 Dan las 4 y media AM y creo que me voy a levantar. Raquel yace en la butaca sumida bajo el agobio de una tos incontrolada. Indi no sabe a qué atenerse. Así da comienzo este martes, que se presagia complejo.
Lástima, escribo líneas alejadas en el tiempo más allá de las 48 horas; me pongo y que lo salga sé que será auténtico -incluso lo inventado es real y, como tal, auténtico-.
El momento álgido de las primeras luces surge de la conectividad telemática con la sesentera castreña; hoy vamos a ejercitar la zona alta, las extremidades superiores y el tronco en general. A rastras de los constipados noes entregamos con el ardor suficiente como para que Maite no exprese disgusto, que aún no hemos olvidado leer entre líneas.
Ducha rápida para salir a las compras. La primera etapa me lleva hasta el Eroski de Zabalbide, donde venden el tipo de arena que está en el primer puesto de del TOP de "arenas para arenero"; en esto no hay posibilidad de consulta a Indi, nuestro nivel de comunicación está en "principiante con ganas". Últimamente la reposición de las cajas azules de la arena no se está produciendo al ritmo que requerimos los consumidores, por lo que se adivina una competición soterrada para hacerse con las existencias según se reponen en las estanterías. En esta ocasión me he encontrado bien abastecido el segmento y no he dudado: me he hecho con 4 cajas, y no he vaciado la estantería porque me ha salido la vena empática y, aunque no confío nada en la calidad humana de los individuos que pueblan la zona, me ha parecido oportuno dejar actuar al psicópata que llevo dentro, ése al que suelo llamar mi InfraEgo. La prevista en el pensamiento consciente como la "segunda etapa de avituallamiento" era la visita al BM para comprar cosicas. Pero al salir del Eroski he recordado que también llevaba escrito en la memoria volátil la reposición de Frenadol Descongestivo, mi droga favorita de esta época para combatir virus y malaganas variadas; estaba previsto y también estaba seleccionada la farmacia donde cumplimentar la compra: la que hace esquina con Santa Clara, en la que un muchacho joven con bigotito a la moda me ha recomendado muy paternalmente -me ha recordado su actitud a la que emplea a menudo conmigo mi amado Tachón- que "una cada ocho horas, es importante"; un encanto. Con una sonrisa asomando en mis labios he girado noventa grados a la izquierda a la altura de las correderas del BM... Charcutería y productos habituales. Carrilleras de cerdo de cámara parietal refrigerada. Caldo de pollo. Verduras (cebolletas, pimiento verde, patatas a granel 4). Litro de aceite virgen extra navarro. En ese plan. A casa ya, que Raquel ha quedado con Esther para acompañarla al Hospital de Basurto; a las once menos veinte tiene cita con un Anestesista, como preparación para su inminente intervención quirúrgica en los aledaños del corazón, donde he creído entender que van a proceder a quemar terminaciones nerviosas para soslayar de una vez para siempre esa sensación de muerte inminente que en estos últimos tiempos le asalta cuando menos lo espera -madre mía-.
Estoy llegando al portal cuando me fijo que Raquel sale del portal y se dispone a cruzar por la zona de parterres en clara intención de bajar al encuentro de su hermana. Nos damos un beso ligero y amoroso y cada cual sigue su camino. Subo al séptimo, al lugar próximo al cielo donde anidan las almas más puras. El constipado de Raquel evoluciona en dos direcciones. En una, en el sí misma, la normalidad se alcanza lentamente, el cuerpo se hace cargo de las operaciones y controla la crisis. En la otra, en la del mí mismo, los virus han logrado infiltrarse en mi ciudadela impenetrable y han dado comienzo a la danza de la multiplicación logarítmica, y ya se hacen notar. Yo me encuentro así así; pero estoy tranquilo y espero al futuro que me espera en los próximos días y le veo ventajas: podré escribir, leer, dibujar, estar con Indi, podré gozar la paz del hogar, sin límites ni reproches. He descansado dibujando hasta la hora de hacer la comida. He aprovechado que sobró tomate de hace un par de días para cocinar espaguetis con chorizo y tomate, comida rápida y suculenta. Al terminar de recoger los cacharros de la cocina nos hemos repartido los espacios de descanso, Raquel en la butaca, yo en la cama. Así hasta las cuatro, hasta que Indi ha venido a dar por culo. Luego en la butaca dibujando tan a gusto. Raquel ha salido a estirar las piernas y a su regreso cenamos yogur con nueves y miel, mientras vemos en la tele del salón programas antiguos del Batalla de Restaurantes de Chicote, que nos divierten con esos guiones sobrecargados de falsas tensiones. Me queda en el recuerdo uno de los restaurante, donde quizás vayamos algún día: Restaurante Marutegi, en Araia.
En la cama probamos primeros episodios de series que no parecen perfectas, pero tampoco potrosas; por eso he dicho "probando". Raquel pasa mala noche y yo me estoy iniciando en el proceso. |