Ya es mucho pedir que usted lea el libro raro. Porque hay libros raros, un reguero de extrañezas literarias que va perfilando el cuerpo de una literatura menor, marginal, totémica que sólo leen unas mil personas en todo el planeta Tierra. Son como hijos tontos, los libros raros. Como sellos que salieron torcidos, monedas, billetes también. Los libros raros, después de los clásicos, son el gran tesoro de la creación literaria. El clásico genera imitaciones; el libro raro, genera silencio. El silencio a veces es mejor.
Hace años, me di a los libros raros y les pongo algunos ejemplos para ir centrándonos. Está el Libro de las preguntas, de Neruda, que son todo versos entre interrogantes; también únicamente con preguntas se escribió la novela El sentido interrogativo, de Padgett Powell. Luego estaba Perec y la banda de OULIPO que escribían siguiendo planos inmobiliarios o combinaciones infinitas de versos ( La vida: instrucciones de uso; Cien mil millones de poemas, Raymond Queneau). Están los libros de David Markson y los Me acuerdo, de Joe Brainard. Libros con las hojas sueltas se han hecho varios, como Composición nº1, de Marc Saporta. Novelas en tres líneas, de Félix Feneon; Centuria: cien breves novelas-río, de Giorgio Manganelli: hay muchos libros raros que parten de la brevedad, del alveolo narrativo. Unos son mejores que otros, claro, no siempre funcionan.
El libro raro aspira, como supondrán, a la genialidad; de ahí para arriba. Se busca hacer un libro único, irrepetible, ya decimos, pero muy sencillo. La casa de hojas, de Danielewski, o La broma infinita, de Foster Wallace, no son libros raros: son la descomunal y enmarañada incapacidad para hacer un libro sencillo y genial.
Sencillo y genial es Me acuerdo, de Joe Brainard. Sólo hay que poner "Me acuerdo…" y acordarse de algo verdadero y bonito de tu vida, y hacerlo durante ciento y pico páginas. Me acuerdo es el mejor libro raro de todos los tiempos, una obra a la altura de Proust. leer más |