 Me percato de que cuando pienso en el título de una entrada de mi bitácora me esfuerzo en dar con un "algo" muy sintético, breve, conciso, ligeramente poético, y, sobre todo, inteligente, o en ese plan, o sea, como yo mismo. Creo que es un esfuerzo inútil, sin sentido, un esfuerzo que no alcanza meta alguna, una búsqueda sin objeto; pero me he dado cuenta a tiempo, el rango suficiente para corregir y enmendar; como dijo Henry Miller "cualquier momento es el momento para empezar algo nuevo". Esta mañana, caminando por el sendero de mis días postreros, he sabido que voy en una cuenta atrás; más tarde, más adelante, más allá, he sabido que la cuenta es una "cuenta alante"; el pasado ya está escrito, quizás olvidado, pero si escrito, y subrayado, y corregido. Me he dicho "65 y en nada 66, ahí es nada, ahí lo tienes, tú verás , cada día es un tesoro, adminístralo (el corrector no está conforme, fijo que el corrector es un puto inglés inseguro). Mis antepasados construyeron un Imperio, uno de los de verdad, de ésos que dejan a su paso la propia lengua, la particular manera de pensar y de vivir, la que aglutina. Esto en cuanto a la cosa de los "imperios ", lo digo por si hay algún inglés por aquí cerca.
Yoga a las 8, con innovación y progreso sin límites. Caminata hasta la curva de Elorrieta. En casa de Sani con Tachón. Le devuelvo el libro de Murakami, Tokio Blues, y él me deja otro del idem nipón, Kansas en la orilla. Charlamos. Ha colocado su punto de engorde en la ubicación top del piso; la sabiduría le tiene poseído, inevitablemente. Monto en el tren subterráneo en San Ignacio y me bajo en Santutxu Zabalbide, para comprar vegetales para la ensalada, y una botella de vino, un Barbadillo onubense, un seguro a todo riesgo. Un viernes es un viernes y Raquel no se conforma con lo pertinente laborable, quiere más, de ahí el vino blanco... Air Fryer. Pimientos del padrón y alitas de pollo. Risas y palabras felices, antes durante y después. Un mediodía de finales de agosto que siempre será recordado por mi memoria evanescente. Hace poquito que Raquel se ha tumbado en la cama a descansar, a recuperar fuerzas para salir a media tarde a lo que salga, y yo he aprovechado para relajarme y escribir (esto, por ejemplo) y pensar, y leer, y pensar, y viajar por la linea infinita del tiempo, del mío. Un viernes como ha de ser... de momento: 16:24. Son las seis o así y Raquel sale del dormitorio y propone ir a dar una vuelta. Propone ir al Guggen, pero no al museo sino a la cafetería de al lado, en la que a veces hay música en directo. Yo rápidamente comprendo que lo que desea es salir de fiestón de los nuestros y, sinceramente, a mí también me viene bien, me apetece, me lo paso super bien con mi Raquel haciendo el indio por ahí. Y no voy entrar en detalles, sólo dejaré aquí unos apuntes, un esbozo de lo perpetrado sin ánimo de lucro, jaja. Bajamos por Zabalbide a coger el tranvía, pero como faltan demasiados minutos seguimos caminando hasta la parada del Arriaga y, ahí sí, ahí subimos al tranvía. Bajamos poco antes del Guggen y tan ricamente nos damos una vuelta. En la terraza del chiringuito del Guggen pillamos mesa y echamos una caña; durante unos minutos nos tenemos que cobijar bajo los toldillos porque se pone a chispear, pero poca cosa y poco rato. De allí nos vamos caminando hasta el Casco Viejo. Nos instalamos en una mesa en el interior del Rotterdam. Albóndigas y croquetas, y cervezas y vinitos muy a gusto. De allí vamos al antiguo Pezuñas y más antiguo aún Baste; otros vinos y a seguir. Subimos al barrio atravesando Iturribide sin detenernos; aún vamos bastante bien. En el barrio probamos sitios menos habituales, el Cynos y el Topaleku. Es de noche cuando entramos en casa y cuando Indi nos riñe un poco, pero poco. Raquel se acuesta y yo me quedo leyendo un buen rato; incluso me sirvo una copita de Brandy, como ha de ser, lo esperado en un consumado intelectual de bata y zapatillas, jajaja. Bueno un fiestón sencillo e íntimo; de esta manera puede ser aceptable, incluso deseable, pero que no se entere Raquel. |