Comienza una semana capital, diferente, acojonante, liberadora y regeneradora. Ésa es la idea, ésa; más tarde, el tiempo pone a cada cual en su lugar correcto, el que ocupa la existencia, el pasado, el presente y el futuro, todo lo que se es: aquello que transcurre desde el germinar hasta el marchitar, desde el principio de todas las cosas y hasta el fin de los tiempos, los míos. No habrá ocasión para dar más besos, sonrisas de amor. No habrá un lugar que ocupar, un mundo al que dar cuerpo y mente. Ya no habrán sueños a medio recordar, ni pesadillas a olvidar. El tiempo comienza y se detiene; otros cogerán el relevo y lo pasarán a su debido momento. Ésta es la realidad de las cosas. Hoy he comenzado el peregrinar por los lugares de culto al cuerpo, donde las sacerdotisas de la diosa de la fortuna y los sacerdotes de lo imposible hacen las magias de la sanación, las alquimias de los elementos y las cirugías de la carne. Ahí he ido con el corazón caliente y la voz que me cuenta lo maravilloso que es todo, que no son de ayuda los recomendaciones hipocondríacas que me cuenta alguna otra de las voces que quiere infundir en mí temor y dudas, que todo va a salir a pedir de boca. Otra vez me recuerda, como aquel esclavo que caminaba a la vera del César, que yo «ya estoy amortizado», que todo el tiempo que me espera más adelante es un regalo y una oportunidad para levantar poco a poco el pie del acelerador de los deseos. [...] Poco después de las 8:30 -mi cita era a las 9 en punto- me presento ante el mostrador de Recepción de la Clínica de la Cruz Roja, la que tiene la entrada en el chaflán entre Alameda de Urquijo y Doctor Areilza. He ido caminando; caminando a buen paso, buscando el trayecto más cómodo y más tranquilo, y, por supuesto, llegando antes de tiempo -siempre me doy margen con el asunto del tiempo, prefiero esperar a dar explicaciones y pedir perdón-. Esta vez ha habido suerte -es lo más habitual- y según he llegado me han pedido los datos y me han... leer más |