 He instalado andFTP en la Picasso.
Raquel está pocha, algún virus intenta doblegar sus defensas, sin éxito. Yo cuido de ella y no escatimo esfuerzos... mimos, caprichos, sopitas de pollo, sandwiches de jamón York, cariñitos y un gatito sinvergüenza. La fiebre parece no estar presente, aunque su frente irradia más calor de lo habitual. Veremos. Cuando el sol ilumina el espectáculo de nuestros días y cuando he leído, escrito, dibujado, cuando Raquel me reclama actividad (que tiene guasa la cosa) me ducho y me largo a caminar sin objetivo concreto. Bajo al nivel del mar por la calle en cuesta, por Iturribide, el escenario de mis desatinos iniciáticos. Hace frío, pero solo llevo un polar verde sobre una camiseta XS de Primark, negra, que muestro al universo desde los parterres que adornan la margen frente al Guggenheim, atuendo agradable cuando camino al sol, atuendo insuficiente cuando paso por zonas de sombra. A la altura del edificio de IDOM recibo llamada mimosa, "hoy quiero sopita de pollo, los cardos mejor mañana", y no me pilla de sorpresa -nos vamos conociendo -. Inicio regreso al término de la División Azul, subiendo al metro en la Plaza de Levante. Disfruto de mi mismo, música en ristre y palabras en el fondo del paladar. Antes de ir a casa hago compras en el BM; muslos de pollo, una carcasa de pollo, filetes de lomo ibérico adobado, leche, jamón de Basarratxe, queso de Santi, dos latas de espárragos 8€ u. Una salida y un retorno: dos momentos deseados, y un intermedio dulce e íntimo. Preparo dos perolos de caldo, uno con la carcasa, puerro y cebolla; otro con las verduras, sin puerro, y los muslos previamente marcados en la olla. El aderezo es una de las claves, el tiempo otra. Ambos caldos se cuelan y se almacenan; parte del de los muslos está predestinado a servir de alimento al mediodía, el resto se divide en varios tapers y se colocan en la balda inferior del frigorífico; prueba primera superada. Mientras llega el momento del cocinero, leo a Murakami; Crónica del pájaro que da cuerda al mundo; una maravilla; a cada párrafo más intensidad y más complejidad; una maravilla. Comemos; Raquel se acuesta a sudar lo suyo; yo coloco los trastos sobre las mesita del sofá, móvil, electrolibro, tableta Picasso, cascos, vasos de agua con gas, interdentales y los mandos de la tele y el Imagenio. La tarde se presenta íntima, creativa e inspiradora; las previsiones se cumplen. Hay bocetos coloridos y picassianos. Hay páginas y páginas, electropáginas a mansalva. A media tarde Raquel sale a mear y estirar las piernas: quiere sándwich. Saco la tostadora del trastero. Jamón de Basarratxe, lechuga, rúcula, tomate en rodajas, queso Ricota y mahonesa Artua; el pan integral sin corteza bien tostado, caliente y apetecible. El resultado es un sobresaliente; la nena lo goza y sin pausa regresa al confort de las sábanas; yo me entrego al espíritu picassiano y recreo un par de coloridos cuadros digitales, y lo gozo. Un gran hallazgo el chisme digital. Raquel dice que no quiere cenar, sólo un yogur, y a mí me parece bien; yo me monto otro sándwich con las sobras y tras lavarme los piños me acuesto electrolibro en ristre, dispuesto a todo, aunque Indi quiera poner palos en la rueda, como suele ser habitual. Una noche larga e incómoda nos espera... |