Libertad de elección
miércoles, 18 de febrero de 2026

Hay situaciones en mi vida en las que tomar una elección produce en mí una rasgadura emocional, dolorosa y urticante. Hoy podía haberme visto sacudido por un dudar de esa calaña, teniendo que elegir entre hacer un miércoles mendizalero y uno de salida en pareja a vivir la ilusión sencilla de redecorar el hogar; salida de monte con los Mendizaleak, salida de IKEA con Raquel. En otros tiempos quizás la balanza se hubiera inclinado hacia donde las presiones sociales hacían oír su voz, y no hacia donde mis pies deseaban moverse. En estos días mi vida suspira por la tranquilidad del hogar, por las cosas sencillas del hogar, por el calor de hogar. En mi casa está Raquel, está Indi, estoy yo, no necesito nadie más; esto es así y por razones que se no entiendo me cuesta proclamarlo a voz en grito... Que se entere el mundo entero: quiero vivir en paz y no gastar mi tiempo en situaciones que no me interesan, que no me estimulan. Venga, que ya lo he dicho, y dicho queda.
Hemos madrugado como últimamente, mucho. El madrugón ha tenido su momentito de sindiós, cuando Indi ha rugido de esa manera que ruge cuando se le viene a la boza un vómito, cuando ha vomitado babas. Hemos supuesto que algo le sentó mal ayer, que ya estaba un poco raro, quizás el jamón de Basarretxe, que venía con bastante grasa. No sé, el caso es que el resto del día ha estado normal, o casi, porque menudos mimos...
Se limpian las babas del suelo y a seguir. Un rato de PC. Raquel un rato de yoga. Y poco antes de las diez hemos salido con destino IKEA. De camino al garaje hemos hecho un quiebro p¡¡¡ara ir a ver el local que quiere alquilar por un día Raquel para celebrar con sus íntimos su jubilosa prejubilación; está en la plaza del Hamilton; no había nadie y posponemos la visita a otra hora, cuando se supone que habrá alguien...
IKEA. El objetivo fundamental es comprar un par de cosas; un módulo idéntico a los colgantes del salón para ampliar el almacenaje de libros; y una lámpara a pilas para colgar a modo de farolillo en el Despachito. Por supuesto en el viaje hay aprovechamiento variado de chismes decorativos; cajas para almacenar, chismes para ordenar calzado, un cojín negro para la silla del ordenador del Despachito, y quizás alguna bobada más que no recuerdo. Rectifico, sí recuerdo: un taburete en madera de pino al natural pensado para hacer las veces de mesita auxiliar en el Despachito, junto a la butaca y la guitarra; muy majo, 29,99€. El total ha sido de 150€ y lo ha pagado la propietaria del piso, como es lógico, sobre todo teniendo en cuenta que a mí me ha excluido de todo lo relacionado con herencias, beneficiarios y esas cosas -es lo que hay, no me gusta así, pero ella está ofuscada con dar vidilla a los familiares directos, se siente más segura invirtiendo en ellos para cuando sea anciana tener quien la cuide y eso, como si yo no existiera, en fin, así es Raquel-.
De regreso a casa y tras dejar las compras en casa, vamos de nuevo a echar el vistazo a la especie txoko con parque de bolas que ha elegido la chavala. Cuando llegamos hay gente: una pareja que han hecho del local su oficina -¿?- y que para sacar unas pelas alquilan los fines de semana para eventos variados, o sea, para cumpleaños y cumpleaños. Es barato y eso también tiene su peso. Sin más.
Antes de subir a casa preparar la comida echamos un zurito en el Santutxu y nos encontramos con... ¡¡¡Rosa!!! la lotera. Ostras, la mujer nos cuenta sus peripecias con un cáncer de colon, sus quimioterapias matadoras, en fin, joder, una pasada, y todo hace unos meses. Lo cierto es que ante historias así uno se da cuenta de que cada día es para vivirlo como si fuera último, que en cierto modo lo es.
Comida. Ensalada de lechuga, rúcula y cebolleta; pechuga de pavo a la Air Fryer. Muy rica y saciante. Siesta intentando ver el último capítulo de la segunda temporada de Andor, sin éxito; lo he rematado a media tarde, mientras Raquel estaba en yoga e Indalecio espatarrado sobre mí.

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© Zalberto | febrero - 2026