Entrevista con Quinn Slobodian
lunes, 30 de junio de 2025

El hombre que rastrea la genealogía de la derecha neoliberal: ¿Sueña Trump con convertir EEUU en Arabia Saudí?


El profesor Quinn Slobodian explora cómo el nacional-populismo, lejos de ser una ruptura con el neoliberalismo, representa su evolución, destacando su enfoque en fronteras cerradas y diferencias culturales


Si usted siente cierta fascinación o regocijo cada vez que Donald Trump adula a la clase obrera, ataca a las pérfidas élites urbanitas o promete restablecer la grandeza manufacturera de EEUU, no sería mala idea que leyese a Quinn Slobodian. Este profesor de la Universidad de Boston ha estudiado con minuciosidad la genealogía de la derecha neoliberal y no le encaja la narrativa de que el nacional-populismo es una revuelta contra la doctrina del libre mercado que predicaban Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Más bien, es su evolución. Su nueva cepa ideológica.

El último libro de Slobodian, nacido en Canadá hace 47 años, se llama Hayek’s Bastards: Race, Gold, IQ, and the Capitalism of the Far Right ("Los bastardos de Hayek: raza, oro, cociente intelectual y el capitalismo de la extrema derecha"): el relato de cómo surgió, entre las filas neoliberales, una fijación con las fronteras cerradas, el dinero respaldado por el metal y las diferencias culturales supuestamente codificadas en nuestros genes. Una serie de nociones que traslucen en las agendas de Donald Trump, Javier Milei o el partido Alternativa por Alemania.

Sus otros libros recientes son El capitalismo de la fragmentación: el radicalismo de mercado y el sueño de un mundo sin democracia (Paidós), donde estudia la fantasía de romper los Estados-nación en cientos o miles de entidades contractuales libertarias, y Globalistas: el fin de los imperios y el nacimiento del neoliberalismo (Capitán Swing). Estos días Slobodian está finalizando un texto sobre Elon Musk, escrito junto al periodista Ben Tarnoff, que saldrá en febrero de 2026.

La entrevista se celebra en la oficina de Slobodian, en la última planta de un edificio de piedra rojiza de la Universidad de Boston en el que solo queda él. Sus colegas se han ido de vacaciones, pero el historiador, que lleva chanclas, pantalones de lino y el pelo más crecido que en las fotografías, se ha quedado para seguir escalando en soledad la montaña de información arcana que enriquece sus libros.

La conversación ha sido ligeramente editada y abreviada para potenciar su claridad.

PREGUNTA. ¿Cuál es su tesis y cómo ha llegado a ella?

RESPUESTA. Desde principios de la década de 2000, he estado escribiendo estas historias intelectuales del neoliberalismo. Luego, en 2016, con Donald Trump y el Brexit, muchos decían que la era del neoliberalismo había terminado y que ahora necesitábamos comprender una entidad completamente distinta llamada "extrema derecha". Como existe un deseo de novedad, a mucha gente le gusta imaginar que las cosas pueden cambiar de la noche a la mañana. Pero yo veía muchas continuidades. Mi perspectiva es que no hemos entrado en una era totalmente nueva.

P. ¿Quiénes son los "bastardos de Hayek"?

R. Friedrich Hayek [economista austriaco nacido en 1899 y fallecido en 1992] es a menudo visto como el padre intelectual del neoliberalismo, un movimiento que se aleja de la socialdemocracia y de la economía mixta hacia políticas de laissez faire centradas en la protección de la propiedad privada y en el libre comercio global. Margaret Thatcher expresó abiertamente su lealtad a estas ideas, Ronald Reagan se encontró con Hayek más de una vez y George Bush padre le otorgó la Medalla de Honor. Desde la década de 1990, sin embargo, ha habido una generación de pensadores neoliberales que se han visto a sí mismos en la tradición de Hayek, pero que han asumido políticas muy diferentes de las que este habría promovido.

Por ejemplo, Hayek creía en la diferencia cultural, pero este no era el principio organizador de su filosofía. Él seguía estando principalmente interesado en la libertad económica y en los ordenamientos jurídicos que pudieran protegerla. En las décadas de 1990 y 2000, hubo quienes adoptaron este coqueteo suyo con las ideas de la diferencia cultural y lo hicieron mucho más concreto, recurriendo a la ciencia.

Esta cosecha de intelectuales [Murray Rothbard, Charles Murray, Richard Lynn, Ron Paul, Hans-Herman Hoppe y Peter Brimelow, entre otros intelectuales relacionados con la Mont Pelerin Society y el Instituto Mises] llegaron a su madurez al final de la Guerra Fría. La Unión Soviética había sido vencida, pero estos intelectuales destacaron que el "Leviatán", el Estado de bienestar, seguía vivo. Y lo que es peor: estaba apoyado por movimientos sociales pujantes, como el feminismo, el ambientalismo, el movimiento gay o una integración europea más redistributiva. Digamos que el nuevo enemigo pasó del color rojo a los colores verde y rosa.

P. Y lo que diferencia a estos intelectuales del padre del neoliberalismo, Friedrich Hayek, son lo que usted llama las "tres durezas". ¿En qué consisten?

R. La primera dureza hace referencia a las fronteras. Solemos asumir que los neoliberales son defensores de las fronteras abiertas, para que los trabajadores puedan ir a donde se les necesita y esto pueda reducir los salarios. Pero, como dijo Milton Friedman, uno puede tener un Estado de bienestar o fronteras abiertas, pero no ambas cosas. Por eso, hace tiempo que los neoliberales se preocupan por encontrar una política migratoria que dé los mejores resultados económicos.

Así que, en la década de 1990, hay un alejamiento de las políticas migratorias liberales, especialmente en Estados Unidos, hacia un modelo más basado en habilidades concretas o en el carácter etnonacional: la idea de que ciertas poblaciones tienen características inherentes que las hacen más propensas a ser emprendedoras o actores efectivos del mercado, frente a personas dependientes de la asistencia social y parásitos del Estado. De esta forma nace la política migratoria dura, que se ha extendido y se ha vuelto la más común en nuestros días.

La segunda dureza es la idea de la naturaleza humana innata. Los avances en la neurociencia permitieron a los neoliberales crear una especie de clasificación jerárquica de los humanos en relación a su supuesto talento y capacidad económica. Los "científicos raciales" hicieron una jerarquía en base a la inteligencia, colocando a los judíos asquenazíes y a los asiáticos orientales por encima de los europeos en general. Con este tipo de ciencia errónea, basada en premisas erróneas, se replanteó cómo defender el libre mercado en función de quién entraba y quién se quedaba fuera. Y esto abrió la puerta a alianzas con personas que apostaban por la pureza étnica o racial por razones completamente distintas.

El partido Alternativa por Alemania (AfD) es un buen ejemplo. El libro Alemania se autodestruye, de Thilo Sarrazin, defiende la exclusión migratoria y el nativismo, pero no con argumentos nazis a favor de la raza aria, sino con las métricas del cociente intelectual, diciendo que, en los países de mayoría musulmana, el cociente intelectual es menor, lo cual implica que los inmigrantes que vengan de estos países acabarán dependiendo de las ayudas sociales. Por eso, este partido se forma en base a una alianza de economistas neoliberales y de etno-nacionalistas interesados en la pureza cultural y en echar de Alemania a una población estigmatizada.

La tercera categoría, relacionada también con el ejemplo de AfD, es el dinero duro. Durante mucho tiempo, los intelectuales neoliberales coincidieron en que el dinero fiduciario, o dinero sin respaldo en metales preciosos, era la forma moderna de filosofía monetaria, y el desafío residía en cómo evitar que las autoridades imprimieran demasiado. A raíz de la crisis financiera global y de la crisis de la eurozona, surge una postura radical que dice que el dinero que no está respaldado por metales preciosos es corrupto y tiende al socialismo.

Algunos de los empresarios y financiadores más importantes de AfD en sus primeros años provenían literalmente de la comunidad de consultoría de metales preciosos y ventas minoristas de oro, que financiaron la creación del Instituto Ludwig von Mises en Alemania y la organización inicial del partido.

Esta renovada mística del oro también coincide con el interés en las criptomonedas que surge en la misma época; ambos, el oro y las criptomonedas, pueden verse como un indicador de la pérdida de confianza en la capacidad de las autoridades existentes para gestionar adecuadamente la economía en general.

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Acotación: Estas tres durezas son perceptibles en las políticas de Donald Trump. La parte de las fronteras duras es la más evidente, con la campaña de deportaciones masivas de inmigrantes indocumentados y los intentos de restringir la inmigración legal y la ciudadanía por derecho de nacimiento. La segunda dureza, referente a las características culturales de las poblaciones, se vislumbra, por ejemplo, en la prohibición de viajar a EEUU de ciudadanos de 12 países de África y Oriente Medio y en la cancelación del asilo político de medio millón de personas de Cuba, Venezuela, Nicaragua y Haití, mientras este se otorga a sudafricanos blancos. También se ve en los bulos racistas contra los inmigrantes de piel oscura. La tercera dureza se muestra en el interés de la Administración Trump en las criptomonedas, aligerando las regulaciones, admitiéndolas como activo hipotecario y lucrándose él mismo con la creación de una rentable criptomoneda propia.

P. El éxito de Donald Trump y del Brexit se apoya, en gran parte, en la desafección de la clase obrera hacia las consecuencias de la globalización. Al mismo tiempo, usted argumenta que Trump y el Brexit se originan en la misma tradición responsable de estas políticas. ¿Cómo explica esta paradoja?

R. Tiendo a hacer una distinción entre el lado de la oferta y el lado de la demanda de los movimientos populistas. Del lado de la demanda, nos preguntamos por qué la gente apoya a determinados movimientos o partidos políticos. Y la respuesta es bastante diversa. En el caso de Trump y el Brexit, creo que la gente a menudo votaba para expresar su insatisfacción con 40 años de estancamiento salarial, desigualdad regional, exposición a un mercado laboral precario, altos niveles de endeudamiento personal, etcétera. Había muchas razones para estar enfadado, y muchas personas vieron la encarnación de su protesta en una figura como Trump.

Sin embargo, si lo miramos por el lado de la oferta, la pregunta es, ¿quiénes están transmitiendo el mensaje? ¿De qué universo provienen? ¿Qué ocurre después de las elecciones, cuando las políticas realmente se diseñan? Y así la historia se ve muy diferente: las políticas actuales de figuras como Trump y del ala pro-Brexit del Partido Conservador no son una expresión fiel de las quejas de sus votantes, sino, más bien, una continuidad con el programa habitual de desregulación y de bajos impuestos que favorece abrumadoramente a los ricos.

P. Las promesas de reindustrialización, de recuperar los buenos empleos y demás, han resultado atractivas, incluso, entre segmentos de la izquierda. En EEUU hay quien se califica de "MAGA lefty". ¿Tiene realmente la extrema derecha alguna intención de ayudar al proletariado?

R. Desde la izquierda, a veces hay una respuesta táctica que consiste en evitar que vuelva el statu quo. La idea de que hay que aceptar el hecho de que la política está siendo reconfigurada, de que hay que abrazar la ruptura y de que existe la posibilidad de dirigir este tren, actualmente sin rumbo, hacia un futuro mejor, pero sin afiliarse totalmente con el líder de este momento político.

Ahora bien, a la pregunta de si las políticas de Trump, ahora o en su primer mandato, han beneficiado directamente a la clase trabajadora, dada su retórica al respecto, la respuesta es un no rotundo. El primer y único logro legislativo de su primera administración fueron los recortes de impuestos de 2017, que ahora buscan extender, y que perjudican directamente el bienestar material de la mayoría de los estadounidenses y enriquecen directamente a una minoría.

Otra cuestión es si se puede defender el nacionalismo económico y la política arancelaria con la que Trump se ha identificado tanto. En ese caso, daría una respuesta más matizada, porque el interregno de Joe Biden representó una continuidad con muchas de las políticas comerciales de Trump, solo que, en mi opinión, las mejoró. El equipo económico de Biden adoptó el uso de aranceles para separarse de la gobernanza multilateral de libre mercado, mantuvo la contención económica de China como estrategia, añadió políticas industriales, subsidios territoriales específicos, atención a cuestiones como los derechos laborales, la economía del cuidado y, sobre todo, cuestiones de transición energética.

Si damos un paso atrás y lo analizamos dialécticamente, se podría argumentar que la ruptura representada por Trump creó la oportunidad para el Bidenomics, algo que yo estaría dispuesto a defender. Por desgracia, en lugar de extender estas políticas a un segundo mandato, en el que podrían haber dado sus frutos, ahora hemos vuelto a las políticas punitivas y unidimensionales de Trump.

También merece la pena apuntar que el equipo de relaciones públicas del movimiento trumpista ha sido bastante eficaz en Europa, especialmente en Francia y en Alemania, donde tengo la impresión de que mucha gente se cree la retórica obrerista de JD Vance y de un Partido Republicano pos-neoliberal, pero creo que es una tomadura de pelo. No tiene ningún fundamento. En el boletín de calificaciones que los sindicatos han hecho de los senadores, JD Vance era el último: la persona que, consistentemente, ha votado contra los intereses de los trabajadores.

P. Cuando se habla del modelo de Estado que parece buscar la Administración Trump, es habitual pensar en la Hungría de Víctor Orbán o en la Rusia de Vladímir Putin. A usted le hace pensar más en Arabia Saudí. ¿Por qué?

R. A Trump le gusta una cierta estética de riqueza exagerada que contrasta con el estilo de vida de la gente común. Prefiere la concentración de riqueza, los proyectos inmobiliarios de prestigio, los eventos deportivos de lujo, las marcas de alta gama, y Arabia Saudí, en muchos sentidos, convierte este afán de concentración de riqueza y este tipo de actividades económicas en una forma de Estado, ¿verdad? Mientras, el bienestar de la población o las cuestiones migratorias, por no hablar de las libertades políticas y civiles, se subordinan al objetivo principal: la estrategia de acumulación en manos de una familia. Ese es Donald Trump en acción.

P. En El capitalismo de la fragmentación la región del sur de África goza de mucha atención, ya que en Sudáfrica o la antigua África del Sudoeste [hoy, Namibia] hubo experimentos libertarios muy destacados, con un obvio componente de racismo. Curiosamente, allí se criaron Elon Musk, David Sacks y Peter Thiel, personas muy cercanas a la figura de Trump. ¿Qué influencia cree que tuvo este contexto sudafricano en alguien como Elon Musk?

R. Vivir en un lugar donde eres parte de una minoría que gobierna a la mayoría mediante la violencia, y bajo un gobierno fuertemente estigmatizado y criticado internacionalmente, produce una especie de actitud defensiva y díscola. Creo que la infancia de Musk en Sudáfrica le inculcó algunas ideas que probablemente no habría recibido si hubiera crecido en los suburbios de Washington D. C.

Por un lado, su crianza sudafricana le habría hecho consciente de la necesidad de poseer todos los recursos necesarios para la producción industrial, en lugar de depender de un mercado mundial abierto. Sudáfrica, sometida a fuertes sanciones, siempre tuvo que fabricar sus propios bienes, en la medida de lo posible, dentro de sus fronteras. Había ciudades, por ejemplo, que tenían una mina a un lado y una planta automotriz al otro, lo cual se consideraba existencialmente necesario.

Por otro, su experiencia también hizo que la idea del conflicto fuera mucho más real. Musk, según sus propias palabras, abandonó Sudáfrica para evitar el servicio militar, donde habría sido desplegado en la frontera norte y casi con toda seguridad habría tenido que matar a personas negras que habrían sido identificadas, falsamente o no, como terroristas o como insurgentes de algún tipo. La de Sudáfrica era una sociedad mucho más militarizada que la de Estados Unidos.

Esto podría explicar el interés de Peter Thiel [que pasó parte de su infancia en África del Sudoeste: el último lugar del planeta donde era común saludarse con el Heil Hitler] en las contratistas militares de las que ha sido parte, como Anduril o Palantir, así como la estética militarizada del Cybertruck de Musk. Todo esto resulta bastante natural si has crecido en una colonia de blancos en guerra contra una gran mayoría no blanca. Creo que ambos han estado en una posición única para aprovechar el giro actual hacia el darwinismo social y al duro conflicto identitario que parece estar acelerándose en EEUU.

P. Otros historiadores observan el nuevo fenómeno autoritario a través de una lente que resulta más familiar: el fascismo. Es el caso de Timothy Snyder, Ruth Ben Ghiat o Federico Finchelstein. La periodista de izquierdas Naomi Klein ha dicho que estamos ante el "fascismo del fin de los tiempos", en referencia a la escatología presente en la retórica de Trump, en el miedo a la inmigración y a la decadencia de la civilización. ¿Es lícito hablar hoy de fascismo?

R. Uno ha de preguntarse por qué usamos determinados "ismos". ¿Qué obtenemos al usarlos que, de otro modo, no obtendríamos? Creo que es mejor usar estos ismos cuando podemos identificar una tradición intelectual o política. Si vas a la sede del Partido Comunista de Francia, en París, y hablas de comunismo, estás hablando de una tradición viva que cuenta con actores reconocidos y debates académicos reconocidos. En este sentido, creo que podemos hablar de fascismo en referencia a sectores de la extrema derecha. El gobierno de Georgia Meloni forma parte, claramente, de la historia del fascismo. Los Fratelli D'Italia usan el mismo logotipo que el MSI [Movimento Sociale Italiano], que se consideraba el sucesor de los gobiernos fascistas de Mussolini.

Si, por el contrario, se intenta usar el término como categoría para describir movimientos que no se identifican con ese linaje, se corre el riesgo de desvirtuar el análisis. Creo que es más difícil, y por lo tanto más útil, intentar comprender la especificidad de esta fusión de energías de extrema derecha y estrategias económicas que estamos analizando ahora, en lugar de usar el atajo emocional de esa categoría de fascismo.

Creo que hay mucho, en el fascismo, que está ligado al modelo fordista industrial de mediados del siglo pasado y a una clase trabajadora muy amplia, lo cual no acaba de encajar con la época actual. Nuestra época está definida por tres fenómenos: el cambio climático y el intento de crear un capitalismo verde, el ascenso de China como rival de Occidente, y la dominancia de la tecnología en términos económicos y sobre nuestra vida cotidiana. Son tres desafíos únicos y muy nuevos.

P. Llama la atención cómo el libertarismo, llevado a determinados extremos, como se deduce de casos que aparecen en El capitalismo de la fragmentación, puede ser incompatible con la democracia. ¿Cómo ve este equilibrio?

R. El libertarismo, como filosofía, es un espectro muy amplio: se adapta a muchas cosas. Hay, de hecho, libertarios de izquierda, libertarios socialistas, libertarios de derecha y libertarios extremistas que se autodenominan anarcocapitalistas. Javier MileI se autodenominaba anarcocapitalista hasta que se convirtió en presidente de Argentina, por lo cual pasó a llamarse minarquista; es decir, partidario del Estado más pequeño posible. Así que hay un abanico de versiones y creo que muchas de ellas son compatibles con cierta forma de democracia, si entendemos la democracia mínimamente como elecciones multipartidistas y garantía de libertades civiles.

La cuestión es con qué lo comparamos, ¿verdad? Y cómo mediríamos los niveles relativos de libertarismo. En el libro trato de hacerlo con referencia al llamado Índice de Libertad Económica, que creo que no es un mal indicador para saber cuándo un modelo está cerca de su ideal. Y es interesante cómo, cuando los neoliberales y los libertarios se sientan a clasificar los países en función de la libertad económica, como hacían en los años noventa, las naciones que ocupaban el primer y el segundo puesto eran Hong Kong y Singapur, que no tenían muchas libertades políticas. ¿Nos dice esto algo esencial sobre el libertarismo? Yo creo que sí. Pero también estoy dispuesto a aceptar que hay variedades de libertarismo mucho más compatibles con las libertades políticas.

De hecho, si aceptamos al pie de la letra los argumentos libertarios, se podría decir que estas pequeñas comunidades libertarias están mucho más cerca del ideal democrático que las naciones, porque las personas que entran a formar parte de esa comunidad vallada lo hacen firmando un contrato. Así que el contrato social sería real, no solo metafórico.

P. Algunas de las personas sobre las que escribe en Hayek’s Bastards, como Peter Brimelow y Pat Buchanan, han estado interesadas en la cuestión canadiense. Brimelow publicó un libro cuestionando la forma territorial de Canadá y Buchanan reivindicó la anexión estadounidense de parte del país. Donald Trump ha adoptado esta pulsión. ¿Es la anexión de Canadá un objetivo de esta extrema derecha neoliberal? ¿Se ha cruzado mucho con esta idea?

R. El contexto del libro de Brimelow [The Patriot Game] es la posibilidad, o incluso la probabilidad, de que Quebec se independizara en ese momento, a principios de los años noventa, con un referéndum. Y de hecho se quedó a un punto porcentual. Así que la naturaleza provisional de la unidad canadiense estaba presente en la mente de la gente en esa época, al igual que con los movimientos nacionalistas de Escocia, Bélgica y, en España, el País Vasco, Cataluña, etc.

Para la derecha estadounidense, la idea de que justo al lado tienen un vasto territorio fronterizo interior es redescubierta cada pocos años. Y la perspectiva de una conquista breve y gloriosa es una tentación muy fuerte para las personas que valoran las ideas de la masculinidad y de la necesidad de restaurar la vitalidad y la energía, algo que está muy presente en partes del movimiento MAGA. Pero en este frente han prevalecido las cabezas más frías, ya que, en términos prácticos, no está claro qué se ganaría con esta anexión. EEUU consigue todo lo que necesita mediante el comercio. Y la población canadiense está mucho más a la izquierda. Si fuera absorbida por EEUU, daría un enorme impulso al Partido Demócrata.

Y esa retórica parece que ya ha pasado. Incluso las alusiones a retomar el control del Canal de Panamá, algo a escala más pequeña, parecen atascadas. Si EEUU no quiere tomar el Canal de Panamá, ¿cómo va a tomar Canadá o Groenlandia? Igual que con muchas otras cosas que defiende la coalición MAGA, gente como Steve Bannon, es básicamente bravuconería y posturas de macho que no se fundamentan en la realidad.

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© Zalberto | enero - 2026