El largo adiós - Notas
1 comentario viernes, 02 de mayo de 2025

Capítulo XXIV
La muchachita se volvió hacia mí: -¿Le interesa el comunismo? -me preguntó. Tenía los ojos vidriosos y se pasó la lengua por los labios como buscando un trocito de chocolate-. Creo que todos deberían interesarse -prosiguió-. Pero cuando uno se lo pregunta a cualquiera de los hombres que están aquí, lo único que piensan es en manosearla a una.

Capítulo XXXVIII
Me sentía tan hueco y vacío como los espacios entre las estrellas. Cuando llegué a casa me preparé un trago bien fuerte, me paré al lado de la ventana abierta y lo fui tomando a sorbos, mientras escuchaba la oleada del tránsito del boulevard Laurel Canyon y contemplaba el resplandor de la gran ciudad inquieta, recostada en las colinas a través de las cuales había sido construido el boulevard. Muy lejos, el lamento ululante de los coches policiales o las sirenas de los bomberos se elevaban o decrecían, pero nunca quedaban completamente silenciosos por largo tiempo. Durante las veinticuatro horas del día hay alguien que corre y algún otro que trata de atraparlo. Ahí afuera, en la noche de miles de crímenes, la gente estaba muriendo o quedaba mutilada o herida o aplastada por las pesadas ruedas de los coches o con el volante de dirección incrustado en el pecho. La gente era golpeada, robada, estrangulada, violada y asesinada. La gente se sentía hambrienta, enferma, aburrida, desesperada en su soledad o por el remordimiento o el miedo, enojada, cruel, afiebrada, estremecida por sollozos. Una ciudad no peor que las otras, una ciudad rica, vigorosa y llena de orgullo, una ciudad perdida, golpeada y llena de vacuidad.

Capítulo LXVIII
Me di vuelta y vi a un mexicano grandote, de aspecto sórdido y desagradable, que estaba al lado de la puerta. El tipo me estaba vigilando. Dejó caer a un costado la pistola cuarenta y cinco que tenía en la mano. Usaba bigote y tenía el pelo abundante, negro y lustroso, peinado hacia arriba. Tirado hacia atrás tenía puesto un sombrero sucio, sujeto por debajo del mentón con dos largas tiras de cuero que colgaban medio sueltas sobre la camisa que olía a sudor. No hay nada más tosco que un mexicano tosco, del mismo modo que no hay nada más suave que un mexicano suave, nada más honesto que un mexicano honesto, y, sobre todo, nada más triste que un mexicano triste. Aquel hombre era uno de los bravos. No los hay más bravos en ninguna parte.

Capítulo L
- Eres un canalla autosatisfecho; orgulloso, con mucha confianza en ti mismo e intocable. Dame más champaña.
- En cambio en esta forma me recordarás.
- También presumido. Una montaña de presunción. Ligeramente magullado en aquel momento. ¿Crees que te recordaré? Cualquiera sea el número de hombres con quienes me haya casado o acostado, ¿crees que te recordaré? ¿Por qué tendría que ser así?
- Lo lamento, sobrestimé mi caso. Te traeré el champaña.
- ¿No somos dulces y razonables? -dijo en tono sarcástico-. Soy una mujer rica, querido, y seré infinitamente más rica. Podría comprarte el mundo si valiera la pena comprarlo. ¿Qué tienes ahora? Una casa vacía a la que vuelves todos los días, sin que te espere ni siquiera un perro o un gato, una pequeña oficina encerrada en la que te sientas y esperas. Aunque me divorciara de ti, nunca te dejaría volver a eso.

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comentarios
1alberto 
04/05/2025 20:30:15
Esta tarde he terminado de leer esta novela.
He disfrutado mucho.

© Zalberto | enero - 2026