 He madrugado más de lo habitual, que ya suele ser bastante madrugar. Raquel ha pasado una noche inquieta y cuando me he levantado a mear, sobre las seis menos cuarto, me la encuentro tumbada en el sofá, cubierta con una manta y dormida como un tronco; y la televisión programando, por supuesto, una película truño. Le he despertado con toda la suavidad que he sido capaz de sacar de mí y usando ese cariño le ha llevado en volandas a la cama para que terminara su vigilia confortablemente embutida entre las sábanas; para completar el cuadro de su descanso me ha parecido oportuno irme de allí y dejarle a sus anchas. He ahí las razones por las que ya antes de las seis se me ha podido ver y escuchar tecleando y ratoneando, con una taza de café con leche asqueroso a mi vera izquierda. Hay que ver qué manía le estoy cogiendo a esa bebida tan popular, ag, café con leche, hasta el aroma que uno se encuentra en las primeras horas de la mañana en casi todas las calles me da repelús, me produce arcadas, vamos que me da asquito. Raquel se ha levantado al poco rato y se ha ido a su "punto de engorde", que diría Coupland en Microsiervos, a seguir con sus incidencias de Energía y de OLT y todo eso. Yo a lo mío y media hora antes de que abrieran los supers me he duchado y puesto guapo para poner al día el inventario imaginario de nuestro frigorífico particular. Son las 9 y poco pico cuando desfilo con soltura por los pasillos del BM con el objetivo de comprar elementos básicos, tales como leche, lechuga, jamón Basatxerri y queso fresco de Santi, sal fina, fresas y punto. Antes de subir a casa a vaciar el carrito he parado un momento en donde Eguskiñe para comprar huevos, cebollas y aguacates. Y entonces sí, entonces he subido a vaciar el carrito, y con él despejado he vuelto a la calle, con la intención de acudir a las cosas endémicas del LIDL: los yogures, las cebolletas, los plátanos, las latas de bonito y sardinillas, el brandy de Jerez, las zanahorias y los puerros, los canónigos; y en el revuelo de las cajas que abren y cierran he ido cambiando de filas hasta que el azar me ha situado en la caja atendida por la blanca palidez que resplandece en un sitio tan prosaico y de un modo tan inesperado. Con el carrito a rebosar he subido a casa a organizar todo el percal. Al terminar el vaciado he recordado que tenía pendiente comprar pasta dentífrica en farmacia, de la marca Bexident, que no la venden en tiendas normales; así que he vuelto a bajar, tan feliz y contento; 9€ me ha costado la puta pasta de farmacia, que digo yo que qué tendrá que no tengan otras también muy afamadas, como las Oral-B; no sé. Y con todo bien organizado me he concedido una tregua para disfrutar de un buen rato de lectura plácida, para lo que he sacado del trastero una de las dos sillas plegables que nos gustan tanto y que son tan adecuadas para estar leyendo, por ejemplo. Y ahí he estado, sumergido en el universo de Philip Marlowe, hasta eso de las doce que me he puesto con la comida. Hoy ha tocado embadurnar una pechuga de pollo con mostaza, pimentón dulce, cebolla en polvo, ajo en polvo, chipotle y sal, para más tarde hornearla durante casi treinta minutos en la Air Fryer; de acompañamiento he repetido ensalada verde a base de lechuga, rúcula, canónigos y cebolleta, aliñada con mostaza, vinagre, pepinillos y aceite y sal. Todo eso se ha comido a eso de las dos y pico, en un intervalo de liberación de la nena por el que he tenido que porfiar duramente. Luego, una tarde de lectura y música para leer. |