 En el salón de casa quedaba pendiente colocar una de las dos persianas que compré en Zarátamo hace unos días; y digo «quedaba» porque ya, a estas horas vespertinas, ya no queda: con esfuerzos moderados y habilidades preaprendidas -y con la ayuda infinita de Raquel- la persiana vieja, la que ya había cumplido más de un cuarto de siglo, ha pasado a ser un bonito y entrañable recuerdo y a ser reemplazada por una versión en aluminio blanco y ligero que nunca la hará olvidar, en su esencia persianera, pero que cumplirá con esforzada dedicación sus funciones y sus disfunciones -esperando que las disfunciones tarden muchos años en volver a hacerse presentes entre nosotros, en el mundo de los vivos-. Mientras, Raquel se ha sumergido en la vajilla y las cazuelas para al cabo de un par de horas de cocciones y frituras servir en los platos más hondos varios litros de sopa de pescado; un delicioso caldo salpicado de sabrosos trozos de rape y congrio, de roscas de langostino y bivalvos de ría y playas; una sopa de pescado de categoría. Digámoslo: Raquel lo ha bordado. He comido como un rey sin corona. A lo largo y ancho de las horas de la mañana en esta casa han pasado multitud de sucesos extraordinarios, como era de esperar, claro. Se ha retirado a golpes la cubierta plástica de la caja de la persiana que mira al sur y al patio de la vecindad del número cincuenta para con esmero colocar en su lugar un virginal paño de Zarátamo, en prístino blanco inmaculado, en ligera estructura de aluminio, una persiana Muñoz de belleza incomparable. No ha sido tarea fácil, pero con paciencia y esmerados cálculos mentales el objetivo soñado se ha hecho realidad; Raquel ha aportado una colaboración que ha sido, también, bienvenida. Señalar que mientras yo me ocupaba de bajar a los contenedores de basura el viejo paño de plástico color marrón y la bolsa 50L con los restos de arena y meados del Indi, Raquel ha dado un repaso de limpieza intensiva a la ventana recién persianeada, uno de... leer más |