 Hoy comienzan oficialmente las vacaciones: Raquel ha pedido libre este jueves y mañana viernes y a partir de ahí todo vacaciones hasta el 28 de Junio. Además hoy hacemos escapada a Cartagena para dar más lustre al inicio vacacional. Hemos madrugado como todos los días, Raquel para dedicar un rato de paz a su nueva ilusión, el yoga, y yo para tomar café con sosiego y dando tiempo a mi espíritu digestivo para que se acompase con la magia de la vida. No son las nueve cuando nos acomodamos en el coche, cargados con lo indispensable en una única maleta -la nueva negra-, y emprendemos viaje. He seleccionado en el Maps una ruta que nos lleve hasta la Nueva Cartago evitando en lo posible usar las autovías y autopistas. Mi idea es recorrer las dos Alpujarras y evitar la autopista de la costa, la A7; incluso he incluido en la ruta atravesar el desierto de Tabernas. El plan se cumple. La primera parada es para desayunar en Cadiar; café con leche y tostada con tomate y atún -Raquel con jamón y tomate-; en ese bar, en esa terraza, es la tercera vez que hacemos parada para refrescar y alimentar nuestros cuerpos, en una ocasión, la segunda, con los alegres divorciados. Seguimos. Pasamos cerca de Alicún y llegamos a una buena hora a Cartagena... El aparcamiento está en el edificio de los apartamentos, un bloque nuevo, bien rehabilitado y decorado con un toque actual muy funcional y agradable; el parking es cómodo y nuevo, tiene cinco plantas, a nosotros nos corresponde la cuarta. Junto al portal nos recibe una muchacha muy cool -jajaja- en una lonja que hace las veces de recepción y tal; todo como muy en plan moderno, pero muy murciano a la vez; lo cierto es que a mí me produce risa y una cierta ternura, en fin. La chica nos acompaña hasta la puerta del apartamento, el 4B. El apartamento es una virguería, hay que reconocerlo, me ha encantado. Es amplio, con dos baños, dos dormitorios, un salón cocina luminoso y espacioso, buen aire acondicionado, acabados de calidad, todo genial, incluso la cama de matrimonio nos ha molado un montón, con buen colchón y con de todo. Para rematar la bondad de la elección hemos comprobado al bajar a la calle que estaba situado en el centro neurálgico de la ciudad, a escasos metros de una de las calles principales. Todo de maravilla. No había tiempo que perder, pues teníamos reserva para comer a las dos y media en un restaurante que según el plano quedaba bastante cerca; apenas tiempo para echar una caña para refrescar el gaznate. Buscamos un garito que habíamos localizado en la red, la Taberna el Cantón, que tenía alta puntuación en las reseñas, aunque en las negativas incidían mucho en las malas maneras de uno de los camareros, lo cual siempre es un aliciente para ir a echar un vistazo. Efectivamente, el tipo de más edad, quizás el jefe, resultó ser un maleducado total; perfecto, una caña, cara y fuera, a comer se ha dicho. Restaurante A La Brasa -elección y reserva del nene-, ubicado en una amplia plaza y dentro de una curiosa construcción de arcos y ladrillo y estanque con nenúfares. Reservé en la planta alta. Nos acompaña un jefe de sala muy gracioso y bastante gay. El sitio es muy bonito y elegante. Nuestra mesa está situada junto a un ventanal -hay foto-. Un par de cañas para pensar el menú. Nos dejamos aconsejar por el muchacho en el tema de la bebida; nos propone un espumoso a base de Sake, que resultó un acierto total: buenísimo. También nos dejamos llevar con la propuesta de unas gambas de Santa Pola para abrir boca y hacer tiempo para la preparación de un arroz negro, espectacular. Y la tercera y última recomendación: un combinado a su manera; una especie de gintoni pero distinto, suave y muy rico; otro acierto. Que digo que estuvimos muy cómodos y salimos satisfechos; la broma nos costó 123€, básicamente por el Sake, las gambas y los gins, pero en fin sin más. Y tocaba rematar el día con la sesión de tarde que ya llevábamos planificada desde el cortijo: visita al ARQUA y a alguno de los yacimientos / monumentos más característicos. El Museo ARQUA me defraudó mucho mucho, directamente decir que no merece la pena perder el tiempo allí; quizás ver de primera mano parte del cargamento de monedas de oro y plata del buque del XVIII que se hundió por mor de los ingleses y que los del Odysee quisieron robar a España; joder jajaja, no quiero extenderme sobre esta tema potroso. Además hacía mucho calor y estaba petado de veteranos de excursión. Del Museo nos fuimos a buscar el ascensor panorámico que lleva al Castillo de la Concepción, erguido en una colina ubicada en el mismo centro de la ciudad. Había dentro, en la torre del Homenaje, una exposición de réplicas de los artilugios de Leonardo da Vinci -qué aburrimiento con el hombre orquesta italiano del Renacimiento de los cojones-. Lo más entretenido fue hacer el tonto con las fotos y disfrutar de la presencia de un buen número de pavos y pavas reales. Suficiente turismo cultural, tocaba abrevar y descansar. En la calle principal tomamos un par de cañas con unas patatas fritas, en el MojiGata, qué agudeza por dios. El problema es que teníamos hambre y como era previsible que así ocurriera ya habíamos hecho una reserva para cenar en un hindú al que las redes le daban un 4,9 nada menos. El Curyy Corner. Y qué decir del hindú... ¡¡¡una maravilla!!! Sin duda el hindú donde mejor he comido. Un pollo con salsa de mango, mmm. Un arroz noséqué, mmm. Qué rico y qué digestivo. Un acierto total también.. Con esas buenas sensaciones deshicimos el camino hasta el apartamento. Ropa cómoda, aseo y apalanque con móvil y con cansancio del bueno. Cartagena me gusta, se puede repetir para aumentar nuestro conocimiento de la zona. A Raquel también le ha gustado, así que mejor imposible. |