 Esta agitada noche he abrazado intensamente a mi padre, cuando maniobraba un coche marcha atrás y casi rozo a un automóvil azul aparcado detrás y en cuyo asiento del copiloto estaba sentado mi padre, Manuel. El rostro de mi aita ocupaba la escena, en un plano medio, mirándome fijamente. La impresión me ha dejado paralizado durante unos segundos, pero he reaccionado y he ido a su encuentro. Al acercarme al vehículo azul he observado, levemente sorprendido, que mi progenitor estaba, en realidad, en la realidad onírica, en pie junto a la puerta del conductor. Me he apresurado a ir hacia él y le he estrujado entre mis brazos, dejando un reguero de lágrimas sobre el hombro de su americana azul, también azul. El bigote frondoso y bien recortado, la corbata ajustada al cuello de una camisa del color de los sueños, todo en él era... Él. Un retazo de intensidad absoluta. Seguramente los sueños no significan nada, no hay mensajes ocultos, ni misterios que desvelar; seguramente son las cosas de la arquitectura cerebral, que aprovecha "sus momentos" para poner un poco de orden en el caos de la memoria - la mía muy alterada por consumos reiterados-.
El tiempo: frío y despejado, propicio para caminar hasta el Guggen. Guggenheim: María Helena Vieira da Silva. Cafetería del museo: tortilla, caña, retoques y electrolibro Murakami. BM: champiñones y lechuga. Menú: arroz con pollo, caldo de pollo, champiñones y sofrito; notable. Tarde: lectura hasta terminar "Crónica del pájaro que da cuerda al mundo"; maravilloso. Raquel: el trancazo está en su esplendor; ella lo combate con Frenadol Descongestivo y Couldina, mientras yo le cubro de mimos y atenciones. |