Apuntes de un jueves 8
jueves, 08 de enero de 2026

He terminado a eso de las siete y media de la tarde la lectura de «La caza del carnero salvaje», de Murakami. Una experiencia enriquecedora y estimulante.



{reflexión}
Fumaba cannabis porque sentía que era la manera de ser el que está dentro; no conocía otra manera. Esta tarde he pensado que a lo mejor no hay manera, no la necesito.
Esto ha sucedido mientras disfruto de un directo de The Babe Rainbow

5:30. Arriba, que no hay que perder un minuto de vida -cosa harto imposible -. Indi reclama su tiempo sin contemplaciones; cepillado, sobre Sheba, pienso seco de sobremesa, apertura de puerta de terraza, visita al arenero, etc; tiempo de calidad. Yo ahí no escatimo interés ni esfuerzo, de hecho creo que es de lo más positivo del día, en cuanto a satisfacción personal me refiero.
6:00 a 8:00. PC en toda su esencia. Limpieza de entradas en mi propio usuario del WhatsApp, que lleva acumulando material desde hace semanas. Me pongo a ello y le meto meneo; inserto unas cuantas entradas variadas, tipo "historia" o "infotecno". Me tomo mi buena taza de café indonesio y visito por dos veces el retrete -ayer comimos garbanzos...-.
Y sesión de piernas con Maite: a tope. No tiene novedades. Confiesa que está haciendo de máster con su Jon, y que le protesta y no me extraña.
Seguido le doy meneo a la casa y... vacío la caja de las pesas para estudiar el estado de las ruedas rojas: dos andan bastante atascadas, por lo que se impone sustituir y para ello hay que visitar Leroy Merlín, no queda otra. Me disfrazo de caminante del asfalto y salgo. Hace frío pero voy con camiseta negra de manga larga, chaleco guay y en la mochila un polar azul claro; también guantes y gorra.
Sí, hace frío, pero me da igual, incluso me gusta.
{hasta aquí he escrito en el trayecto suburbano entre Santutxu y Barakaldo BEC}
Ha sido gozoso e intenso el rato del viaje en metro, unos veinte minutos, inmerso en la escritura, concentrado en el relato, sumido en la ignorancia del prójimo que arropa y da calor -Estado de flujo-. Al salir a la intemperie me ha saludado el frío del día, de calidad superior cuando soplaba el viento; aún así yo he caminado con gallardía dejando reposar en el interior de la mochila el polar azul clarito, protegiendo mi integridad con guantes y gorra de paseo, la azul. Desde la boca del metro hasta el Leroy Merlin apenas se tarda un cuarto de hora, aunque en tu cabeza todo te diga que hay una buena tirada; de eso nada, está a tiro de piedra.
En el Leroy Merlin hay poca animación, supongo que lo habitual según el día y la hora, yo me esperaba más follón, pero mejor así. Me gusta ir al Leroy Merlín, en general me gustan las ferreterías y cuanto más grandes más me gustan. Hoy tengo claras mis prioridades, mis compras, y también tengo claro que me daré una vuelta en modo disperso -Divagación-, mirando cosas al azar, buscando soluciones a algunos asuntos pendientes del bricolaje del hogar, del mío, del nuestro hogar. Vengo a por un enchufe mural doble para colocar bajo la mesilla del lado de Raquel, para ponerle más a mano el acceso cuando conecta su manta eléctrica, o lo que se quiera conectar. También necesito repuesto de ruedillas rojas para reemplazar un par de ellas que están tan forzadas que ya casi no cumplen su función; me refiero a las ruedas de la caja de las pesas, que soportan mucho y terminan por fallar -no es la primera vez que tengo que hacer reparaciones en esos bajos-. En la zona de electricidad encuentro el enchufe doble a la primera, soy experto en la zona eléctrica; y ya que estamos... me inclino por uno triple y, porqué no, también uno doble, que nunca viene mal tener enchufes murales para enfrentar cualquier nuevo desafío que nos proponga la vida; el que quede libre tras solucionar el asunto de bajo mesilla, lo voy a asignar a la conexión eléctrica que necesita el proyector -¿ves?, siempre surge alguna necesidad olvidada o postergada-. Abandono la zona eléctrica y busco la zona de las ruedas, que localizo sin dificultad. Ha habido suerte: en el cajoncillo de las ruedas rojas de 4 centímetros de diámetro sólo quedan cuatro, ¡justo las que necesito!, llamadlo como queráis, pero para mí es todo un presagio de que el día, un jueves por supuesto, viene cargado de positividad, y me revitaliza y me da fuerzas saber que todo viene de cara, y me relaja y noto cómo mis mandíbulas se aflojan, los hombros adoptan su lugar natural y las piernas se desplazan casi sin tocar el suelo; además estoy disfrutando de la música hippie de «The Babe Raindow», un gran descubrimiento -si pudiera les sugeriría que buscaran usar en algunos temas un tono vocal un poco alejado de esos agudos tan sugerentes, sensuales, magnéticos, y buscar un modo más profundo, más misterioso, pero es sólo mi opinión-, unos tipos que molan, el cantante engancha verle en acción y el guitarrista me parece perfecto, sin mácula, justo cómo a mí me gusta tocar -quizás me imita y yo no me he enterado.. ¿?-.
Enchufes y ruedines rojos en la cesta verde y ahora el siguiente paso: ¿?
Bah, doy un pase rápido por la zona de carpintería y me las piro en dirección a las cajas deshumanizadas, que son las más rápidas; en ocasiones prefiero las cajas con cajera, las prefiero cuando tengo el día un poco perverso y disfruto con la lotería, con la esperanza de que la voz en off me asigne la caja de la muchacha que descuella por su belleza y sus maneras exóticas; pero hoy no, fundamentalmente porque la fila de las cajas humanizadas casi se sale del pasillo de la cola, el que está flanqueado por ofertas de todo tipo para que la espera se te haga más llevadera y para que, si hay suerte, metas algo imprevisto en la cesta. Pues eso, que dejo atrás la cola de las cajas y me voy a la zona de cajas sin persona; me ventilo el trámite en un pispas, no hay que olvidar que soy un friki de los buenos, a pesar de mis espléndidos 66 años. Meto los chismes en la mochila y salgo; voy con la idea de acercarme al IKEA a echar un vistazo sin intenciones ocultas, quizás con la esperanza de encontrar algo que dé solución al invento que estoy madurando desde hace meses para colocar en la pared de la mesa del PC, donde hice dos agujeros con taladro para colocar el soporte de tabletas y que resultó un fracaso, pero un fracaso culpa del soporte, que lo debió diseñar el mismo ingeniero que diseña todo tipo de artilugios que a uno le desesperan y le indignan, y no quiero profundizar más en este tema porque me pongo de una mala hostia... A la calle que salgo y, como antes, sin hacer uso del polar, en plan chulito.
Cruzo la rotonda de la esquina del Leroy y camino por la sombra heladora de las fachadas del MediaMarkt con destino el IKEA. En esto me fijo que viene en dirección contraria, hacia mí, la Jone Badiola, con su pelo corto y canoso orgulloso, con su cara demacrada y su rictus de mujer frustrada y amargada. En el preciso instante en que mi atención dispersa -Divagación al canto- se hace cargo de su presencia he sentido "eso", como que ella hace amago de mirar para otro lado como para evitar el encuentro; pero yo me siento fuerte, el presagio de las últimas ruedas rojas ha hecho su efecto y levanto el brazo con energía al tiempo que pronuncio su nombre a un volumen tal que no tuviera ocasión de escabullirse. En fin, que charlamos unos minutos, al principio bien, pero al rato tiritando casi. Su tema central, el único, es la muerte reciente de su padre, un recuerdo que yo ya había desplazado a la zona del buffer de memoria inútil, listo para un borrado completo y una nota marginal en el listado general de los momentos sin importancia; a la muerte se le da demasiado contenido emocional y en mi caso, que soy bastante psicópata, yo no lo siento de esa manera, para mí es un simple asunto intelectual, científico, de un tiempo a esta parte estoy luchando a brazo partido conmigo mismo para poner ese asunto en una perspectiva cómoda, indolora y alejada de todo lo que sea drama o tragedia. Hay que morirse y punto, no hay más, y si el que se muere es el padre de, por ejemplo, Jone, ¿qué decir siendo sincero?, eh, ¿qué decir?, anda, dilo tú.
Jone me dice que ha ido a dejar el coche en el taller -¿en MegaPark?- y que va a devolver unas ropas -extraños sitios para hacer suministro de vestuario- y luego al metro, en el BEC. Yo le comento que también cogeré el metro en el BEC. Me ha dado la impresión de que ella ha valorado la opción de hacer el regreso al metro en compañía, y no puedo saber si eso le apetecía o le repugnaba; en mi caso... me apetecía cero. Soy así. Hago como que no se me ha ocurrido lo de hacer el camino juntos y le comento, como de pasada, que quiero ir al IKEA a mirar algo, cuando en realidad esa parte del plan era perfectamente soslayable. Jone, ¿cómo explico cómo me cae?. Si hubiera que resumirlo en una palabra puedo elegir "mal". Pero en realidad no se trata de caer bien o mal, se trata de que su discurso me desagrada, su forma de pensar no me va, sus ideas están marchitas, su estilo de vida es una mierda total. Jone, ha elegido como pareja y compañero a Antolín, una apuesta arriesgada y de complicada ejecución; Antolín es Antolín y hablar de él es un asunto que requiere mucha reflexión, muchas líneas y tengo la impresión de que carezco de la experiencia y el conocimiento para ponerme a ello. De Antolín no pienso decir nada.
Adiós Jone, hola IKEA. Me doy un garbeo rápido por la planta baja, la zona bazar; y no compro nada, nada me atrae, nada me llama; mejor, menos peso en la mochila y más saldo en la cuenta. En un cuarto de hora desando el camino a la boca del metro del BEC. Los primero cinco minutos el frío me fuerza a sacar el polar de la mochila, pero una vez al resguardo de los edificios me lo quito de nuevo. El convoy viene atestado, por lo que no puedo sentarme. Apoyado en la puerta que no se abre, la que mira a las vías, paso el trayecto inmerso en la escritura de una entrada pendiente reciente. Salgo a la superficie por la boca de Zabalbide. Raquel ha presentado su candidatura a cocinar hoy carne de vaca con verduras y patatas. Yo le he objetado que esa carne, que ya usó hace unos días y que resultó estar más dura que el cuero, no era lo más adecuado y que quizás fuera mejor que echara mano de un par de muslos de pollo que tenemos en el congelador; pero nanay de la china, ella es una fan absoluta del guiso de carne de vacuno, lo lleva en sus genes, en las glándulas maternales; es lo que hay. Que Raquel se encargue de la comida me libera bastante, y me puedo permitir vagabundear a mi aire; voy a entrar el BM a comprar cualquier cosa innecesaria y algo para Indi, esto sí, muy necesario, cualquiera vuelve a casa con las manos vacías -adoro a mi gato-. Una latita de salmón y pollo -me la juego con el pescado, que siempre le ha dado asquito-, un sobre de bocaditos de pescado -me la juego también-, una bolsa de espinacas de 350 gramos, un yogur griego de vaca feliz con tatín de manzana, un paquete de avena para que la nena no se quede sin suministro y puede que algo más, pero mi memoria está como está. Con la música atronando en mis orejas regreso a casa a ras de suelo, casi flotando, deslizándome como surfero de la vida cotidiana.
Efectivamente, Raquel me informa nada más poner pie en casa que vaya pensando en un menú alternativo, que la carne ha quedado fatal, etcétera; lo previsto, había posibilidades de todo tipo, pero el resultado es el que más tenía. Como me pilla de muy buen talante, trato de rebajar la tensión, donde hay una crisis siempre hay una oportunidad, que diría el sabio chino. Así que me pongo los pantalones de pana, los de mielero, la camiseta de pijama verde, la de manga larga, las zapatillas sin cordones del Primark, y pertrechado de mi delantal nuevo me hago cargo las todas las operaciones. Atiendo a Indi debidamente, hasta que le noto feliz, hasta que se instala en su palmerita a ver pasar las nubes. Organizo la cocina y en un abrir y cerrar de ojos preparo una cazuelita de tomate casero, de ése que lo bordo. El menú es sencillo, espaguetis con chorizo y tomate. Al colar el caldo de vaca fallido observo los trozos de carne que se vuelcan sobre el colador, cojo uno y lo pruebo, «pero si está bueno, sequillo pero pasable, esto no se tira». Aparto en un bol de cristal la carne en cachitos y cuelo el caldo, y lo pruebo, «delicioso, sencillamente delicioso». Raquel está en modo insoportable, se pone en ese modo cuando está de multi; yo creo que se hace la interesante. Las multis de hoy tienen como tema central los pasos a dar para completar sin mácula los trámites para hacer efectiva su inminente prejubilación; lo de darse de alta en el paro, lo del rescate del plan de pensiones; esos temas. Sé, por propia experiencia, que la cosa estresa bastante, pero no comparto la visión de que tenga que pagarlo conmigo, yo creo que no lo pagué con ella cuando me tocó sufrirlo. Como digo yo: en fin.
Los espaguetis eran del tipo "capellini", una eme italiana similar a fideos muuuyyy largos, con testura de fideo y sabor a fideo; una mierda en toda regla. He usado la mitad del paquete, la otra mitad se ha ido a la basura que estaba colgada en los ganchos de la terraza, junto a las bolsitas negras de los residuos que deja Indalecio en su arenero. Aún así se ha comido con ganas. Los fideos iban con el tomate y con un sofrito de chorizo, mantequilla y la carne de vaca vacuna desmigada lo justo; suculento quizás no, pero suficiente sí. Recojo todo, pongo el lavavajillas, arrimo las dos mesitas a izquierda y derecha de la butaca, coloco los cascos, la luz cervical, la tableta, los punzones magnéticos, el libro de Murakami, «La caza del carnero salvaje», al que le queda bien poco, el móvil, los mandos de la tele y el desco, el mando del aire acondicionado -estos días lo estoy usando en modo calefactor- y un vaso de agua con gas. Todo dispuesto para disfrutar de un tarde de lectura, buena música, quizás pintura, quizás qué sabe quién.
Así ha sido todo. He terminado el libro de Murakami justo cuando aparece Raquel por el pasillo pocos minutos después de las seis. Algo ha hecho que suspenda su asistencia a la sesión de yoga. Me cuenta que ha estado reconfortando a su tía Terín, que agoniza lentamente desde hace varios años en la soledad de su piso potroso, en la triste compañía de su gata sin nombre -ella la llama michi", dice que es su nombre, qué lástima de mujer-. La frecuencia de sus momentos "muerte inminente" es cada vez más... frecuente. Antes "se moría" una vez al mes, después una vez a la semana, ahora una vez al día. Raquel pone toda su buena intención, quiere ayudar, quiere hacer algo; Raquel es todo bondad. Le lleva caprichos dulces, botellas de bebidas de alta graduación, comiditas para la gata -ésta seguro que sí lo agradece-; hoy le ha llevado una botella de Ratafía, una de las tres que llegaron a casa anteayer. ¿De qué ha servido la visita de hoy?. Terín ha elegido esa forma de vida, consistente básicamente en dar por culo a su hija Nerea y en llamar la atención de sus dos sobrinas, las culpables de la vida en general, de Esther y Raquel, que acuden solícitas a cualquier hora a escuchar las mismas monsergas una y otra vez; creo que el argumento es algo así «hoy por tí, mañana por mí».
Cuando hace su aparición en casa viene hablando por teléfono. La conversación va de problemas de salud; y yo me creo que al otro lado está Terín, pero me equivoco, está hablando con su hermana. Esther también "se está muriendo". Por suerte la muerte de Esther se va a terminar en breve, cuando la quemen unas terminaciones nerviosas en la zona cardíaca, para anular esa sensación tan desagradable que es "morirse". Menos mal que el problema está controlado y que hay una solución fácil; cualquier cosa con tal de tener que quitar el vaho al espejo y echar una miradita larga y sincera en él. Las cosas son como son, y no dejan margen para la simulación. Tiempo al tiempo.
Para cenar hago sopa de fideo con el caldo de vaca de Raquel, y vuelco cuatro huevos hermosos; una cena de estrella michelín. Vemos un rato un episodio mil veces repetido de un reality de Chicote y nos acostamos los tres. Un día vulgar y corriente. Mi estado de ánimo está en la zona de color azul cielo. Me siento bien. Voy buscando dentro de mí un lugar donde estar cómodo y con buenas vistas; tengo la esperanza de encontrarlo, aún estoy a tiempo.

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© Zalberto | marzo - 2026