 Con la inercia del lunes festivo esta mañana, nubes blancas y ráfagas sureñas, he reincidido en la salida a caminar por las márgenes del Nervión. He bajado del barrio por las mañanas resacosas de Iturribide, dejando a mi paso estelas de personas sin encaje, para dar con mis huesos en el camino de muchas mañanas. Quizás amenace lloviznas pasajeras, quizás debí llevar paraguas plegable en la mochila; quizás. Para evitar males mayores me adentro en Deusto a la altura de los terrenos de la cervecera con la mente puesta en objetivos sencillos: contactar con Susana para ver qué hay de lo mío; pasar por el Mercadona a comprar cosas del Mercadona; entrar al PrimaPrix de la Avenida Madariaga a comprar plantillas anatómicas para los pies castigados de un jovencito resabiado. Cosas sencillas y sin alteraciones pulsares. Susana me dice que no me olvida; bien. En PrimaPrix compro plantillas y pasta de dientes; bien. En el Mercadona cosas variadas: grisinis, ricota, tofu, coles bruselenses, chuperreteos (objetivo inicial), espuma de afeitar, etc; bien. Tras regresar en metro a casa, me pongo manos a la obra con las elaboraciones de la comida. Limpio las coles y las voy salteando lentamente. Limpio una lechuga y la dejo a remojo para posteriormente montar una ensalada con cebolleta y pipas de girasol. Pongo unos solomillos de pavo a macerar en un batiburrillo de los míos, especias, etc. Y hago tiempo hasta la hora de encender los fuegos y cocinar. La comida: de diez, a tope de saludable y de sabrosa. Más o menos éste será el menú que pondré sobre la mesa cuando el viernes venga Tachón a comer para celebrar mi cumple, y el suyo, claro; intercambio de regalos incluido. Y el resto del día en modo relax, hasta la hora de cenar una sopa de fideos y una tortilla de champiñones. Lectura intensa en «Crónica del pájaro que da cuerda al mundo»; es un sumergirme en el universo de Murakami, donde todo es paz y sabiduría, y honestidad a manos llenas. |