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Trump ejecuta una estrategia con tácticas cambiantes pero objetivos claros viernes, 16 de enero de 2026  Martín Varsavsky
«Los rivales están identificados desde el principio: China, Rusia e Irán. Eso no cambia. Lo que cambia son las herramientas que usa en cada momento»
Donald Trump es probablemente el político más malinterpretado de las últimas décadas. Se le describe como impredecible, caótico o directamente desequilibrado. Ese diagnóstico no solo es incorrecto: es intelectualmente perezoso.
Trump no es errático. Lo que ocurre es que mucha gente confunde cambio táctico con ausencia de estrategia. Y Trump tiene una estrategia extremadamente clara, aplicada de forma deliberadamente flexible.
Una visión simple (y brutalmente realista) Trump no cree en la política exterior ideológica. No habla de «valores universales», ni de construir naciones, ni de exportar democracia. Su marco mental es otro:
Estados Unidos debe dominar geopolíticamente Ganar dinero Debilitar a sus rivales estratégicos
Los rivales están identificados desde el principio: China, Rusia e Irán. Eso no cambia. Lo que cambia son las herramientas que usa en cada momento. Trump no se casa con métodos. Se casa con resultados.
Ucrania: presión simultánea para romper el bloqueo Desde el primer momento, Trump quiso terminar la guerra de Ucrania. No por compasión, sino por cálculo frío.
Una guerra prolongada:
Desgasta a Europa y a EEUU Empuja a Rusia a una dependencia estructural de China Bloquea comercio, energía y estabilidad global
Por eso Trump presiona a Putin y a Zelenski de forma alterna. No porque dude, sino porque está probando dónde hay menos resistencia. Es una técnica clásica de negociación dura: presionar a ambos lados hasta que uno acepte que seguir peleando es peor que cerrar un trato. No es ambigüedad. Es coerción estratégica.
Argentina: apoyo en el momento clave Un ejemplo poco mencionado es Argentina. Trump entendió antes que muchos que Argentina no necesitaba más retórica progresista ni tutelaje moral, sino oxígeno financiero y respaldo político para salir del colapso.
Durante un momento crítico, EE. UU. bajo Trump apoyó activamente a Argentina en el FMI, facilitando margen de maniobra cuando el país estaba al borde del abismo. No fue altruismo: fue geopolítica inteligente.
Argentina es un país clave en Sudamérica. Mantenerlo fuera de la órbita china y evitar su colapso era un objetivo estratégico. Trump no «salvó» Argentina por simpatía; lo hizo porque un Estado fallido más empuja poder hacia China.
Venezuela: control, no destrucción Trump entiende que Venezuela no es un drama humanitario, sino un frente geopolítico avanzado. En Venezuela operan:
China Rusia Irán y sus redes (Hezbolá, Hamás)
Tener ese bloque instalado sobre la mayor reserva de petróleo del mundo, en el hemisferio occidental, es una pesadilla estratégica. Su objetivo es claro:
Replegar a China, Rusia e Irán Restaurar influencia estadounidense Garantizar acceso energético y económico
¿Derrocar a Maduro? Trump no cae en esa trampa. Aprendió de Irak: eliminar toda la cúpula crea vacío, caos y guerra civil. Su enfoque es distinto: mantener la estructura, pero controlarla. Es menos vistoso, pero mucho más estable.
Israel: paz desde la fuerza Trump logró algo que muchos consideraban imposible: acuerdos de paz reales en Oriente Medio. Los Acuerdos de Abraham no nacieron de discursos morales, sino de una premisa muy clara: Israel es la potencia regional y hay que aceptarlo. Trump no intentó equilibrar falsamente a víctimas y agresores. Tomó partido, y desde esa posición de fuerza forzó acuerdos.
La paz no vino de concesiones unilaterales, sino de realismo: a los países árabes les convenía más cooperar con Israel que seguir en un conflicto eterno. Trump entendió algo básico: la paz no se construye desde la debilidad.
Irán: máxima presión, cero ingenuidad Con Irán, Trump aplica una de sus estrategias más coherentes: presión económica total sin guerra abierta. Salida del acuerdo nuclear, sanciones asfixiantes, aislamiento financiero y ataques quirúrgicos cuando es necesario (como la eliminación de Soleimani). No es escalada irracional: es disuasión.
Trump no quiere invadir Irán. Quiere impedir que se convierta en una potencia nuclear, debilitar su red de proxies y forzar al régimen a elegir entre supervivencia económica o expansionismo
Trump no quiere invadir Irán. Quiere impedir que se convierta en una potencia nuclear, debilitar su red de proxies y forzar al régimen a elegir entre supervivencia económica o expansionismo ideológico. Es una estrategia de desgaste, no de ocupación.
Groenlandia y el Ártico: mirar el mapa antes que Twitter Cuando Trump habló de Groenlandia, muchos se rieron. Los estrategas no. El deshielo abre rutas comerciales críticas. Rusia construye rompehielos. China avanza silenciosamente. Dinamarca no puede proteger sola esa región.
Trump quiere evitar que el Ártico se convierta en otro Mar del Sur de China, esta vez a las puertas de la OTAN. Sus declaraciones maximalistas no son amenazas de guerra, sino anclas de negociación. Trump siempre empieza alto para mover el tablero.
La coherencia que muchos no quieren ver Trump no actúa por impulsos. Actúa sobre:
Zonas de poder Recursos estratégicos Rutas comerciales Bloques rivales
Si uno se queda mirando solo los giros tácticos, se pierde la línea continua que los conecta. La imprevisibilidad es parte del método. Confundir al rival, cambiar la presión, mover el foco. No es caos: es presión acumulativa. Trump no improvisa. Ejecuta. Y lo hace con una estrategia fija y tácticas flexibles. | #trump - #estrategia
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