 Hoy no ha sido factible caminar bajo un cielo veraniego, en el que el azul y el sol radiante saturen de vitaminas la piel y las emociones. Hoy no. Ha sido predominante el frescor, la fina lluvia y las temperaturas moderadas. Así ha sido también mi ánimo, sofocado y paciente, contemplativo y reflexivo. El deseo era pasear Santutxu abajo hasta Bolueta, hasta los pasillos postuniformes del Mercadona; pero el deseo chocaba con la fina cortina de gotas frías que se deslizaban bajo la protectora lámina plástica del paraguas plegable del Tyger, y para no sentir la desazón de la contrariedad insignificante he colocado en un bolsillo trasero de privilegio me recién tarjeta BARIK para hombres veteranos y me he dirigido bien arrimado a los edificios hasta la boca del suburbano más próxima a casa, la del Carmelo/Karmelo -no me rindo ante la idiotez de la K, ni me rendiré, es para mí una cuestión de lealtad a mis orígenes y a mi tiempo verdadero-. Un rato de poco más de una hora que he gozado a plenitud. He recordado un comentario que hizo Irene el pasado viernes en el que resaltaba como algo meritorio la extraordinaria belleza del común de los habitantes de Suecia, obviamente de los naturales, je. Sí, todas y todos hermosos, cabellos dorados, bellos ojos claros, complexión proporcionada, elegancia en las formas y flexibilidad en el movimiento. Sí, un topicazo sin duda, verdadero según la escala que se use para clasificar la belleza y sus ornamentos y condiciones. En ese tiempo de metro, calles mojadas y mercaderías iluminadas en blanco puro, yo también he visto brillar la belleza, incluso más aún, he sentido su fulgor brillando en mis sentidos: hombres y mujeres como especímenes del maravilloso teatro de la verdad, gordos, flacas, bajos y altas, viejos arrugados y jovencitas orondas, una variedad sorprendente, un carrusel de posibilidades, de todas las posibilidades. He caminado maravillado por todo lo que se me mostraba, como si una revelación se hiciera cuerpo ante mí, ocupando las calles y ocultando la necedad de los estereotipos y las falsas verdades -de las mentiras ya en otro momento-. Una auténtica gozada que pienso repetir siempre que disponga del momento y de las condiciones. Lo resumo: en Santutxu habita toda la humanidad, condensada y representada en individuos únicos y perfectos. Maravilloso. He comprado Grisinis, chuperreteos, pechuga de pollo 99% pollo, dos de vainas medio kilo y bolsitas para caquitas. Antes de subir he comprado cebolletas, huevos y un tomate donde Eguskiñe, por comprar algo, por saludar. La comida se ha resuelto en hornos variados. En la Air Fryer unas piparras. En el horno convencional un par de chuletas de cerdo ibérico sobre cama de patatas panaderas. Buenísimo todo. De sobremesa... apalanque, Raquel apalanque en la cama, yo en el sofá. He sesteado como si tal cosa, sin culpa ni remordimiento, un tema que estoy trabajando con esmero y dedicación. A media tarde la nena ha ido a hacer de yogui y yo me he dedicado a mis investigaciones sociológicas. He estado escuchando un audiolibro de Byung-Chul Han, «La sociedad del cansancio»; mañana leeré sobre el papel el susodicho libro. Vainas para cenar. Y sin serie predefinida para buscar el sueño y abandonar la vigilia diurna. |