Al LIDL incluso esperando la apertura a la vera de la fachada de Parrado, como todos los demás. He llenado el carro a reventar; un poco de todo, nada especial, lo de siempre. Una vez las cosas en sus sitios predeterminados me instalo en la butaca con mi libro electrónico (tengo que bautizar el chisme), mi Pixel 7Pro, mi tableta LCD, un viejo cuaderno de memorias intangibles (cosas del 1998 al 2001) y un paquete de cacahuetes tostados sin sal. Lectura en cuaderno, lectura en electrolibro, un buen puñado de cacahuetes para despistar al insondable apetito que toda mi vida me persigue y unos esbozos en verde y negro para no perder comba. Comida. Lentejas medio bien, medio mal; Raquel es bondadosa y me dice que están ricas, pero no es cierto. Hay novedades Esther. Ahora se descuelga con que va a pasar la Nochevieja en Benidorm con Jorge. Cualquier cosa con tal de poner el morro hasta el cielo. Es una justificación cojonuda para no cenar con nosotros. Así es ella, un desastre. Menos mal que Raquel no se deja engañar por los falsos componentes sentimentales y ve con claridad lo que hay, menos mal. Le he contado a Raquel que hace unos días le envié un mensaje lastimero, pidiendo árnica; sin recibir respuesta, por supuesto, o por desgracia. He pasado la tarde a tope en el PC, pasando a esta bitácora un montón de páginas del cuaderno AIRPORT. Un poco de todo; versos, canciones, pensamientos, recuerdos sorianos; en fin; y algún dibujito.
Caminata mañanera por la ría hasta el puente Euskalduna, donde cruzo y recorro la Gran Vía para adentrarme en el Corte Inglés hasta la sexta planta: dos paquetes de medio kilo de café etíope -34€- y unas tarrinas golosonas para el señor Indalecio. El regreso... en metro desde San Nicolás. Tras dejar los trastos en casa, armado del carrito de la compra bajo al LIDL a comprar básicos: leche, agua, verduras, leche, huevos, yogures, cuajadas, cacahuetes. El rato largo desde que almaceno los víveres y reordeno la casa hasta que me concentro en la elaboración del menú del día lo relleno con relajada lectura en las páginas de «Marx para gatos»; con una bolita de pelo negro calentita sentada en mi regazo, con los auriculares sonando música levemente aleatoria en mi cabeza de chorlito, con estos mimbres yo soy, resumiendo, feliz, no necesito mucho más, quizás calorcito y un corazón contento, como dice la canción. Menú. Vainas con patatas y pechuga pavo a la Air Fryer; con las patatas ya cocidas preparo puré para montar un plato combinado de exquisita manufactura. Después de comer llegan las horas del apalanque digestivo: lectura y relax. Poco después de las siete reaparece Raquel, que ha salido a su clase de yoga, y cenamos sopa de fideos con huevos escalfados -el caldo de cocer las vainas- y yogur o cuajada. Durante la cena vemos episodios ya vistos de Juego de Cartas -alubiadas en la Arboleda y en las Encartaciones-. Un gran día relajado. Esther sigue en sus trece, afanada en mostrar al mundo familiar lo bien que se lo monta sin contar con nosotros; qué mujer, por Dios.
Alubiada en:
Arboleda: León XIII Arboleda: Carmen Berria Valmaseda: Pincho y noséqué Gordejuela: no me acuerdo del nombre
Esta mañana, tras ver el encierro, hacemos sesión con Maite; piernas, y yo no fuerzo más de la cuenta, por si las moscas, que diría aquel. Como la mañana más común he bajado tirando del carrito hasta el BM a comprar líquidos y sólidos; agua con gas, leche, lomo adobado, pistachos tostados, queso fresco de Santi; etc. De regreso me obstino en dedicar horas a la sana contemplación, impelido por los sabios pensamientos del coreano germano... En ello estoy, con la intensidad de la obrita «La sociedad del cansancio». Raquel se tira media mañana retocando su imagen, preparando su entrada en escena en el evento programado para el mediodía: la comida en el Baskook con Ima, Nekane, Santi y quizás alguien más que desconozco. Casi a eso de las dos marcha feliz y contenta. Yo me relajo en la butaca con el muchacho dormitando sobre mis piernas, tan a gusto ambos. Ya casi a las cuatro me he quitado al Indi de encima y me he preparado una ensalada pantagruélica a base de una lechuga (entera y verdadera), un puñado generoso de rúcula, una cebolleta mediana y tacos de queso de Burgos; riquísima. Tras saciarme me he tirado en el sofá a prácticamente nada de relevancia -de relieve¿?-. A media tarde he picoteado un poco, a base de queso fresco, cacahuetes, mejillones en escabeche y Lays de Luxe -un puñado pequeño-. Sobre las ocho Raquel da señales de vida: no parece estar fatal, solo un poco pedete -bastante-. Antes de las nueve ya estoy en la cama viendo un par de capítulos de Matabot. Raquel llega a eso de las once; más mal que bien; pero bueno.
Veamos, no es sencillo, todos los días me pasa, o en todas las ocasiones. El caso es que me pasa casi siempre que los recuerdos recientes se esconden en una neblina espesa, opaca, impenetrable. He de concentrar mi mente para acceder al cajón secreto del día a día, en el que todo es un gran revoltijo de imágenes confusas, lugares comunes e itinerarios gastados por pisadas de goma y aceras recién regadas con naranja nuclear; «lo de siempre». Me he sentido más ligero, como levemente elevado sobre mis fúngicos pinreles, y me ha parecido una gran idea caminar sin rumbo y dejar que sea el azar el que me lleve a un destino inevitable por cotidiano. Pocos puntos en la columna de "asuntos pendientes"; uno que es recomendable tachar: pasar por un punto de recogida de Celeritas a entregar el Hub USB que compré hace unos días por Amazon y que resultó ser una compra errónea (el conector de entrada al hub no era el adecuado para conectar al portátil), y hacer la devolución. He paseado en una mañana levemente cálida, casi en modo "manga corta", por los aledaños de Garamendi, donde está el punto de recogida más cerca de casa, el de la tienda de chucherías; pero no abren hasta las diez y son las nueve y cuarto. «¿Qué hago?». Una gran pregunta; difícil resolución. Parece que dejar correr el reloj mientras redesayuno en un bar, el de Maite por ejemplo, podría ser una buena opción; pero no me apetece lo más mínimo, y doy la vuelta, consulto en el móvil otros puntos de recogida y veo que uno me queda cerca, el de «Viajes Halcón», que está en una lonja pegada al Piérolas; perfecta opción. Tras hacer efectiva la devolución detengo unos segundos el pensamiento y la mirada soñadora para tomar una dirección que me lleve a alguna parte. Hay diversas posibilidades, algunas de componente meramente ocioso y otras con cierto matiz de utilidad; esto último es lo que me convence. Me dirijo por el Carmelo, por Iturriaga y por Cocherito de Bilbao, hacia mi destino en la general de Galdácan...
TÚ DALE A UN MONO UN TECLADO / OPINIÓN Cómo educar a una generación de tontos
Por Alberto Torres Blandina Valencia-Plaza
4/02/2021 - Ayer me llegó un mensaje del padre de un alumno mientras yo estaba en clase pasando lista. ¿Qué puede hacer mi hijo voluntariamente para subir nota?, me preguntaba. Su hijo, de quince años, estaba por casualidad delante de mí en ese momento sacando el material de clase. Se me ocurrió que tal vez el niño era mudo pero recordé que no, que varias veces le había mandado callar. ¿Tal vez es muy tímido? No, no era tímido. Su relación conmigo era buena, incluso teníamos cierta confianza. ¿Es entonces que su padre piensa que es un incapaz? ¿Que es tan tonto que no sabe preguntarme él? Porque a mí nunca me pareció tonto... Hay una gran cantidad de padres convencidos de que sus hijos son realmente idiotas. Porque esto no es un caso aislado: ¿Qué debe hacer mi hija para recuperar el examen? ¿Qué libro de lectura debe comprarse? ¿No le traumatizará una charla sobre transexualidad? Voy a decir una cosa que tal vez sorprenda a muchos: No, los niños y los adolescentes no son idiotas. Siento que os tengáis que enterar por mí pero no lo son. Aunque a lo mejor, con el tiempo, entre todos conseguimos hacerlos idiotas, eso no lo descarto... Dice el psicólogo social Jonathan Haidt en La transformación de la mente moderna que el número de niños alérgicos a los cacahuetes se triplicó en quince años desde finales de los 90. ¿La razón? Los padres, para proteger a sus hijos de esta alergia, comenzaron a comprar solo aquellos productos sin trazas de cacahuete. La industria alimentaria, adaptándose a este impulso, eliminó toda traza de cacahuete. Los medios de comunicación, atentos a este nuevo miedo, alertaron a la población del peligro del cacahuete aumentando la alerta de las madres. Quince años después los niños con alergia eran tres veces más. ¿Por qué? Pues por el mismo efecto de las vacuna...
Cubre una bandeja apta para horno con papel vegetal, y coloca los cacahuetes.
Hornea unos 3 o 4 minutos hasta que queden dorados (vigila que no se tuesten demasiado).
Cuando estén templados, vierte los cacahuetes en el vaso donde los vayas a triturar.
Añade el aceite de coco y tritura.
Añade las cucharadas de panela y sigue triturando. Si te gustan los tropezones no tritures demasiado, y si no te gustan, tritura hasta conseguir la textura deseada. (Conseguir una especie de mantequilla te llevará unos 7 minutos).
Conserva la crema en un tarro hermético y reserva en la nevera
Corta las pechugas en rebanadas de entre 5mm y 1cm de espesor.
Corta las verduras en trozos grandes (como del tamaño de un gajo de mandarina aproximadamente).
Coloca el aceite de oliva en un cazo grande (o un wok, si lo tienes) y llévalo a fuego medio alto hasta que esté bien caliente (sin humear). En ese momento, añade el pollo y déjalo cocinar durante unos 5-6 min removiendo constantemente.
Agrega el ajo y el jengibre y sigue removiendo un par de minutos más. Añade las verduras, los cacahuetes y la sal. Recuerda que la salsa de soja ya es bastante salada, así que coloca solo la mitad o un tercio de la sal necesaria. Remueve ocasionalmente durante unos 6-7 minutos.
Añade la salsa de soja y el almidón de maíz, remueve por última vez, apaga el fuego y deja reposar unos minutos.
Se puede servir acompañado de arroz blanco, que puedes preparar siguiendo estas recomendaciones.
El toque: justo antes de servir, un chorrito de aceite de sésamo tostado por encima.
El toque “delux”: sustituye los cacahuetes por anacardos o almendras.
Las sobras se pueden conservar en un recipiente hermético en la nevera durante dos o tres días. Las puedes usar para una pasta tipo “noodles”.