Resumen a ojos vista (desde la distancia del martes a primera hora, tomando el café) [...] Finalmente estamos a jueves. Lo estamos, todos los estamos; en esto reside una intangible e inflexible certeza, una de ésas que se relaciona amorosamente con los conceptos del tiempo y el espacio, una de ésas que sufren el volteo incesante de los filósofos "filósofos"; ésas y ésos. La semana discurre a su ritmo, a veces a su contraritmo, la semana es insensible a los vaivenes de mis neurosis -mucho mejor-. Lo mejor del finde fue la quedada el viernes noche con los flamenquis -y la Tata-; lo más inesperado el encuentro en Ledesma, en el mogollón del bullicio, con lo más granado de la gens Zubizarreta -ironía inevitable-, incluso pude saludar con afecto moderado a mi primo Iñaki a su novio Buck -recientemente le han operado la próstata, uauau, y anda con las posteriores actuaciones de los galenos tecnológicos... pufff-. Lo de encontrarme me pilló en un buen momento, y quiero pensar que la idea que se llevaron de mi estado actual me deja en buen lugar, no pueden evitar pensamientos del tipo «... hay que joderse lo bien que se le ve al cabroncete y descastado del primo Alberto», en esa línea. Pero bueno, fue un encuentro más bien fugaz, un repartir besos y abrazos, unas dosis de sonrisas cordiales y un torrente de sentimientos encontrados. Por fortuna los flamenquis aparecieron por allí cuando la reunión comenzaba a decaer, o, más bien, cuando podía derivar en un sincerarse siempre peligroso -creo yo-. Llovía y hacía frío. Tomamos unos zuritos en el garito ecléptico que hay en una de las esquinas en los Jardines de Albia, donde se cruzan Colón de Larreátegui con Alameda Mazarredo -o Alameda Urquijo ¿?-. Irene está tocada, pero no hundida -tiene un papelón ante sí, intento apoyarla y mostrarle mi cariño-. El plan con los flamenquis era cañas y cena, a ser posible sentados alrededor de una mesa. Pero para no faltar a la costumbre los intentos de hacer una reserva en algún restaurante del centro se dejaron para el último momento; un último momento condenado al fracaso. No importa, Antolín siempre tiene un salvavidas: el bar Casa Jesús. Pues para allá fuimos. Estuvo bien, disfruté, y la comida fue lo de menos, picoteo en pie alrededor de una mesa alta: cecina, piparras a tutiplén y tortilla rica, ah, y un vino tinto cojonudo, tres botellas o así. Muy bien. Y a casa en el metro, sin abusar, que ya nos conocemos. El sábado pedía tranquilidad, o lo sugería. Me llevé a Raquel a caminar por la orilla de la ría con la intención de entrar al Guggenheim, cosa que hicimos; muy bien todo, muy relajados ambos. Comimos en casa, alrededor de la mesa, como personas formales; y luego siesta y tele. El domingo más de lo mismo; bien. Y esto a grandes rasgos -muy grandes-. El arranque de la semana ha sido muy en modo prejubilado: paseos, compras, mariconeo y cocineo. El martes recibí el reloj Amazfit GPS que compré en Amazon -estoy encantado, por cierto-. El miércoles más cosas insignificantes. El jueves, hoy, he visitado a Susana, que amablemente me ha colocado una funda en una muela, en la zona inferior derecha; de momento, sin pegas. Y todo eso. |