Viernes de Semana Grande
viernes, 22 de agosto de 2025

Indi me saca de la cama cuando la oscuridad todavía enseñorea las calles y el silencio se escucha allá donde... se mire. No me importa. Las horas previas al amanecer son para mí un preciado refugio donde dar rienda suelta a mi pensamiento y a mi creatividad.
Raquel también madruga; le pido que me deje espacio y tiempo y que espere en calma el momento para comenzar la rutina yóguica. Me da ese margen y todo fluye en paz. En «Mi rutina de Yoga» todos los momentos tienen coherencia y todos los esfuerzos conducen a lugares mentales donde se acompasan los pensamientos con los flujos corporales; es una maravilla. Esta mañana he constatado cómo la repetición y la constancia consiguen aumentar la capacidad de los músculos y los tendones, y todas las sensaciones son positivas. Me hago de rogar, pero me gusta.
Estamos en el apogeo de las fiestas de Bilbao; viernes de Semana Grande / Aste Nagusia. Raquel ha propuesto ir a la Pérgola del parque de los Patos a ver, como el año pasado, las actuaciones de las bilbainadas, por hacer algo; y seguido comer en los alrededores; es un buen plan. En el tema «comer» hemos hecho una reserva en un «griego» de Pozas, uno que tiene compinche en Fernández del Campo y que ya conocimos en su momento (a mí me resultan ambos bastante indiferentes, pues no dejan de ser unas franquicias enfocadas a dar de comer de aquella manera y ofrecer un servicio de una calidad muy poco profesional; pero es lo que hay). La reserva es para la una y media, bien pronto, como me gusta a mí; de hecho la hora elegida es cosa mía, dejarlo para más tarde no aporta nada bueno, se rellena el tiempo con alcohol y no creo que sea ésa la mejor idea.
Hasta la hora de salir, que hemos pensado sobre las once, me he puesto cómodo en la butaca y he disfrutado de una buena cantidad de páginas del «Tokio Blues» de Murakami.
Once y pico. Bajamos por Iturribide al asco Viejo. Cruzamos el Puente del Arenal. Está todo atestado de gente, se mire donde se mire. Por la Gran Vía llegamos al parque y Raquel propone echar un pincho antes de ir a ver las actuaciones musicales. Dicho y hecho: pincho de txangurro y zurito en una de las esquinas de la Plaza Campuzano; y a las bilbainadas. Cuando llegamos a la carpa nos encontramos con están en una entrega de galardones y premios diversos. Está presidiendo el alcalde Aburto y animado todo el sarao por Joseba Gay Telebilbao, que hace unas labores de animación impecables. Aguantamos apenas unos minutos. Por cierto que entre el grupo de las «autoridades» vemos al lejano ex de Maite, el Francis de Doctor Deseo; sin más. Y nada más ahí; nos internamos en el callejeo de Indautxu.
Para hacer tiempo hasta la hora de comer nos damos un garbeo y paramos un rato en el bar de Juanjo y Eli para echar un vinito blanco y charlar un rato. Por cierto quiero no olvidar que la camarilla está pasando unos días vacacionales en la costa mediterránea (Marina d'Or, Vinaroz, etc). Sin más también. De camino al restaurante hacemos una última parada técnica en el bar que hace muchos muchos años fue el Or-Konpon; qué recuerdos...
Comida en Kali Órixe. Berenjena asada y parrillada y vino blanco griego. La salsa de yogur es escasa, pedimos más, nos dicen que no es viable, nos proponen un mix de tres salsas y ese tema; nos hacemos unas risas, pero sin más, no es un sitio como para echar cohetes en cuanto a lo gastronómico (vale más bien poco, pero tampoco está mal, en ese plan). La comida nos cuesta 88€ que Raquel abona con sus cheques gourmet.
Regresamos a casa intentando comportarnos como adultos civilizados. Antes de cerrar el grifo del alcohol elegimos una terracita en la calle Príncipe, en El Gato Volador, para echar la última caña antes de recluirnos en nuestro nidito de amor. Cogemos el Metro en San Nicolás y... a casa a descansar tan a gusto.
Un buen día, muy bueno. El «Esther» parece que va evolucionando positivamente (para mí). Raquel hace la reflexión correcta y concluye que su hermana tiene unos comportamientos muy erráticos y muy infantiles; discute con todo dios y se enfada a la mínima. Me comenta que tras la movida de la comida del cumple de Rebeca, tanto ésta como su padre, Jorge, le responsabilizan a Esther de no controlar sus emociones y reaccionar con una desproporción que no vinoa cuento -bueno, esto no está bien redactado, pero por algo será-. El caso es que por lo que me transmite Raquel creo que estoy bastante exonerado de culpa y puedo dar comienzo a mi relajación interior, que ya lo voy necesitando; el tiempo lo pondrá todo en su lugar, o no.
Cenamos unos huevos cocidos y nos acostamos a ver la tele; una serie alemana que ni fú ni fá, pero perfecta para acomodar la mejilla en la almohada y dejar que el sueño te atrape. Buenas noches mundo.

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© Zalberto | enero - 2026