 Indi me saca de la cama cuando la oscuridad todavía enseñorea las calles y el silencio se escucha allá donde... se mire. No me importa. Las horas previas al amanecer son para mí un preciado refugio donde dar rienda suelta a mi pensamiento y a mi creatividad. Raquel también madruga; le pido que me deje espacio y tiempo y que espere en calma el momento para comenzar la rutina yóguica. Me da ese margen y todo fluye en paz. En «Mi rutina de Yoga» todos los momentos tienen coherencia y todos los esfuerzos conducen a lugares mentales donde se acompasan los pensamientos con los flujos corporales; es una maravilla. Esta mañana he constatado cómo la repetición y la constancia consiguen aumentar la capacidad de los músculos y los tendones, y todas las sensaciones son positivas. Me hago de rogar, pero me gusta. Estamos en el apogeo de las fiestas de Bilbao; viernes de Semana Grande / Aste Nagusia. Raquel ha propuesto ir a la Pérgola del parque de los Patos a ver, como el año pasado, las actuaciones de las bilbainadas, por hacer algo; y seguido comer en los alrededores; es un buen plan. En el tema «comer» hemos hecho una reserva en un «griego» de Pozas, uno que tiene compinche en Fernández del Campo y que ya conocimos en su momento (a mí me resultan ambos bastante indiferentes, pues no dejan de ser unas franquicias enfocadas a dar de comer de aquella manera y ofrecer un servicio de una calidad muy poco profesional; pero es lo que hay). La reserva es para la una y media, bien pronto, como me gusta a mí; de hecho la hora elegida es cosa mía, dejarlo para más tarde no aporta nada bueno, se rellena el tiempo con alcohol y no creo que sea ésa la mejor idea. Hasta la hora de salir, que hemos pensado sobre las once, me he puesto cómodo en la butaca y he disfrutado de una buena cantidad de páginas del «Tokio Blues» de Murakami. Once y pico. Bajamos por Iturribide al asco Viejo. Cruzamos el Puente del Arenal. Está todo atestado de gente, se mire donde se mire. Por la G... leer más |