 Raquel aprovecha un rato de silencio en el subsistema de multiconferencias para darse el gusto de ir al pueblo caminando, con destino en la tienda de verduras, la que nos mola. Ha sido quedarme solito y respirar hondo: voy a encender el altavoz grande y poner musiquita guapa para que me acompañe mientras me hago mi ratito de largos a braza en la piscina. Ayer, en el último baño del día, antes de salir a golfear, me forcé a llegar a los 30 largos de piscina, con la intención de ir aumentando la cifra a medida que vayan transcurriendo los días; esta mañana he hecho 32 y, aunque me ha costado más o menos como ayer, lo he logrado sin sentir que me hallara al borde de una muerte súbita; sin más. A continuación he pasado a otra cosa más prosaica: me he afeitado una barba que había irrumpido desde el día de salida de Bilbao, desde el viernes, y que ya me mostraba en el espejo a un madurito acercándose a la tercera división. Justo reaparece Raquel cuando estoy poniendo orden en la cocina, ya vestido de alpujarreño, esperando para subir al coche y salir pitando a comprar movidas en el Consum; he reestrenado mi macutito de lona color verde militar, ése que lleva conmigo ni sé. Compras en el Consum: solomillo cerdo, jamón asado, butifarra catalana, verduras (tomatitos, patatitas, peras), 6 de agua con gas, barra de helado y barquillos, 4 yogures de cabra, 2 latas de anchoas, bolsa de 3 panecillos de centeno. Y sin más historias regreso al cortijo. Justo estamos ordenando la compra, metiendo mano al paquete de embutidos y probando el pan, cuando una voz proveniente de fuera nos hace dar un respingo: es José Antonio que viene a charlar. Le he entrado yo primero para comentarle lo de mover los tiempos de arranque del sistema de autolimpieza de la piscina, por aquello de que tiene un arranque a las 7:45 que justo coincide con el período de clase con Maite, y nos hace hablar a voces; me dice que lo ajuste yo, le digo que vale, pero que lo mismo la lío; veremos. Terminado ese asunto sacamos el tema de los aguacates. Me cuenta con pelos y señales las dos veces que el Chispas le ha entrado en Los Cortijuelos a robarle aguacates. Menuda película. La segunda vez cuando intentó pillar in fraganti al caco y ni con la ayuda de la Benemérita pudieron echarle el guante, se les escabulló oculto en las sombras de la noche. Uno de los números, el de su más confianza, le sugiere que compre unas dosis de droga bien adulterada y que se las haga llegar... señor, qué ocurrencia, y peor viniendo de quien viene, jajaja; menos mal que José Antonio es un hombre sensato. Y él ha continuado con sus cosas y yo me he puesto a las mías. He doblado el espinado para acceder al garito de bajo la piscina, donde está el sistema de filtrado etcétera. Dos intenciones: la primera, la pactada, tocar la rueda de los tiempos de ON/OFF de la bomba de filtrado, para retrasar la hora más allá de la clase de gimnasia, y lo he hecho no sé si bien o si no tan bien; y segunda rebuscar entre los trastos que hay por allí para ver de encontrar una teja para mi proyecto de comedero bebedero para aves de pequeño porte, y una he cogido -hay foto-. La teja la he colocado encima de la mesa del jardín, para evitar a las hormigas y otros insectos variados. Hasta el momento no ha aparecido ningún pajarillo, que yo sepa pues no estoy todo el rato mirando, como puede suponerse. Tras tantos quehaceres me ha llegado el tiempo que dedicar a teclear en mi PC, tranquilamente instalado en el porche. Música en los auriculares, lectura de lo último que se cuece aquí y allá, escritura en telegrama de lo que no hay que olvidar para en otro momento más relajado reubicar en su justa medida en mi maravillosa bitácora -imprescindible las fotos, tocadas y retocadas-. Todo esto hasta eso de las dos, cuando la nena y yo comenzamos los rituales de la alquimia de los alimentos; hoy le toca protagonismo al horno, donde en una bandeja de aluminio (por cierto que la que se voló desde la barbacoa hasta el terreno del vecino, ha aparecido junto al vallado evidentemente dejada ahí por el vecino; todo un detalle) hemos colocado pimientitos amarillos, tomatitos, patatitas y la mitad del solomillo de cerdo previamente macerado en mostaza y otras finas sustancias y cortado en cuatro trozos; ¿tiempo de horno? alrededor de treinta y tantos minutos; ¿resultado? las verduras muy bien, pero el solomillo más seco de lo deseable, en fin; ¿degustación? no hemos dejado ni rastro. Seguido llega el tiempo del reposo digestivo, Raquel en la cama y yo aquí, en el porche, con el PC sobre la nueva mesa plegable, con los cascos programando música al azar y el ventilador de pie en la máxima velocidad. Hoy hace calor, sol, verano en ciernes, lo previsto y lo deseado. Tras el rato de siesta Raquel se ha levantado con ganas de hacer algo, algo como ir a Lanjarón a lo que sea; y vamos. Lanjarón es un pueblo curioso, ya que por un lado es muy conocido como destino turístico -el balneario, las aguas-, pero por otro, si lo visitas a menudo como nos ocurre a nosotros, es un pueblo soso y aburrido sin chispa alguna. Hemos aparcado al final de la variante y hemos comprobado personalmente que estaba todo chapado, y que apenas te cruzabas con un par de viejas potrosas. Fracaso total. Antes de regresar al cortijo hemos estado en la tienda de quesos que hay en la carretera casi llegando a Lanjarón; hemos comprado dos quesos, un vinagre de moras y una botella de un blanco de la zona. Creo que lo de Lanjarón hay que archivarlo de una vez, jeje. El resto de la tarde en Los Cortijuelos: baño piscinero, cena aguacatera y serie en la cama; fabuloso plan. |