 Un romano virtuoso de la vieja escuela consideraba que un cristiano era malo porque aspiraba, por encima de todo, a su salvación individual.
No podemos imaginar cuánto han tenido que sufrir, en el transcurso de los tiempos, los individuos selectos, singulares y espontáneos, por el hecho de que se les haya juzgado sistemáticamente como malvados y peligrosos, y de que ellos mismos se hayan considerado así. Bajo el imperio de la moral de las costumbres, toda suerte de originalidad planteaba problemas de conciencia; el horizonte de los individuos selectos se presentaba más oscuro que lo que hubiera cabido esperar.
La relación recíproca entre el sentido de la moralidad y el sentido de la causalidad. Al aumentar el sentido de la causalidad, disminuye el de la moralidad. Conforme vamos comprendiendo que los efectos se siguen necesariamente y nos los representamos al margen de las contingencias del azar, desechamos paralelamente una gran cantidad de causalidades imaginarias que hasta entonces se creía que constituían el fundamento de la moral; al mismo tiempo hacemos que desaparezca del mundo una parte del miedo y de la coacción que implican las costumbres, así como una dosis de la veneración y de la autoridad que estas disfrutan. En suma, la moral experimenta una pérdida global.
Las ideas nuevas y divergentes, y los instintos opuestos han resurgido siempre, ello se ha debido a que se hallaban protegidos por un terrible salvoconducto: casi siempre ha sido la locura la que ha abierto el camino a las nuevas ideas, la que ha roto la barrera de una costumbre o de una superstición venerada.
«Lo que más beneficios ha deparado a Grecia ha sido la locura», decía Platón
Cómo volverse loco cuando no se está ni se tiene la valentía de aparentarlo? Casi todos los grandes hombres de la civilización antigua se han hecho esta pregunta
Las fórmulas para llegar a ser médico entre los indios americanos, santo entre los cristianos de la Edad Media, anguecoque entre los groenlandeses, paje entre los brasileños, son, en sus preceptos generales, las mismas; ayunos continuos, abstinencia sexual constante, retirarse al desierto o a un monte, o incluso encaramarse a lo alto de una columna, o «vivir junto a un viejo sauce a orillas de un lago», y, sobre todo, el mandato de no pensar más que en lo que pueda provocar el rapto y la perturbación del espíritu.
Este fervor conseguía muchas veces su objetivo: «En la época en que el cristianismo resultó ser más fecundo y ello se tradujo en una proliferación de santos y anacoretas, existieron en Jerusalén grandes “manicomios” para atender a los santos fracasados, a aquellos que habían sacrificado hasta el último vestigio de su razón».
Tales preceptos ratifican el gran principio que preside el comienzo de la civilización: el de que cualquier costumbre vale más que la carencia de costumbres. |