 {domingo 25 19.23} Me va requerir esfuerzo mantener actualizada mi bitácora, y más si mi deseo es que las entradas sean prolijas en detalles -en caracteres quiero decir-. La clave del éxito reside en la constancia y, ante todo disponer de una calidad superior de memoria, algo que no es mi fuerte; pero pongo toda mi fe en el universo y en sus misterios insondables. Usaré el recurso del presente de indicativo en primera persona de singular, nada de juegos y floripondios estilísticos, nada de eso, prefiero ir al grano. Este viernes viene cargado de emociones, pero ligero de apremios. El equipaje ya está instalado en la parte trasera del coche. Hubo que habilitar ayer todo el espacio del que es capaz de despejar el Lodgy, hubo que tumbar los asientos y acomodar los trastos con esmero. El coche acogió un surtido muy variado de elementos; mesa plegable Decathlon, sillas plegables descoloridas pero insuperables; caja de las pesas, repleta de un poco de todo; bolsas y mochilas con de todo; almohadas, sábanas, mantitas y sobrecolchón; la guitarra azul y la mochila verde abarrotada de chismes electrónicos; el neceser rojo con las cosas del baño; ropa a porrillo, zapatos y sandalias, y la maleta nueva negra que bajará con nosotros en el apeadero de Aranjuez, en el Hotel Echo 3 estrellas. Otra emoción, la más intensa si cabe, es la cita en el Hospital de Basurto con los cirujanos que operaron mi hernia allá por el 9 de Abril. La cita es a las 10:45 y allí me presento, pero casi media hora antes. He ido caminando desde casa, primero buscando el sol y al rato la sombra, elegantemente vestido con mis pantalones Lefties y mi camiseta Primark XS. He subido a la planta 3ª, a la consulta 302. Cuando voy recorriendo los pasillos buscando el 302 me he dado de morros con Ana Revuelta; qué cosas. La muchacha salía ya de su consulta, no me ha contado de qué iba lo suyo, únicamente me ha comentado que tendrá que volver al cabo de un año ya que no le querían operar hasta que no bajara de peso -esta chica siempre anda con la misma tontería, algo sencillo de atacar y vencer; pero, por lo que se ve, no para ella- y no me ha dado más explicaciones ni yo se las he pedido, a veces es mejor no saber pues todo fluye por senderos inesperados. Una enfermera se asoma por el quicio de la puerta de la 302 y al verme me dice "¿tú eres...?", "Alberto Zubizarreta" le respondo. Hace un gesto afirmativo y otro de espera; todo va genial. Unos segundos después se vuelve a asomar y me indica que ya puedo pasar. En la pequeña consulta me esperan cinco personas, un varón y cuatro hembras, el varón está sentado ante la mesa de escritorio y dirige la conversación. Bueno, el caso es que me he tumbado en la camilla, una médico muy joven me ha palpado la zona crítica, me ha solicitado que tosa varias veces y ha concluido que todo está en perfecto estado, que la crisis ya se puede dar por completamente superada y que no va a ser necesario que vuelva a visitarles, y el jefe masculino asevera lo dicho y lo confirma; le he consultado dudas relacionadas con las actividades físicas que pudieran ser mejor evitar y me explicado que excepto practicar halterofilia el resto estaban permitidas; una pequeña limitación lo del levantamiento de peso pero asumible. Y adiós. He salido a la calle más ligero de lo que había entrado y he emprendido el regreso al barrio también caminando. Gran Vía, orilla de la ría, Campo Volantín, ascensores de Solokoetxe y casa, a esperar a que Raquel diera el pistoletazo de salida, cuando sus ocupaciones de Coordinadora se lo permitiera. Sobre la una la nena ha cerrado el PC: nos vamos. Entre una cosa y otra son más de y media la una cuando sentados en el Lodgy enfilamos la AP-68 con destino Aranjuez. Del tirón circulamos hasta la parada a mitad de camino, en Santo Tomé del Puerto. Gasolina y piscolabis en el Hotel Mirasierra; Raquel pepito de ternera y yo pincho de tortilla, Raquel caña de cerveza y yo CocaCola Zero. Vuelta a la carretera. Por la A-1, por la M-50 y por la R-4 llegamos a Aranjuez. El hotel Equo esté enfrente de la Plaza de Toros, muy bien ubicado, y tiene parking propio, amplio y cómodo de estacionar. Nuestra habitación es la 311; nunca queja, muy sencilla y muy amplia, con sus dos terracitas estupendas, con su cama enorme, con un baño grande y luminoso; el hotel es sencillo y perfecto para pernoctar en la ciudad real. Ya vestidos para la ocasión -la ocasión requiere ropa fresca pues en Aranjuez luce el sol y la temperatura en tirando a veraniega- salimos a dar una vuelta y hacer tiempo hasta la hora de cena; tenemos reserva en el restaurante Aguatinta a las ocho y media. En Aranjuez están de feria y para allá que nos vamos a echar un ojo; hay barracas a tope; pero es pronto y apenas hay gente, aún así echamos un chato aragonés -hay testimonio gráfico-. Como la feria tiene poco que contar nos vamos de la misma con la idea de echar una cerveza gorda en el Matilde, cosa que hacemos, con guarnición de palomitas. Y a cenar. En el aguatinta todo tiene buena, muy buena, pinta. El menú lo llevábamos pensado de casa: lubina a la sal para dos y algo para ir picando mientras se cocina el pez; el algo es tomate aliñado; y un vinito blanco para serenar el espíritu. La lubina llega puntual, el camarero, experto en esas lides, prepara los platos sirviendo unas estupendas raciones de lomos limpios; una gozada y un acierto. Salimos encantados y aún nos tomamos alguna caña más -en ese lapso Raquel se enfada conmigo por discutirle en una conversación insulsa en temas sociopolíticos, en fin, que mejor me lo hubiera ahorrado y no haberla disgustado, pero así soy yo de gilipollas-; me pasé la noche y la mañana siguiente ronroneándole para que me perdonara y no me dejara; ayyy. Que ya estamos de vacaciones y que todo se puede mejorar; excepto la bobada de Haití el resto del día ha ido muy bien, cansado de conducir y con ganas de llegara a Órgiva. |