Sierra de la Pandera, en la provincia de Jaén, el punto más elevado de la Sierra Sur jienense, con 1.872 metros de altitud. Desde sus cumbres, la depresión del Guadalquivir, la ciudad de Jaén y las montañas de Sierra Nevada se contemplan como si formaran parte de una gran maqueta natural.
Y nunca mejor dicho. Raquel va a la Central de Archanda porque se ha enterado de que va a estar Murtra y el Lehendakari Pradales en algún acto de algún tipo. Ha avisado a Pau para no estar sola y han quedado. De entrada esa movida anula la clase con Maite de piernas, porque yo además no estoy en mi mejor momento con el gripazo. Así que Raquel sale y yo me quedo a mis anchas, enfermo, pero a mis anchas. Me he dedicado unas tres horas de aseo y relax, desde las nueve y media hasta las doce y media. Hasta las nueve y media me he puesto con mis cosas de la bitácora y las lecturas, hoy le ha tocado a Duchamp y al pelma de Uclés. A partir de las nueve y media ésta ha sido la secuencia: corte de pelo, ducha, afeitado, depilación corporal en el despachito y depilación de las extremidades superiores en la terraza. He quedado hecho un pincel, pero me sentía como un guiñapo, acosado por los virus; moquera incesante, dolor de mollera, flojera general: moquera, mollera, flojera. Cansado me he apalancado en la butaca para ver un rato el partido de semifinal del Abierto de Australia entre Alcaraz y Zverev y para resucitar una mini tableta que me h encontrado por ahí -no tengo ni idea de sus orígenes...-. La tableta funciona, increíble. Alcaraz ha vencido tras cinco sets y cinco horas y pico de partido, con calambres y vómitos en el tercer set, un partidazo; a continuación Djokovic ha dado pasaporte a Sinner en otros cinco sets épicos -qué bueno es el serbio-; nos espera una final de las inolvidables -Tachón estará preparando las palomitas-. Tan a gusto en mi butaca comiendo cacahuetes y me llama Raquel para proponer salir a comer fuera. De entrada he estado tentado de negarme, por sentirme como un trapo, pero se me ha encendido la lucecita y he sido consciente de que la nena se moría de ganas de salir un poco por ahí, a lo que sea, y le he dicho que sí, que de puta madre, pero que se encargara ella de todo, de elegir restaurante y de hacer la reserva, eso sí, yo le he sug...
Ante la pregunta «¿qué es ... ?», los maestros zen reaccionan no pocas veces con golpes de bastón. Donde son impotentes las palabras, se usan también fuertes gritos.
Religión sin Dios
Hegel equipara el concepto central del budismo, la nada, simplemente con Dios
[ ... ] la nada y el no ser es lo último y supremo. Solo la nada tiene verdadera subsistencia, toda otra realidad, todo lo particular no tiene ninguna. Todo ha salido de la nada y todo vuelve a la nada.
Dios, él es lo infinito; yeso significa: Dios es la negación de todo lo particular.
«Un monje preguntó a Dongshan: ¿qué es Buda? Dongshan respondió: tres libras de cáñamo».
Ayer, hoy, es como es. En el cielo sale el sol y se pone la luna. Ante la ventana se alza la montaña en la lejanía y fluye el profundo río.
Lluvia de invierno un ratón corre sobre las cuerdas de la mandolina. BUSON
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Con esta ausencia de Dios el mundo se queda sin el fondo que le sirva de fundamento. El fundamento es el suelo para echar raíces y estar. La edad del mundo que se queda sin fundamento está suspendida en el abismo.
Todo lo que en el cielo y así bajo el cielo y con ello en la tierra brilla y florece, suena y emite aroma, sube y viene, pero también se va y cae, se queja y calla, y además palidece y oscurece. En esto familiar al hombre [ ... ] se aviene el desconocido, para permanecer allí protegido como el desconocido. Así el Dios desconocido aparece como el desconocido por la patencia del cielo. Este aparecer es la medida en la que se mide el hombre
Heidegger piensa la cosa igualmente desde el mundo. Según este filósofo, la esencia de la cosa consiste en hacer manifiesto el mundo. La cosa congrega, en ella se reflejan la tierra y el cielo, lo divino y lo mortal. La cosa «es» el mundo. Pero en Heidegger no cada cosa es capaz de hacer que aparezca el mundo. La coacción...
Kurt Vonnegut Jr. (Indianápolis, Indiana, 11 de noviembre de 1922-Nueva York, 11 de abril de 2007) fue un escritor estadounidense, cuyas obras, generalmente adscritas al género de la ciencia ficción, participan también de la sátira y la comedia negra. Es autor de catorce novelas, entre las que destacan Las sirenas de Titán (1959), Matadero cinco (1969) y El desayuno de los campeones (1973). Como ciudadano, toda su vida fue seguidor de la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles. Era conocido por sus ideas humanistas y fue presidente honorario de la Asociación Humanista Estadounidense.
Kurt Vonnegut pertenecía a la cuarta generación de una familia de inmigrantes alemanes en Indianápolis. Durante su época de estudiante en la Shortridge High School de su localidad natal,[4] trabajó en el primer diario publicado por una escuela secundaria, The Daily Echo. Durante un tiempo estudió en la Universidad Butler de Indianápolis, pero abandonó los estudios cuando uno de sus profesores le dijo que sus relatos no eran lo bastante buenos. Entre 1941 y 1942 asistió a clases en la Universidad de Cornell, donde trabajó como ayudante de director editorial y editor asociado para el periódico de los estudiantes, el Cornell Daily Sun. Allí estudió bioquímica. Durante su estancia en Cornell fue miembro de la hermandad Delta Upsilon, tal como lo había sido su padre. Sin embargo, a menudo habló de su trabajo en The Sun como lo único verdaderamente grato de su estancia en Cornell. Ingresó en el Instituto de Tecnología Carnegie (hoy Universidad Carnegie Mellon) en 1943. Sólo permaneció allí un breve período, ya que poco después se alistó en el ejército, para tomar parte en la Segunda Guerra Mundial. El 14 de mayo de 1944, Día de la Madre, se suicidó su madre, Edith Lieber Vonnegut.
La Segunda Guerra Mundial y el bombardeo de Dresde La experiencia de Vonnegut como soldado, y luego como prisionero de guerra, durante la Segunda Guerra Mundial, tuvo una...
Hoy es hoy y «esto» no, «esto» es ayer, por lo que no me exijo coherencia ni precisión; y recordar a todos que los hechos pierden su categoría "real" en el preciso instante de pasar al archivo del pasado... Sí, el archivo que todo lo contiene, todo subsumido en una solución de los tres o cuatro elementos fundamentales y colocado al azar en compartimentos intercambiables y donde nadie se ocupa del registro y, de existir tal cargo, el de archivador diplomado, de existir no quepa duda a nadie que el proceso de selección ha sido presidido por algún psicópata de los muchos que están afiliados a un selecto club, al mío, al club de la humanidad extinta. Ayer, miércoles en reserva de mendis, montes, muelas, lomas y naturalezas inhóspitas, las actividades inscritas en el rango físico las dejamos en segundo plano, como esas aplicaciones misteriosas que se usan poco pero siempre están activas, atentas a cualquier oportunidad interesante; ayer las actividades que se hicieron predominantes tuvieron como eje central la concentración, la improvisación y la determinación. Sí, me dieron las siete de la tarde, cuando ya el sol había abandonado nuestra vega ribereña y sus destellos iluminaban las nubes del Oeste con unas tonalidades amarillentas hipnóticas -alguna instantánea tiré, con resultados mediocres, y más tarde eliminé-, cuando levanté la vista de la pantalla de cristal y relajé ambas manos mi perspicacia dio por finalizada la magna obra que en estilo «Detallismo Singular» llevaba construyendo desde un acumulado de horas cercano a la media centena. El esfuerzo había merecido la pena; pero... El «pero» era que un detalle central de la obra deshacía como azucarillo en leche caliente la sensación de triunfo y transformaba el placer en satisfacción fútil, y todo por un momento en los inicios titubeantes, cuando al personaje central le coloqué en la mano izquierda algo que quería ser 18De cuando en invierno la lluvia golpea en los cristales
domingo, 25 de enero de 2026
De cuando en invierno la lluvia golpea en los cristales. Aquel que un día fue un muchacho temeroso ha dejado atrás el calor del hogar y en los puestos de los vendedores ambulantes del Arenal ha echado a volar su polvorienta memoria para que la mirada pudiera buscar tesoros en las apretadas filas de volúmenes diversos a precio de saldo, de un entonces de esa manera fue de donde quedaron en el macuto a cobijo del temporal unas páginas abigarradas en original nipón. 15€ y 12€. 1Q84 Libros 1 y 2, 1Q84 Libro 3. Haruki Murakami en su más expresiva esencia.
El proceso gripal, la contaminación vírica, la desagradable enfermedad, todo ello no mengua, profundiza en los síntomas y cansa. Esta mañana he consumido mi última píldora de Frenadol y necesito más, ahora no es momento de cortar el tratamiento, por lo que no me queda otra que ir una farmacia dominical a reponer existencias; a la vuelta de casa hay una que no cierra nunca, como suena, nunca; es una farmacia que su parte trasera es visible desde nuestra terraza. Raquel me pasa un WhatsApp para indicarme que compre también Fluimucil Forte 600; me gusta la idea, incluso estoy valorando la posibilidad de adquirir un surtido de misiles y minas antipersona... El tiempo está revuelto, en la tele hablan de nieve y lluvia a destajo. No veo con claridad qué tipo de atuendo es más adecuado; además estoy con la idea en la cabeza de aprovechar la salida boticaria para caminar un rato y así mover la sangre por todo el cuerpo. Calcetines nuevos Primark, pantalón campana, camiseta negra manga corta, sudadera de algodón, chaleco acolchado gris, y braga de lana, y guantes, y macutito AliExpress. Hecho un adán que salgo. Hecho un adán que inauguro el ascensor del LIDL, que me viene al pelo. En fin, farmacia XXL y ruta descendente hacia la zona de la Encarnación, por calles del barrio que jamás han hollado mis pies. Un deambular que sintoniza a la perfección con mi modo de deambular, sin rumbo pero con destino. Una vez dejo a ...
Durante años se ha repetido un cliché cómodo: «Los jóvenes son de izquierdas, cuanto más radical mejor; luego, con la hipoteca y los niños, se vuelven moderados». Era una narrativa funcional para una cierta izquierda: bastaba con esperar a que la siguiente generación pasara por la universidad, se indignara un poco y votara disciplinadamente a quien prometiera revolución en prime time.
Ese ciclo se ha roto. Las urnas lo dicen sin necesidad de entrar en porcentajes finos: la ultraizquierda pierde voto joven, pierde capacidad de arrastre, pierde credibilidad. Y, como ocurre siempre que una Iglesia pierde fieles, la tentación es culpar al feligrés: «Son hedonistas, individualistas, víctimas del algoritmo, fascistas en zapatillas, adoctrinados por un franquismo sociológico que se esconde en todas las esquinas». Es más incómodo aceptar la pregunta real: ¿Y si el problema no fueran ellos, sino el relato que se les ofrece? ¿Y si el problema fuese que tenemos la izquierda progresista más conservadora y nostálgica de la historia?
La generación posdigital —la que ha crecido con un móvil en la mano y una crisis a la vuelta de cada esquina— vive en una realidad mucho más dura y compleja de lo que sugerían los viejos panfletos revolucionarios. Saben que el alquiler se come la nómina, que el empleo es frágil, que la promesa de ascenso social se ha estrechado. Pero también saben algo incómodo para la ultraizquierda: que nadie les va a regalar una vida. Que su supervivencia pasa por combinar estudios con trabajos precarios, por aprender a programar mientras hacen de riders, por inventarse oficios que no existen todavía.
Saben que el problema no es discernir si hay 50 o 2.000 tipos de género, ni un «heteropatriarcado» en forma de eslogan, ni la existencia de una especie de «liga de las sombras» fascista que les manipula, ni esta especie de proyecto charocrático que les quieren vender. No. Su realidad es mucho más pegada al terreno. Y, para pánico y terror de la iz...
No voy a dar más pábulo del necesario a este miércoles tan ilustrado con imágenes de pañuelos tisúes, papel al viento, escamas de piel de cacahuete, sedosos cabellos negros felínicos y una ausencia en pandilla dipsomaníaca hasta mucho más allá en el tiempo del ocaso, con un fondo de nubes grises y ráfagas de viento desaforadas. No lo voy a hacer porque no merece la pena poner luz en un lugar oscuro por propia voluntad, o por deseos nunca hechos carne y recuerdo. Soy así, sé que mantenerme en el sendero del descreimiento me aleja del tumulto de la humanidad hiperconectada -donde yo también me estoy manifestando en silencio, exponiendo mi verdad, en color y en blanco y negro- y que poco a poco me estoy convirtiendo en quien soy, abandonando la piel de un ser contradictorio e incoherente para vivir mi realidad al ritmo de mis pensamientos. No es fácil ser auténtico, casi es imposible; pero esto no es nuevo, así ha sido siempre, desde tiempos remotos, desde los orígenes. El sentido de la vida es llegar a ser uno, sin dobleces ni claroscuros; nada fácil, ya digo. Este miércoles no ha habido montañeo en grupo singular. En un primer embate yo me deslicé fuera del foco, por mor de mi calamitoso estado febril. Y en un segundo embate el resto de compañeros se bajaron de las botas de monte; la justificación tuvo algo que ver con la previsión meteorológica que anunciaba vientos como huracanes, peligros en cada abismo, mieditis sin más. Cierto que hacía mucho viento, no lo voy a negar, pero tampoco se puede negar que la ruta que había propuesto Jon estuviera expuesta al riesgo de una ráfaga mortal; no, que va, la ruta consistía en dar la vuelta al pantano de Maroño, 7 kilómetros de paseo entre pastos verdes y arboledas de hojas perennes -en los enlaces la dejo inscrita-, un paseo perfecto para montañeros de tres al cuarto -es que no me gusta presumir, pero lo cierto es que si no me ocupo de buscar una buena ruta, Jon se esfuerza un mínimo y propone rutas archirepetidas ...