 Los idiomas sirven propósitos instrumentales. Se resumen a códigos organizados a través de los cuales desarrollamos las necesidades gregarias de nuestra especie. Ya sé que la descripción es árida, espesa, no arrebata, nadie se dispondrá al martirio por ella, máxime si comparada a los relatos gestados en cuna nacionalista. Pero se acerca más a la realidad que el mito de la Torre de Babel.
De hecho, el mito es antiguo, pero no hay evidencia de que sus resultados hayan creado problemas a la Humanidad hasta los últimos cien años. Lo dice Eric Hobsbawm para explicarlo en seguida de manera inapelable: los idiomas dejaron de ser lo que las personas dicen o, en sentido más emocional, lenguas maternas, para convertirse en atributo de nación. Fueron mezclados con percepciones – énfasis en ‘percepciones’ –de prestigio, derechos económicos y sociales. Adquirieron, por lo tanto, una capacidad política que nunca tuvieron. En resumen, y siguiendo al historiador inglés, el nacionalismo les otorgó su «carácter explosivo».
Nada de esto hubiera sido posible sin los bulos impregnados en el tejido social por esencialistas de diferente índole. Exponente del marxismo en la historiografía contemporánea, y por ende inmune a simpatías franquistas, Hobsbawm refuta dos de ellos. Primero, la identificación de nación con lengua no es un hecho, sino una invención ideológica reciente. Segundo, la coexistencia de diferentes idiomas en el mismo país, incluso en la misma persona, es la norma histórica. Añadiría un tercer punto: hoy se reivindican derechos históricos para idiomas cuyo cuerpo actual deriva en gran medida de neologismos forjados entre el siglo XIX y el XX, razón por la cual guardan poca relación con sus formas prístinas.
Por todo esto, eché mano de alguna bonhomía para leer en El Correo a Paul Bilbao, secretario general de Euskalgintzaren Kontseilua, defender el euskera como lengua vehicular – léase, hegemónica – en el Pacto Eductivo vasco, firme en su convicción de ... leer más |