 Hoy es hoy y «esto» no, «esto» es ayer, por lo que no me exijo coherencia ni precisión; y recordar a todos que los hechos pierden su categoría "real" en el preciso instante de pasar al archivo del pasado... Sí, el archivo que todo lo contiene, todo subsumido en una solución de los tres o cuatro elementos fundamentales y colocado al azar en compartimentos intercambiables y donde nadie se ocupa del registro y, de existir tal cargo, el de archivador diplomado, de existir no quepa duda a nadie que el proceso de selección ha sido presidido por algún psicópata de los muchos que están afiliados a un selecto club, al mío, al club de la humanidad extinta. Ayer, miércoles en reserva de mendis, montes, muelas, lomas y naturalezas inhóspitas, las actividades inscritas en el rango físico las dejamos en segundo plano, como esas aplicaciones misteriosas que se usan poco pero siempre están activas, atentas a cualquier oportunidad interesante; ayer las actividades que se hicieron predominantes tuvieron como eje central la concentración, la improvisación y la determinación. Sí, me dieron las siete de la tarde, cuando ya el sol había abandonado nuestra vega ribereña y sus destellos iluminaban las nubes del Oeste con unas tonalidades amarillentas hipnóticas -alguna instantánea tiré, con resultados mediocres, y más tarde eliminé-, cuando levanté la vista de la pantalla de cristal y relajé ambas manos mi perspicacia dio por finalizada la magna obra que en estilo «Detallismo Singular» llevaba construyendo desde un acumulado de horas cercano a la media centena. El esfuerzo había merecido la pena; pero... El «pero» era que un detalle central de la obra deshacía como azucarillo en leche caliente la sensación de triunfo y transformaba el placer en satisfacción fútil, y todo por un momento en los inicios titubeantes, cuando al personaje central le coloqué en la mano izquierda algo que quería ser
50 Los paquebotes miércoles, 28 de enero de 2026  Los paquebotes eran embarcaciones dedicadas al transporte de la correspondencia. También solían llevar pasajeros y otro tipo de carga, como caudales. El nombre deriva de la voz francesa paquebot y de la inglesa packet boat, muy utilizadas durante el siglo XVIII.
En España, habitualmente el término se usaba para referirse a una embarcación similar a un bergantín de dos palos con vela redonda. La fórmula requerida para hacer llegar a América las cartas desde la Península, y viceversa, debía unir rapidez, seguridad y capacidad, para la que las fragatas eran muy adecuadas y, de hecho, se usaron con mucha frecuencia. Realmente el correo fue transportado también en corbetas, goletas y saetías, entre otras.
Así, en 1764 se establece por primera vez un correo de mar periódico entre España y las Indias. Mensualmente salía un navío con todas las cartas dirigidas a Ultramar (América), desde el puerto de A Coruña hasta La Habana, y también el viaje de vuelta. El paquebote Cortés inauguró en noviembre de ese año la travesía de los correos marítimos. El capitán era Álvaro de Castro y el piloto Domingo de Velasco, a los que auxiliaban 16 hombres de tripulación. Aparte, iban embarcadas las personas designadas para ocuparse de las nuevas administraciones de Correos.
En 1767 la fragata-correo El Príncipe inaugura la línea de Buenos Aires. Con la Real Ordenanza del Correo Marítimo (1777) se reguló más este servicio, por lo que a principio de cada mes salían con destino a Nueva España, y los días quince de los meses de febrero, abril, junio, agosto, octubre y diciembre se dirigían hacia Buenos Aires y Perú.
En España, cuando las salidas de correo a América comenzaron a ser habituales, el estado se planteó construir paquebotes para ello, y para la «fábrica» de estos recurren a los astilleros del norte de España. Bilbao suministra inicialmente hasta ocho, que terminaron recibiendo nombres vinculados con los primeros españoles que llegaron al continente american... leer más | #imperio - #america - #navegacion - #correo - #españa
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