 Desayuno y piscina. A las doce al pueblo a beber cerveza en la calle principal; comuniones y campanadas. De regreso al cortijo nos colocamos alrededor de la mesa y damos cuenta de las sobras del día anterior: jamón, queso, pan y cerveza. Rebeca y Txetxu arrancan para Otura pasado el mediodía. Raquel se acomoda en la cama, yo en el sofá. Le doy un remeneo a la casa y la dejo como estaba antes del meneo para adecuarla a las visitas. También estoy cansado y con ganas de dedicarme a mis cosas, mis movidas introspectivas y las exteroceptivas también. Raquel no lo expresa, pero se le nota que coge con ganas el sosiego de nuestro mundo privado e íntimo, y esto a mí me llega hondo y me reconforta; es cierto reconocer que suele sentir que estamos escasos de contactos sociales, pero es la primera que los mismos le agotan y que rápidamente desea dejarlos atrás; en fin, lo normal, ya no es una jovenzuela que solo piensa en festejar y en vivir en la superficie; normal también. A media tarde limpio de nuevo la piscina para darme una sesión de largos y de bicicleta acuática. Ducha con jabón de Legrend y cocinar calabacines en tortilla. Adoro esto. Raquel está de yogui buscando el silencio y la armonía; creo que hace lo correcto. |