 Un ejemplo de distracción? Una manera inevitable de perturbación en el foco de la atención profunda? Conozco al menos una y tiene nombre de pila -no, no estoy pesando en una triple A, alcalina ella-, estoy pensando en una distracción peluda y suave, una que cuando reclama el foco no deja otra opción que enfocarle al instante, sea lo que sea que reclame, aunque sea un "inaprensible" absoluto, como diría el filósofo. Se llama Indalecio Rodríguez, el "Morcillitas".
El domingo ha sido todo él bastante luminoso, al mediodía incluso soleado. He comenzado la actividad tres horas antes del amanecer, a impulso del señor gatito, que ha cogido la rutina de despertar a su papi a eso de las cinco, a veces antes. El caso es que aunque me pilla siempre muy somnoliento sí me parece buena idea levantarme para poder dar contenido íntimo a ese tiempo de oscuridad y soledad. Así, escribo, releo entradas de años pasados, reviso las noticias...
Lo de "revisar las noticias" está experimentando un cambio de rumbo significativo, a remolque de lo leído en "El valor de la atención". El giro copernicano se traduce en un recorte del tiempo invertido en escrolear en las aplicaciones de Meta, fundamentalmente en Instagram que, además de consumir tiempo y energía, inunda mi mente de multitud de planteamientos absurdos, no contrastados e inútiles, de consejos de salud, de psicología, de sociología, fomenta tendencias y genera confusión mental. Salir del universo algorítmico de las aplicaciones dominantes se convierte en un tratamiento de aplicación inmediata. Me vienen a la cabeza los comportamientos de algunos de mis más allegados compinches -estoy pensando en los Mendizaleak Yolanda y Arantza-, que desde siempre han evitado usar las redes por temor al "espionaje" etcétera. Lo contradictorio es que sí las usan como "observadores anónimos", no alejando de esta manera los peligros de contaminación mental, por no hablar del consumo de atención. Aún así aplaudo la decisión que tomaron en su momento y yo les sugeriría que abandonasen al cien por cien esas visitas, que sólo buscan llenar tiempo y pervertir el ocio. Esto mismo es aplicable a algunos de mis "seguidores", Jone por ejemplo; y hay más, casi todos; Txerra tampoco publica, pero no se pierde detalle; Virgilio idem. Aparco el tema, pero no sin antes señalar que he iniciado un camino que estoy dispuesto a recorrer, un camino que no permite la vuelta atrás, un camino como cualquier otro camino, donde el destino siempre es una incógnita. De momento he eliminado la costumbre de cargar el móvil en la mesilla de noche, para evitar tentaciones nocturnas, y me funciona: no lo hecho en falta.
Raquel amanece con su energía renovada y dispuesta a salir a caminar con ganas. Sugiere subir a Archanda en funicular y bajar por las pasarelas; yo lo apruebo, aunque en mi interior muestro cautela porque sé que todo puede cambiar en un instante. Lo cierto es que la chavala se va enfriando rápidamente; al rato propone hacer plan más urbano, ya que hace mucho frío etcétera; yo también lo apruebo. El nuevo plan consiste en caminar por la ribera hasta entrar en el Guggen y después comer en un restaurante exótico, tipo japonés, chino, mejicano; este plan yo no es que lo apruebe sino que además lo aplaudo. Pero no me relajo, sé que todo puede irse al traste... Al cabo de un par de minutos Raquel se acerca a mi puesto de engorde y me dice «¿Sabes qué te digo?», me desconecto de mi pantalla, le miro y «¿El qué?», «Pues que mejor nos quedamos en casa, que hace un tiempo de perros y aquí se está de cine». En esa línea la conversación. Raquel lo tiene claro: ha apostado por quedarse un rato largo tirada en la cama viendo televisión sin profundidad, de ésa que te acorcha las meninges y diluye las ideas convirtiendo el pensamiento en una sopa espesa y opaca en donde flotan variedades inconexas de emociones vacías y risas enlatadas; ella es feliz así, sabe que ese mundo multimedia le adormece y le induce a un sueño profundo, que yo he podido constatar en varias incursiones silenciosas en el dormitorio. Mientras Raquel duerme y se relaja -con la tele divagando con sus cosas- yo me ocupo de toda la intendencia... Salgo al BM de Garamendi para comprar fundamentalmente setas, necesarias para preparar un arroz ligero, el menú propuesto por la chavala. De regreso me afano en: preparar caldo de pollo con una carcasa previamente descongelada; hacer un sofrito sencillo a base de cebolla, pimiento rojo y salsa de tomate que sobró de anteayer. Hago colada de ropa doméstica, que tiendo al mediodía. Ventilo la casa abriendo de par en par ventanas y puertas. Paso aspiradora recargable por toda la casa. Atiendo al gato. En los ratos muertos me distraigo con mis cosas telemáticas -éstas-. A eso de las doce Raquel reaparece y anuncia que va a su despachito a hacer yoga; genial, el tiempo justo para rematar el arroz. Son casi las dos cuando nos sentamos a comer el arroz, que me ha quedado estupendo, casi sobresaliente. Al terminar recojo todo y solicito la cama para echar siesta recuperadora, que Raquel concede y ocupa la butaca junto a la ventana. Las cuatro y poco: Indi viene a despertarme y Raquel aprovecha para pedir cambio, ella cama y yo butaca; acepto encantado. Paso el resto de la tarde, hasta la hora de acostarnos -las ocho y media después de una cuajada como cena- repantingado en la butaca leyendo los dos primeros relatos del libro de Murakami que compré ayer en La Casa del Libro, «El elefante desaparece». El primer relato se corresponde con los primeros párrafos de «El pájaro que da cuerda al mundo»; es encantador, la prosa de Murakami produce en mí un efecto tranquilizador, sedante incluso. El segundo relato, «Nuevo ataque a la panadería», sigue en la misma línea; aún no lo he terminado de leer -Raquel interrumpió la lectura cuando resurgió de entre las sábanas dispuesta a devorar serie española graciosa-. Todo lo que he leído de Murakami parece formar parte de una única y maravillosa obra, como si todo estuviera relacionado y todo encerrara alguna historia misteriosa y a la vez cotidiana. Son las seis de la tarde y la nena sale del dormitorio proponiendo tele en comunión; acepto, me gusta verla feliz. Raquel hace dos tandas de palomitas y pone unos episodios de "Machos Alfa" en la tele; esta serie a ella le parece divertida, a mí me da un poco de repelús intelectual, pro un poco porque por suerte las muchachas que salen están buenas y son agradables para la vista -creo que es lo único que merece la pena, los gags están demasiado trillados, como también lo es abusar del espectador colocando al Amador de "La que se avecina" en el papel de sacerdote cocainómano; todo muy obvio, todo dando a entender que nos toman por idiotas, que algunos lo somos-. En la cama Raquel selecciona una serie inspirada en hechos reales, «Candy»; puedo asegurar que, al menos, el capítulo primero ya lo hemos visto, aunque he buscado "aquí" y no he encontrado etiqueta -estoy convencido de que no he encontrado el tag simplemente porque no lo inserté-. Y espero no haberme dejado nada interesante en el tintero, después de tantas insustancialidades. Voy a pensar... Nada, no sale nada. |