 Un día que arrancaba con muy buenas perspectivas, pero que se fue oscureciendo a medida que las nubes también oscurecían el cielo hasta descargar con inusitada energía sobre las gastadas costuras de nuestras cristaleras, sorprendidas por la furia de los elementos; granizos y torrentes de agua. Pero no era así unas cuantas horas antes... Raquel se levanta energética, alentada por esa vocecilla que le apresta a responder a la vida con decisión y con muchas exigencias, qué duda cabe, jajaja. Esta vez la voz está empeñada en que le dé un meneo bueno a la casa, que necesita una limpieza a fondo y que tiene encargarse ella porque su novio está muy limitado por el asunto «hernia». Así que Raquel se pone en plan «limpieza general» y yo aprovecho la coyuntura para proponer que saque mi cuerpo de casa y que deje a la muchacha a sus anchas (de esta decisión surgen los posteriores momentos complejos). Me pongo ropa, me inserto los auriculares en las orejas y me las piro con viento fresco. Ascensores de Solokoetxe, Casco Viejo, Campo Volantín, Puente de Calatrava, Guggenheim. Volver al museo estaba escrito con letras doradas en mi escueta «agenda de pendientes»; hace poco anduve por allá y me quedó sin ver la exposición de dibujos de Budapest, o algo así, y tenía que volver y volví. De la visita ha colgado una buena cantidad de fotos, que aún he dejado sin colgar unas cuantas. He fotografiado obras de arte y momentos humanos y rincones geométricos y sombras y luces. Las exposiciones no me han defraudado, me han encantado; y todavía aquello da como para volver a echar otros vistazos. Cuando el museo da muestras de empacho de personal turístico, pongo pies en polvorosa y salgo al aire; me instalo en una mesa de la terraza y con un zurito tostado en la mano me dispongo a jugar con las fotos; lo de siempre, un poco de Instagram, un poco de snapseed, y en ese plan. Me siento en esos momentos en la puta gloria: relajado y entregado a mis placeres artísticos. Son las doce... leer más |