos. Se trata de la continuación de su anterior libro, el aclamado 1491: Una nueva historia de las Américas antes de Colón.
|