Entrevista: La Era de Hitler entrevista a alec ryrie
"Estamos dejando atrás la era de Hitler y nos adentramos en un nuevo territorio moral"
Un historiador del Cristianismo probablemente sea la persona más preparada para explicar cómo se está transformando nuestro marco de referencia moral y anticipar hacia dónde nos estamos dirigiendo Se ha puesto de moda bucear en los años treinta del siglo pasado para tratar de entender el presente y lo que se nos viene encima. Alec Ryrie (Londres, 1971) propone darle la vuelta a esa idea. Dice que La era de Hitler -así se titula su ensayo- es precisamente la que estamos dejando atrás. Su discurso suena distinto porque no parte de un análisis puramente geopolítico.
Lo entrevistamos buscando una voz autorizada que pueda hablar de cómo las coordenadas morales están transformándose a una velocidad pasmosa. Regresan y se popularizan imágenes e ideas proscritas durante décadas. Ryrie, catedrático de Historia del Cristianismo en la Universidad de Durham y miembro de la Academia Británica, tiene una teoría para explicarlo y un pronóstico abierto sobre lo que nos espera. Hablamos por videoconferencia durante algo más de una hora.
PREGUNTA. ¿Por qué dice que estamos dejando atrás la era de Hitler?
RESPUESTA. Cuando me refiero a la "era de Hitler" o "edad de Hitler", me refiero a nuestras vidas, al periodo que empieza en la década de 1940, y especialmente desde los años 60. Durante esta época, Hitler y los nazis han ocupado un lugar muy importante en nuestra imaginación y han dominado nuestro pensamiento sobre la política, los valores, la moral y la ética. Se estableció el consenso político de que todos odiamos a los nazis y, por lo tanto, es intolerable cualquier cosa que nos recuerde al fascismo. El genocidio nazi se convirtió en el punto de referencia del mal en los tiempos modernos y esa convicción ha vertebrado nuestro mundo desde entonces.
P. No fue un mito perfecto, ningún mito lo es. ¿Pero cómo ha funcionado exactamente?
R. El consenso tiene sus raíces durante la propia Segunda Guerra Mundial. Inicialmente, el debate entre los Aliados se centró en luchar por la "civilización cristiana", esto lo dijo Winston Churchill en 1940. Pero pronto se entendió que eso no iba a funcionar. Entonces los estadounidenses, liderados por el presidente Roosevelt, comenzaron a hablar de la civilización judeocristiana, lo cual tenía una significación particular debido al papel central de los judíos en la ideología nazi. Roosevelt luego pasó a hablar de valores universales que había que proteger en todo el mundo, como la libertad de expresión y la libertad de creencia. Este marco culminó en la creación de las Naciones Unidas (ONU) y la Declaración Universal de Derechos Humanos. Esta Declaración fue una respuesta directa a las atrocidades y sufrimientos de la guerra.
P. ¿Pero por qué arraigó con tanta fuerza ese consenso moral? ¿Cómo se hizo hegemónico?
R. La razón por la que surgió con tanta fuerza fue, en parte, el fracaso moral de las iglesias cristianas, que habían sido el almacén de valores para la civilización europea y americana durante siglos. Su colaboración con movimientos nazis y fascistas, o su lentitud al reaccionar, dejó a las iglesias moralmente comprometidas. Los Derechos Humanos llenaron este vacío de autoridad moral. El problema, y la razón por la que se desvanece, es que, si bien los valores son universales, también resultan algo vacíos. Se cambió un sistema basado en un ejemplo positivo (el cristianismo) por uno basado en un ejemplo negativo (el nazismo). En lugar de definir los valores mirando hacia algo que se plantea en sentido positivo (el cristianismo), se determinaron mirando el ejemplo de lo que no queremos (los nazis). Se cambió un sistema religioso por uno secular. Creo que eso es lo que está llegando a su fin.
P. La idea, entiendo, es que la era que ahora se acaba se ha sostenido sobre la convicción moral de no querer parecernos a algo, en lugar de sobre la convicción moral de querer ser algo. ¿Es eso?
R. Exactamente. La era de Hitler está construida fundamentalmente sobre esa lucha infinita contra algo, contra un mal mayor que viene representado por el nazismo.
P. Su libro cita más de una vez a Tolkien y El Señor de los Anillos. Como sucede con Star Wars, son biblias modernas de nuestra era. Al menos contienen los planteamientos morales centrales. Pero también definen bien la ambigüedad de nuestra época. Si lo que nos define es estar luchando permanentemente contra un gran mal, esto se puede interpretar de cualquier manera. Giorgia Meloni, por ejemplo, ha usado El Señor de los Anillos mucho para defender su lucha.
R. Es una reflexión muy, muy interesante. El hecho de que obras como El Señor de los Anillos o Star Wars (y algo similar ocurre con Harry Potter) se hayan convertido en territorios disputados en las guerras culturales indica cómo se está rompiendo el consenso moral. Por ejemplo, Tolkien mismo era un católico muy conservador, casi de otra época, pero estaba fuertemente en contra de los nazis. Sin embargo, la riqueza del mito que narra permite que lo reivindique tanto la extrema derecha como la izquierda, que ha producido versiones multirraciales. Ambas encuentran lo que quieren en estas obras. Es una señal de que lo que antes nos unía ahora nos hace pelear.
"Se cambió un sistema religioso por uno secular. Creo que eso es lo que está llegando a su fin"
P. ¿Cuáles son las señales más evidentes de que este consenso está comenzando a desmoronarse?
R. La señal más obvia es el aumento de partidos de extrema derecha en todo el mundo democrático, que están mucho más dispuestos a coquetear con ideas que habíamos descartado. También se observa un movimiento paralelo en la izquierda, donde la centralidad de la Segunda Guerra Mundial como piedra de toque de nuestros valores tampoco se sostiene. Ese enfoque está siendo desplazado por ideas contra el imperialismo, la esclavitud, el apartheid, o, cada vez más, en la percepción de que Israel es uno de los villanos centrales de nuestro tiempo. El uso de la memoria de la Segunda Guerra Mundial durante la guerra de Gaza ha acelerado este proceso.
P. Comentas que se ha roto el tabú del antisemitismo. ¿Se han roto, de manera más general, el tabú de categorizar a las personas por su raza, cultura y origen? Esa pulsión ha sido reprimida durante mucho tiempo y ahora vuelve. En Europa, con los musulmanes, por ejemplo. En Estados Unidos, con los hispanos.
R. La señal más obvia y simbólica de la ruptura del consenso es la reaparición del antisemitismo y el odio directo a los judíos, tanto en la izquierda como en la derecha. Hasta hace unos años, aquellos que criticaban a Israel o al sistema bancario dominado por personas hebreas se esforzaban por dejar claro que no eran antisemitas. Pero esa precaución ha desaparecido. Por supuesto que han caído otros tabúes, como el desprecio a los musulmanes. De hecho, hemos llegado a un punto en el que es casi necesario sostener una u otra de esas posiciones. O eres antisemita, o eres islamófobo.
P. Me gustaría volver un momento atrás porque creo que muchos lectores que no le van a comprar el punto de partida, la idea de que esta era moral se está acabando. En el libro lo desarrolla con detalle. ¿Le importa resumirlo?
R. Hay múltiples razones. La primera diría que es el paso del tiempo. La Segunda Guerra Mundial está desapareciendo de la memoria viva. Sus últimos supervivientes están muriendo. Para las nuevas generaciones, las historias que definieron la época en la que viven empiezan a ser muy viejas y aburridas. La segunda tiene que ver con el ámbito geográfico. La guerra fue principalmente un conflicto entre potencias con lógicas coloniales y europeas. Ahora, los centros de gravedad mundial están cambiando hacia África, Asia, Latinoamérica... Estas sociedades tienen menos disposición a que sus valores queden establecidos por una guerra de potencias coloniales ocurrida hace una vida.
P. ¿Algún argumento más?
R. Sí. La tercera razón es que la arquitectura global está claramente anticuada. Las Naciones Unidas, donde los miembros permanentes del Consejo de Seguridad son los vencedores de 1945, resulta cada vez más obsoleta. La cuarta razón es que el consenso antinazi se ha ido haciendo más frágil y exclusivo. Movimientos como el wokismo son casi una parodia, buscando una pureza cada vez mayor. Al definir la virtud como antirracista, se comienza a ver racismo por todas partes, lo que lleva a la exclusión y a la caza de brujas.
P. ¿Una especie de Santa Inquisición de esta etapa moral?
R. Eso es, un culto a la pureza. El quinto factor es la oleada de descontento latente. Hay una enorme presión contra el consenso heredado. Cuando a los votantes se les ha dado la oportunidad de protestar contra estas normas sagradas, a menudo lo han hecho. Ha sucedido en los referéndums sobre la UE en Dinamarca, Irlanda, Francia, Países Bajos, Reino Unido o Noruega.
P. ¿Y qué elementos morales de la era de Hitler cree que desaparecerán por completo y cuáles deberían permanecer?
R. Hay ideas morales básicas a las que creo que debemos aferrarnos. Por ejemplo, debemos seguir siendo conscientes del peligro que supone la esencialización racial y la tentación de dividir a las personas en categorías diferentes. También creo que debemos mantener el rechazo a la glamurización de la violencia. El verdadero mal que anida en el corazón del nazismo es que es una ideología de violencia (Hitler llamó a su libro Mi Lucha). Su deseo fundamental es la guerra, y cualquier experiencia nazi está abocada a acabar en una guerra. También tenemos que seguir rechazando la idea de que algunas personas valen menos que otras y se las puede marginar o esclavizar.
"La arquitectura global está anticuada y el consenso antinazi se ha ido haciendo más frágil"
P. ¿Y qué podemos dejar atrás sin preocuparnos?
R. Lo fundamental, en mi opinión, es esa convicción de que la única forma de derrotar al mal es luchando. Esta idea de la lucha heroica contra un villano externo es problemática, porque la mayoría de los males graves que enfrentamos ahora (como la injusticia económica estructural, el cambio climático o la inteligencia artificial) no tienen un villano obvio contra el que se puedan alinear tanques y aviones. Creo que tenemos que alejarnos de esa convicción de que derrotar el mal significa movilizar un ejército. Tenemos que reconocer que el mal está más distribuido de lo que creemos y que a menudo se encuentra dentro de nosotros.
P. Es una idea que recuerda algunas enseñanzas del cristianismo. En el libro le dedica bastante espacio a argumentar que hay convicciones morales que deberíamos revisar, como esa obsesión con denigrar el "apaciguamiento". Dice que, en algunos contextos, el apaciguamiento es de hecho lo más racional.
R. El propio Winston Churchill dijo que el apaciguamiento, la idea de ceder en ciertas situaciones ante ciertas demandas, es a veces una estrategia perfectamente sensata. No se debe recompensar al mal, alentando al agresor, eso está claro. Pero a menudo se necesita negociar con un agresor para llegar a una solución y restaurar la paz, ya que la mayoría de las veces no nos enfrentamos contra ambiciones ilimitadas. La determinación de descartar el apaciguamiento a toda costa ha provocado desastres, siendo el ejemplo más claro la Guerra de Irak de 2003, que el presidente George W. Bush justificó como la alternativa al apaciguamiento. Un ejemplo aún más aterrador es la Crisis de los Misiles en Cuba, donde algunos generales sostenían que debían lanzar un ataque nuclear porque, de no hacerlo, sería un acto de apaciguamiento moralmente inaceptable.
P. La tercera parte del libro trata de explorar la síntesis entre el viejo orden moral y el nuevo que se está proponiendo. Una suerte de pacto de consenso que nos permita salir de la polarización actual. Algo que devuelva el equilibrio a la Fuerza, como dirían en Star Wars.
R. Esta es la parte más controvertida del libro. Mucha gente me ha dicho que le ha gustado mucho lo que he escrito hasta que llegan a esa parte. Pero yo realmente creo que llegaremos a esta síntesis porque, en última instancia, no hay otra opción. No digo que no sea trágico el camino, o que se produzca después de mucho dolor. El objetivo es encontrar una nueva forma de aprovechar las fortalezas, tradiciones y éticas de cada lado, ya que si no lo hacemos, seguiremos luchando entre nosotros hasta destruirnos
P. ¿Hay algún movimiento o algún líder político que le haga ser optimista?
R. No quiero personalizar, pero sí veo algunas señales que indican que esto podría estar empezando a suceder. Por ejemplo, existe una conciencia creciente de que las redes sociales nos empujan a burbujas aisladas y son dañinas. Además, los movimientos políticos están entendiendo que deben construir coaliciones más amplias en lugar de limitarse a gritar a su propia gente. En la derecha, donde se están produciendo los mayores cambios, se están haciendo llamamientos morales y de principios. Incluso aunque a menudo resulte hipócrita, el hecho de declarar principios hace que un movimiento se apegue a ellos. Esto es esperanzador, ya que el momento de verdad aterrador es cuando un movimiento empieza a negar todos los principios morales y solo persigue el interés propio de manera abierta. Eso es un enfoque fascista que efectivamente deja la lucha como única respuesta. Si alguien te dice que te odia y que quiere acabar contigo, ahí sí que solo queda luchar.
P ¿Qué deberían ceder los liberales, los defensores del orden que se desvanece, para que esta síntesis sea posible?
R. Ambas partes deben reconocer que la otra tiene razón en algo y que la guerra cultural actual se ha estancado, por lo que necesitan intentar algo diferente juntos. En concreto, los liberales tienen que reconocer que los sistemas de valores tradicionales tienen cosas muy útiles que aportar, ayudando a la gente a encontrar una dirección positiva en lugar de simplemente saber lo que tienen que odiar. Aunque los liberales enfatizan la libertad, no ofrecen una manera de determinar qué es bueno para la vida individual. Dar libertad sin dirección es como abrir las jaulas de un zoológico, permitiendo que los depredadores se aprovechen. Tienen que aceptar también que los conservadores disponen de recursos culturales para hacer frente a esta explotación, y que ofrecen técnicas morales como el perdón. En esto el mundo liberal moderno es muy deficiente, pero es esencial para la convivencia.
P. Ahora cambiemos de lado. ¿Qué deberían reconocer los tradicionalistas para poder llegar a un acuerdo?
R. Deben empezar a usar las virtudes inherentes a sus sistemas de valores en lugar de convertirlas en armas para golpear a la gente. Sus sistemas tienen belleza y tienen valor real, pero deben utilizarlos para atraer, en lugar de para definir a las personas y enfrentarlas. Por ejemplo, cuando un líder como Viktor Orbán apela a los valores cristianos, y lo que realmente quiere decir con cristiano es que no es musulmán. Está utilizando el sistema solo para separar, en lugar de aprovechar el conjunto de valores atractivo y poderoso que contiene. Le dan igual los valores cristianos, no tiene nada que ver con eso.
P. ¿No hay nadie que lo esté haciendo bien en ninguno de los bandos, o desde fuera de la batalla?
R. Es que prefiero no nombrar líderes o partidos específicos. Eso sería como una maldición. Pero puedo definir algunas actitudes. La primera y más evidente es la de los centristas a la antigua usanza, que siguen tratando de mantener las cosas unidas y cohesionadas. La segunda es la de aquellos que no pertenecen al centro político clásico, pero que están intentando romper las divisiones de maneras inesperadas. En la izquierda, se observan llamamientos transculturales. En Estados Unidos, por ejemplo, se ha hecho desde las iglesias afroamericanas. En la derecha, se ven intentos de personas, a menudo católicos o judíos, que abrazan la cultura tradicional, pero la utilizan para criticar a su propio lado. En lugar de usar su religión para una guerra cultural, buscan que sirva como un recurso más amplio. Y yo señalaría también el potencial papel del nuevo Papa para convertirse en una figura transversal. Creo que hay una diferencia con su predecesor, que se asoció estrechamente con un lado.
P. No quería dejar de preguntarle por la otra profecía que se repite estos días. Hay quien, en lugar de ver una vuelta a los años 30, está viendo una vuelta a la Edad Media. ¿Qué opina?
R. No soy un gran admirador de esta comparación. La situación mundial actual es completamente diferente de la época medieval. La Edad Media surgió tras el colapso del Imperio Romano, y esperamos no pasar por algo tan traumático. Además, la Edad Media en Europa Occidental fue un período de dominio cultural y religioso. Una característica fundamental del mundo moderno es que somos y seguiremos siendo plurales, con poblaciones étnica y religiosamente mezcladas. Gran parte de la dificultad que abordamos es aprender a vivir en un mundo mucho más variado y plural de lo que nunca antes hemos hecho. La Edad Media no es un buen modelo. Creo que esta vez podemos hacerlo mejor. | #entrevista - #laeradehitler - #libro - #paraleer - #cristianismo - #islamismo - #wokismo - #judaismo - #segundaguerramundialcomentarios| 1 | alberto | | 16/01/2026 6:52:16 | MAC FLY 2025-10-26 13:43:55 Planteamiento muy superficial con alguna idea interesante (era de Hitler) y muchas equivocadas interesadamente. El auge de los partidos de ultra derecha, que mas bien son conservadores tradicionalistas que fascistas, es una consecuencia no una causa. El cambio cultural mas importante que está transformando nuestras sociedades concuerda con la tesis de la Gran Feminización (Helen Andrews) y se origina en las universidades americanas en los años 70 en ambientes de izquierda. La consecuencia de dejar atrás valores masculinos como la objetividad, la meritocracia, la competitividad para sustituirlo por valores femeninos como la subjetividad emocional, la inclusividad y la empatía es la decadencia de nuestras sociedades occidentales.
USUARIO_EC65647EB5... 2025-10-26 14:46:23 Puedo entender casi todo lo que dice usted, pero bajo qué criterio y en base a qué se definen esos valores que menciona como masculinos o femeninos.
MAC FLY 2025-10-26 16:26:57 Me refiero a la tesis defendida por la escritora conservadora estadounidense Helen Andrews. En ella defiende que se ha producido un cambio en la composición de la Academia, de la Justicia, los consejos de dirección de las grandes empresas, de algunas profesiones como las médicas o la psicología, donde las mujeres han sobrepasado a los hombres en algunos casos y en otros están cerca de conseguirlo. Ese cambio en la composición ha conllevado un cambio en la cultura de esos grupos que no ha ido en la dirección de ofrecer un mejor desempeño de sus funciones sino en la de favorecer determinadas concepciones culturales que se engloban en lo que llamamos wokismo. Y este cambio está objetivamente relacionado con el hecho de una mayor feminización. Por ej. la cultura de la cancelación es lo que hacen las mujeres cuando están representadas en número suficiente en una determinada organización o campo. Es lo que le pasó al presidente de Harvard Larry Summers en 2005: se le ocurrió decir que la falta de representación de las mujeres en las ciencias duras (matemáticas, ingenierías...) se debe a una menor disponibilidad de talento femenino en los niveles mas altos así como a que hay menos mujeres atraídas por estas disciplinas hecho que no es atribuible a la socialización. Esto, que objetivamente es cierto, provocó que algunas de sus compañeras se sintieran profundamente ofendidas, lo que llevó a su cancelación y despido. Esta cultura de la cancelación que responde a los sentimientos antes que a la racionalidad es esencialmente femenina. En general los hombres tienden a ser mas racionales, objetivos, jerárquicos, competitivos, agresivos. En general las mujeres tienden a ser mas emocionales, subjetivas, empáticas, inclusivas y contemporizadoras. Por supuesto, individualmente hay excepciones. Larry Summers, y tantos otros, fueron despedidos no porque hicieran mal su trabajo sino porque diciendo la verdad ofendieron a algunas mujeres. ¿Es eso positivo para una organización o campo? |
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