 Lo del cumple de Rubén y unas pocas cosas más. He ido a primera hora, a las 8:30, al ambulatorio de Sani para la extracción de sangre, llevando de cosecha propia una probeta con orina de calidad. La muchacha enfermera ha tenido dificultades para encontrar una vena en el brazo y ha optado por pinchar en la mano, en la derecha. Antes de pasar por ese trago he ido a casa a llevarle a Tachón el libro biografía de la hermana de Nietzsche o como se diga. Al salir del ambulatorio he ido caminando hasta Deusto para coger allí el metro. En casa de nuevo he agarrado el carrito y me he puesto en modo amo de casa: pase por el Eroski a comprar arena para el arenero de Indi, y pase por el BM a comprar un pollo, jamón y queso, leche, aceite, calabacines, patatas, almendras y pulpa de tomate. De vuelta a casa he atendido un ratito a Indi y me he tirado un buen rato en la cama para descansar mi cicatrización que aún duele. Sobre las 12 me he puesto el delantal y he guisado pollo con verduras y patatas, guiso que a esta hora (14:14) está esperando en la olla (Raquel no descansa y estamos a la expensa de que encuentre un hueco y se siente a la mesa, pero sin más, yo no tengo prisa. Al día de hoy le falta todavía un punto por completar: a las 18:30 tengo cita en la planta 1ª en el ambulatorio de Sani, otra vez, para electrocardiograma. Una hora que no me mola nada, pero es lo que hay, esas movidas las hacen por las tardes. [1 Mayo 2025 18:00] He viajado en el metro hasta la estación de Sarriko, he caminado buscando la sombra de los edificios de la avenida hasta girar a la izquierda para llegar a la entrada del Ambulatorio. Mi consulta está en el 1º piso, es la 113. Es curioso pero no la encuentro entre las consultas del pasillo de la derecha ni en los de la izquierda y me veo impelido a buscar ayuda; un enfermero que pasa por allí me orienta: «la puerta justo frente al ascensor». Joder, qué casualidad, la 113 está en el descansillo y ni tan siquiera tiene dónde esperar sentado, así que me acomodo en las escaleras y mato el tiempo leyendo las últimas entradas que he guardado en mi web, una referida a un libro biografía de la hermana de Nietzsche, el que he regalado a Tachón, y otra a otro libro, éste de Ray Loriga, un tipo que va de David Lynch a la española, que cubre un ojo con un parche de pirata y que escribe en modo "enigmático"; así paso el rato. Poco a poco van llegando otros pacientes clientes. Pasadas las seis y media asoma por la puerta una enfermera y nos informa que podemos sentarnos en una de las salas de espera del pasillo de la derecha y que estemos tranquilos que ella nos irá llamando por orden de cita; para la sala de espera que nos vamos todos, y yo me apalanco pensando que ojalá sea yo el primero de la lista, más que nada por ver la cara estreñida de la "juventud" que comparte conmigo la espera. Por la sala de espera asoma la enfermera demorada y pronuncia mi dulce nombre de pila, "¿Alberto?", "voy" le respondo y me levanto con una sonrisa en el rostro, disfrutando a tope de esos pequeños placeres que nos concede la monotonía de la vida real. En la consulta. Me pide la enfermera que me quede desnudo de cintura par arriba y que me tienda en la camilla; me conozco el protocolo a la perfección. Me coloca las ventosas y demás sensores y procede con el registro cardíaco. Para su desgracia tiene que repetir un par de veces la prueba porque, no sé si esto se sabe, no se debe ni se puede hablar y/o mover la cabeza mientras la prueba está en ejecución; pero qué más da, se repite y punto. Aquello dura lo justo. "Ya está, puedes vestirte", me dice, "y largarte, pesao", añade pensando; jajaja. Salgo, planeo regresar caminando, pero me molesta la zona operada y hace calor. Caigo en la cuenta de que tengo la opción de ir al barrio en autobús, en el 13, que justo tiene su parada original en la avenida, junto a la boca del metro. Y para allí que me voy. Consulto la moderna pantalla que muestra el tiempo que falta para la salida de las varias líneas que parten desde ahí; al 13 le quedan 5 minutos, guay. Me siento y espero. Al poco el conductor baja y abre la puerta para dar acceso al interior. Somos cuatro monos y me doy el gusto de elegir un buen asiento junto a la puesta central y a la vera de la ventana. Justo me siento y ya arranca, me da la impresión de que el tipo tiene prisa, irá con retraso, yo qué sé. El 13 tarda una eternidad en recorrer su itinerario, atraviesa Sani, Deusto, el puente de Deusto, por Aguirre accede a la Gran Vía, gira a la derecha y circunvala la Plaza Elíptica, en la tercera salida en fila hacia el puente de La Salve recorriendo la Alameda de Recalde y ya todo seguido hasta donde yo me bajo, justo frente al Hotel Avenida, nada más atravesar los túneles de Begoña. Me bajo con ganas de bajarme ya y tomo la bajada de Zabalbide en dirección a casa. Al pasar delante del escaparate de la herboristería que hay ahí cerca recuerdo que estoy en fase de comprar regaliz de palo y que ya he hecho un par de intentos infructuosos; entro. La muchacha cincuentañera me dice que tiene, olalá qué sorpresa. Saca un frasco de cristal de una de las estanterías inferiores y me enseña un manojo de palos de regaliz y me pide que elija. Cojo uno gordo y la mujer se ríe, "¿qué pasa, mala elección?" me sale así y ella vuelve a reírse y me dice que ella prefiere los más finos. Sin dudarlo dejo el que había escogido y cojo otro más delgado, con la sensación de haber hecho bien al hacer caso a una profesional (sic). El palito me cuesta 30 céntimos; una bagatela, en un primer pensamiento, pero en un segundo pensar ya no me parece tanto regalo, sino lo correcto. Salgo de allí chuperreteando mi palo de regaliz, más ufano que la leche. Y me voy para casa con la idea de no hacer más pausas, con ganas de cambiarme de ropa y descansar. Ya en casa, ya vestido de mendigo, recuerdo que había quedado con Mikel en llamar sobre esa hora para hacer una videollamada para felicitar a Rubén en su onceavo cumpleaños. Me visto con una camiseta más digna, le comento la circunstancia a Raquel y llamo. La pandilla está en casa. Marta y los peques acaban de regresar de unos días de convivencias y se les nota mucho la sonrisa de quien se puesto cómodo en su casa y con sus cosas. Están tan majetes como siempre; Marta y Mikel también tienen buena cara, qué bien. Unos minutos de charla amorosa y ya, damos por cumplida la misión de la felicitación. Ahora me toca preparar algo de cenar. Raquel lleva todo el día trabajando, tiene incidencias para dar y tomar. Pobre mujer, aunque hay que reconocer que estas situaciones le motivan y le suben la autoestima (se le nota mucho). Yo a lo mío: a preparar la cena, que a la chavala lo de comer le resulta siempre reparador. Tortilla de calabacín y cebolleta. Y es terminar la cena y derechitos a la cama a descansar y seguir viendo la serie polaca, "Proyecto OVNI", o OSNI, como dice uno de los protagonistas, OSNI: Objeto Sumergible No Identificado; jajaja. Un día con su movida sanitaria. Un día que se proyecta hasta el martes que viene que tendré que ir a la consulta de Leticia a que me cuente cómo han salido los resultados de las pruebas; tengo una intríngulis de la hostia; ya veremos, en fin. |